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miércoles, 11 de marzo de 2015

Roma y la conquista de la Peninsula Italiana (700-264) III: La IIª Guerra Latina y las Guerras Samnitas (c.350-290)

1. La primera lucha contra los Samnitas, la derrota de los latinos y la formación de la Mancomunidad Romana (343-338)

El surgimiento de la nobleza y la competición por los honores entre sus miembros individuales, estaban directamente relacionados con el imperialismo romano. Las grandes figuras políticas que dominaron la vida pública en la segunda mitad del siglo IV a.C. iniciaron una política de conquista militar que en el espacio de poco más de medio siglo puso la totalidad de la Italia peninsular bajo el control de Roma. Este proceso fue dominado por la lucha entre Roma y los Samnitas, que comenzó en 343 a.C.

Los Samnitas eran una poderosa federación de tribus que ocupaban una extensa área de los Apeninos centrales meridionales. El Samnio era una región interior, aproximadamente de forma rectangular, que se alargaba diagonalmente desde el río Sagrus (Sangro) en el noroeste hasta un punto más allá del Aufidus (Ofanto) en el sureste. En su parte noreste estaba separada de la costa por la tierra de los Frentani y Apuli, y por el lado suroeste por la de los Volsci, Sidicini, Aurunci, Campani y Alfaterni. La línea precisa de frontera en 343 a.C. no puede trazarse con ninguna seguridad.


Los límites definidos por esos límites hipotéticos abarcan unos 12.500 km cuadrados. Tanto en la Antigüedad como en tiempos recientes parece haber estado densamente poblado en comparación con otras áreas rurales de la Italia peninsular. Sobre la base de cálculos modernos la población total del Samnio en 343 a.C. puede estimarse en alrededor de 450.000 personas.

La región consiste en una meseta montañosa entrecruzada por empinados valles que entran y salen, especialmente los formados por los cursos altos de los ríos Sangro, Trigno y Biferno, que dan acceso al Samnio central desde el noreste. Del lado suroeste la tierra sube abruptamente desde el valle de Volturno hasta el gran macizo del Mons Tifernus (Montagna del Matese), que es la espina dorsal de la región. Incluso así, el Samnio está cruzado de manera relativamente fácil, al menos en tiempo de paz; y aunque más del 65 % de él se levanta a más de 300 metros, una proporción sorprendentemente extensa de su superficie terrestre es apta para el cultivo.

Los valles altos contienen muchos bolsillos de tierra agrícola fértil, que estaban densamente poblados incluso en el periodo prerromano. La arqueología ha confirmado este patrón de denso asentamiento rural, y ha llevado a una modificación de la imagen tradicional de la economía samnita como esencialmente pastoral. La ganadería, sobre todo de ovejas y cerdos, no obstante, fue un importante elemento en la economía. Es probable que los pastores samnitas practicaran la trashumancia –esto es, el movimiento estacional de rebaños de las llanuras a las montañas en los meses de verano- un sistema que ha persistido en los Apeninos centrales desde tiempo inmemorial.

Pero si la indagación arqueológica ha demostrado que la economía samnita era más compleja y diversificada de lo que una vez se asumió, todavía permanece cierta en general que antes de la conquista romana la región era pobre y relativamente atrasada, con pocos, si acaso alguno, centros urbanos, ninguna moneda y poco comercio. Los habitantes complementaban su subsistencia con la guerra y el saqueo, y en tiempos de extrema adversidad su único remedio fue la emigración forzada en la forma de un ver sacrum.
La organización política de los Samnitas era, en consecuencia, simple y poco sofisticada. La unidad local básica era el pagus, un cantón que comprendía una o más villas (vici), que económicamente era autosuficiente y poseía una gran medida de autonomía política. Cada pagus estaba probablemente gobernado por un magistrado electo llamado meddis (en latín medís). Un grupo de tales pagi juntos formarían una unidad tribal más grande, para el cual el término osco era touto (en latín populus). El magistrado principal del touto tenía el título medís tovtiks (medís tuticus). El sistema gubernamental del touto puede ser descrito como ‘republicano’ más que monárquico en el terreno técnico, ya que el medís toticus era un oficial elegido anualmente; pero en términos más generales era una estructura política muy simple en la que las funciones militares, judiciales y religiosas eran representadas por el mismo hombre. Debe suponerse algún tipo de maquinaria electoral, pero de la composición y funciones del los consejos tribales o asambleas no sabemos nada en absoluto.

La Liga Samnita estaba compuesta por cuatro grupos tribales, formando cada uno un touto separado. De estos, los Hirpinos habitaban la parte sur del país; sus centros principales eran Aequum Toticum (Sant’Eleuterio) y Malventum (Benevento). Los Caudinos ocupaban el borde occidental sobre Campania, siendo sus lugares principales Caudium (Montesarchio), Trebula Balliensis (Treglia), Saticula (S. Agata del Goti) y Telesia (Telese). Los Carricinos, el más pequeño de los cuatro, vivían en el extremo noreste; su centro político era probablemente Cluviae (Casoli). Finalmente los Pentros, el grupo más extenso, ocupaban el Samnio central y oriental, y tenía centros en Bovianum (Boiano), Saepinum (Sepino) y Aufidena (Castel di Sangro?).

El carácter de esos ‘centros’, a los que se refieren los relatos literarios de las Guerras Samnitas, se desconoce. El patrón general de asentamiento en el periodo prerromano parece haber sido el de castros con fuertes de colinas asociados y santuarios rurales. La separación funcional de esos tres tipos de lugares es característica de una sociedad no urbana o preurbana. Por ejemplo, el elaborado santuario en Pietrabbondante parece haber sido un lugar de reunión religioso para la gente de los distritos circundantes, pero no formaba parte de un extenso asentamiento nucleado.

Los castros son loas reliquias físicas más significativas del Samnio prerromano. Las ruinas que perviven, en forma de muros aproximadamente poligonales, aún pueden ser vistas sobre remotas colinas en muchas partes de los Apeninos centrales. Algunos de ellos, por ejemplo, los de Monte Vaiano, Castel di Sangro y Alfedena, eran lugares de importantes establecimientos permanente; pero esos lugares apenas eran ciudades, y son, en cualquier caso, excepcionales. En la mayor parte los castros son pequeños e inaccesibles, y no pueden haber sido lugares de habitación permanente. Sin duda, eran usados como refugios temporales, aunque algunos de ellos pueden haber tenido un propósito estratégico más positivo como fortalezas militares.
 
El sentido de la solidaridad nacional distingue las cuatro tribus de la Liga Samnita de sus vecinos. Pero no debemos olvidar que en términos culturales los Samnitas pertenecían a un comunidad de pueblos osco-parlantes mucho más amplia que como resultado de las migraciones en el siglo V se había expandido a través del Mezzogiorno. Las únicas excepciones eran la Apulia meridional y la península Sallentina en el extremo sureste (el ‘Talón’), donde una cultura y lenguaje nativos persistían en aislamiento del resto de Italia, y las regiones costeras ocupadas por las colonias griegas que quedaban. Por lo demás, Bruttium, Lucania, Apulia septentrional, Samnio y Campania estaban todas habitadas por pueblos que hablaban el mismo lenguaje y compartían creencias religiosas comunes, costumbres sociales e instituciones políticas. Esta koiné osca también incluía a los pueblos de la región de los Abruzzos que, entonces como ahora, pertenecían económica, social y culturalmente al sur, aunque está geográficamente en paralelo con Roma. La región era una tela de retales de fragmentados grupos tribales: los marsos, paelignos, vestinos, marrucinos y frentanos.

Solo queda discutir la situación de Campania. Aquí los invasores osco-parlantes habían ocupado una región rica y altamente desarrollada que había sido colonizada tanto por griegos como por etruscos y en la que las ciudades-estados urbanizadas estaban bien establecidas. Aunque los efectos inmediatos de la invasión osca a fines del siglo V, fueron dramáticas, las ciudades-estado pronto comenzaron a florecer una vez más bajo sus nuevos amos. Una mezcla notable de influencias llevaron a la formación, en el siglo IV, de una cultura campana distintiva. Muchas de las viejas tradiciones culturas y estructuras institucionales sobrevivieron, y fueron adaptadas a las necesidades sociales y valores de los conquistadores oscos. Un ejemplo de ello es su adicción a la cría de caballos y a la destreza en la caballería. Como apunta M.W. Frederiksen, esta afición por los caballos apenas puede haber sido traída con ellos desde el Samnio; de hecho es prácticamente cierto que la caballería campana, que jugó un papel tan importante en la historia política de Capua en los siglos IV y III, era originalmente una institución griega.

Existía una intensa rivalidad entre esas ciudades-estado. En el siglo IV las ciudades de la Campania septentrional formaron una liga, centrada en Capua y dirigida por un medís tuticus. Entre los estados miembros de esta confederación estaban Casilinum, Atella y Calatia. Otras ciudades campanas tales como Nola o Abella permanecieron separadas, mientras los Alfaterni en el sur formaron su propia liga bajo la hegemonía de Nuceria. Nápoles, la única ciudad griega superviviente en Campania, se vio fuertemente afectada por las influencias oscas, pero retuvo su independencia política. Existió un antagonismo igualmente fuerte entre ellas y sus parientes samnitas del interior. Esta enmarañada red de rivalidad y conflicto intestinos se complicó además, en 343 a.C., por la intervención de Roma.

Los sucesos de la llamada Primera Guerra Samnita son descritos solo por Livio, cuyo relato, puede resumirse brevemente. En 343 los Samnitas atacaron a los Sidicinos (un pueblo osco-parlante de cuya historia y cultura no tenemos información específica), y en consecuencia a los Campanos, que habían ido en su ayuda. Cuando los samnitas comenzaron a asediar Capua, los Campanos apelaron a Roma. A pesar de su alianza con los Samnitas, los romanos respondieron positivamente a la llamada e intervinieron en el bando campano. Livio dice que dieron este paso porque los Campanos se habían sometido completamente al poder del pueblo romano –una excusa cuestionable y quizá también un retazo dudoso de la historia.

Una explicación más convincente de la acción de los romanos puede deducirse del discurso que Livio atribuye a los enviados campanos. Aquí se sugiere que los romanos no podían permitir ignorar la oportunidad que se les estaba ofreciendo, ni arriesgarse a dejar a los Samnitas ganar el control de Campania. El discurso es ahistórico y repleto de banalidades retóricas –en particular, su argumento principal es tomado prestado de Tucídides-, pero, no obstante, contiene una importante verdad histórica. Campania es la región más fértil y productiva de la Italia peninsular, y al ganar el control de la mayoría de ella los romanos incrementaron enormemente sus recursos económicos y militares disponibles y se convirtieron en algo más que un enfrentamiento para los Samnitas. No es exagerado decir que ‘en la disputa entre Roma y el Samnio el control sobre Campania era la llave para la victoria final’.

Las hostilidades comenzaron cuando los romanos enviaron dos ejércitos consulares a Campania en el verano de 343 a.C. Tras una serie de victoriosos combates lograron expulsar a los Samnitas y ocupar Capua. Livio ofrece un improbable relato detallado de esos acontecimientos, de los que se pueden aceptar al menos las líneas básicas. No tenemos por qué dudar de que los ejércitos romanos hicieran lo suficiente para ganar triunfos para ambos cónsules y las felicitaciones de una embajada cartaginesa. La teoría de que toda la Primera Guerra Samnita fue inventada por los analistas no ha sido ampliamente aceptada.

En 342 los romanos estaban preocupados por una revuelta del ejército y una crisis política; cuando las hostilidades se reanudaron en 341, los samnitas, al parecer, pidieron la paz a la primera aparición del ejército romano. La alianza romano-samnita se renovó entonces, con la consecuencia de que los Sidicinos y los Campanos se aliaron a la vez con los latinos y los volscos, que ya estaban en rebelión contra Roma. Por tanto, hubo una completa reversión de la situación de dos años antes, cuando los romanos habían ayudado a los Campanos y Sidicinos contra los Samnitas. Este viraje es ciertamente extraño, pero de ninguna manera increíble. Una posible explicación es que después de una lucha interna en Roma una facción ‘pro-samnita’ llegara al poder.

Sea como fuere, la Guerra Romano-latina, que comenzó en 341, fue un punto de inflexión en la historia italiana. No hay razón para dudar de la visión de Livio de que la guerra surgió del resentimiento de los latinos al ser tratados como súbditos más que como aliados. No obstante, las demandas específicas que él atribuye a los líderes rebeldes –que los latinos serían admitidos a la ciudadanía romana y aportarían uno de los cónsules y medio senado- son claramente anacrónicas. En parte reflejan las aspiraciones de los insurgentes italianos en la época de la Guerra Social (91 a.C.).

Los sucesos reales de la guerra no pueden ser reconstruidos en detalle. En este punto surge la cuestión general de la fiabilidad del relato tradicional de las guerras de conquista. La narración de Livio, que cubre el periodo hasta 293 a.C., está llena de trozos de batalla retóricos y vicios similares en los que muchos de los detalles es probable que sean imaginarios, tales como el número de bajas enemigas son en gran medida el producto de entusiastas conjeturas. Pero las líneas generales de las campañas no tienen que ser ficticias; no hay motivos para pensar que cualquiera de los sucesos principales fuera deliberadamente creado de la nada por Livio o sus fuentes. Esta claro, no obstante, la comprensión de Livio de las realidades geográficas y estratégicas era débil –y a veces inexistente. Livio no llevaba un mapa de Italia en su cabeza, y seguramente no hizo ningún intento por reconstruir las campañas sobre el terreno. No sabemos si visitó alguna vez Samnio, por ejemplo, pero parece improbable. Generalmente Livio se contentaba con reproducir el nombre de lugares y otras indicaciones topográficas, sin tener necesariamente ninguna idea de su localización o naturaleza precisa. El hecho de que las fuentes que estaba siguiendo pudieran ellas mismas haber hecho lo propio incrementa naturalmente las posibilidades de malentendido y distorsión.

Al interpretar el relato de Livio, el método adoptado por muchos comentaristas modernos es rechazar cualquier cosa que no le parezca verosímil y sustituirla por una reconstrucción basada en su propia valoración de lo que requiere la situación militar. Los resultados son enormemente arbitrarios, por razones obvias. Por ejemplo, la afirmación de Livio de que los cónsules de 340 a.C. marcharon a través del país de los Marsos y Paelignos en su camino a Campania a veces es rechazada como inverosímil –seguramente una ‘anticipación de las campañas de los romanos en Italia central en la segunda guerra Samnita. Otros estudiosos, no obstante, ven el desvío de los cónsules como una maniobra deliberada para sorprender a los latinos, que habrían estado esperando un ataque directo. De hecho nuestro conocimiento de la situación militar general en ningún lugar está cerca de suficientemente buena para permitirnos decidir sobre un asunto de este tipo. ¿Cómo podemos saber lo que estaban esperando los latinos? Todo lo que podemos decir es que sucesos aparentemente inverosímiles no deberían ser rechazados automáticamente. Ciertamente, se puede argumentar, sobre el principio de la lectio difficilior, que las declaraciones en nuestras fuentes son ‘tanto más creíbles cuanto más extrañas parecen’.

La revuelta que comenzó en c.341 fue derrotada después de cuatro años de duras campañas. Los Volscos de Privernum fueron vencidos en 341; en el año siguiente los latinos y los campanos sufrieron al menos dos derrotas importantes, una de ellas en la célebre batalla de Veseris -quizás en Fenseris (Sarno); en cualquier caso, fue en algún lugar cerca del monte Vesubio. La batalla fue recordada en la tradición romana por dos incidentes. Primero, T. Manlio Torcuato, hijo de uno de los cónsules, mató a un campeón enemigo encorbate singular, pero fue ejecutado por su padre por desobedecer una orden de no enfrentarse al enemigo. El segundo incidente implicó al otro cónsul, P. Decio Mus, que se ‘dedicó’ él mismo y el enemigo a los dioses del inframundo, y al cabalgar precipitadamente contra las filas enemigas produjo su destrucción junto con la suya propia. Si esos episodios son en algún sentido históricos naturalmente no puede saberse, pero tampoco deben ser eliminados a priori. La primera posibilidad, y segunda probablemente, tiene alguna base en realidad.

La campaña de 340 conllevó un fin temporal a la lucha. Roma castigó a sus enemigos al confiscar una parte de los territorios de los Campanos y Privernates (las futuras tribus Falerna y Oufentina) y de los volscos y Latinos al sur de Velitrae y Lanuvium (incorporación posterior en las tribus Maecia y Scaptia). Las que habían permanecido leales fueron recompensadas. Incluían Lavinium, a la que le fue concedida un estatus privilegiado que ahora es oscuro para nosotros, y 1600 de los equites Campani, la aristocracia de Capua, que recibió privilegios económicos y la ciudadanía romana honorífica. Algunos de los pueblos latinos tomaron las armas de nuevo en 339, pero fueron derrotados después de dos años más de guerra. En 338 los romanos capturaron la fortaleza de Pedum, y luego procedieron a reducir las otras comunidades rebeldes una por un. En los años siguientes se llevaron a cabo operaciones de limpieza en Campania y contra los Sidicinos, Auruncos y Volscos. La versión esquemática de esos sucesos puede encontrarse en la lista de triunfos en los Fasti Capitolini, que están bien conservados para la segunda mitad del siglo IV; representan una tradición, independiente de Livio, que parece ser por lo general fiable.

Durante los años 343-329 a.C., los romanos reorganizaron completamente sus relaciones con sus súbditos conquistados. El resultado fue la formación de una ‘mancomunidad’ (tomando prestada la conveniente frase de Arnold Toynbee) que abarcaba a todos los distritos de tierras bajas a lo largo de la costa desde el norte del Tíber hasta la bahía de Nápoles. El acuerdo que los romanos impusieron después de 338 fue de crucial importancia en el que estableció un patrón para el futuro proceso de expansión romana en Italia. Combinó una serie de innovaciones que dieron a la mancomunidad romana –ciertamente única- una estructura sin precedentes. No sabemos quien concibió el esquema, pero quienquiera que fuera hizo una contribución vital al desarrollo del imperio romano. En opinión de G. De Sanctis este fue el punto de inflexión de la historia romana.

El acuerdo parece haber sido trazado sobre la base de dos extensos principios. Primero, los romanos trataron con las diversas comunidades derrotadas individualmente más que en grupos. Las ligas y confederaciones fueron disueltas. La consecuencia fue que las unidades constituyentes de la mancomunidad romana estaban atadas juntas no por mutuos lazos sino por el hecho de que cada una tenía una relación fija con Roma. En segundo lugar, se establecieron un conjunto de distintos tipos de relaciones, de manera que los súbditos de Roma estaban divididos en categorías jurídicas formales definidas por los derechos y obligaciones específicos de cada comunidad en relación con el estado romano. Así, se creó una jerarquía de posiciones entre los estados miembros de la mancomunidad romana.

a) Lacio: comunidades incorporadas

Algunas de las ciudades latinas derrotadas fueron incorporadas en el estado romano y sus habitantes convertidos en ciudadanos romanos. Livio especifica Lanuvium, Aricia, Nomentum y Pedum. Cada uno de esos lugares se convirtió en un municipium autónomo sobre el modelo de Tusculum. El mismo Tusculum había tomado parte en la revuelta (su comandante de caballería, Gemino Maecio, había sido muerto por T. Manlio en un duelo antes de la batalla de Veseris) pero su ciudadanía fue restaurada en 338 después de que los cabecillas hubieran sido ejecutados.

Se reservó un tratamiento especialmente severo para Velitrae y Antium. Los muros de Velitrae fueron demolidos y su clase gobernante fue desterrada. La tierra de los aristócratas desposeídos fue distribuida entre los colonos romanos, y a los veliterni que quedaron les fue concedida la ciudadanía. Los habitantes de Antium también se convirtieron en ciudadanos romanos, pero obligados a rendir su flota. Algunos de esos barcos fueron destruidos inmediatamente; sus proas o picos fueron expuestos como trofeos en el Foro romano en la parte delantera de la plataforma de los oradores, que en adelante fue conocida como los Rostra (es decir, ‘los Picos’). Luego fue establecida una guarnición romana en Antium para guardar la costa. Esta así llamada ‘colonia de ciudadanos romanos’ (colonia civium romanorum) fue modelada sobre la guarnición que había sido fundada en Ostia una generación antes. Otras guarniciones costeras fueron establecidas más tarde en Tarracina (329 a.C.), Minturnae y Sinuessa (ambas en 296 a.C.), y otros lugares. Fueron atendidas por un pequeño número de ciudadanos romanos (generalmente unos 300) quienes quedaron exentos del servicio en las legiones pero se les prohibió dejar sus colonias.

Ha habido una considerable confusión sobre si a las comunidades a las que se concedieron derechos se refieren o no a las que adquirieron más arriba la plena ciudadanía romana. La respuesta más probable es que lo fueron, ya que son distinguidas claramente por Livio de los estados que recibieron media ciudadanía (civitas sine suffragio). No hay justificación para la perspectiva ampliamente mantenida de que las civitas optimo iure fueran reservadas exclusivamente para los latinos, y que los Volscos de Antium y Velitrae pudieran, por tanto, haber recibido solo civitas sine suffragio. No tenemos motivos para suponer que los romanos distinguieran entre las comunidades recientemente favorecidas con la ciudadanía sobre la base de la raza o el lenguaje. La práctica del negocio de registrar a los nuevos ciudadanos fue llevada a cabo por los censores de 332 a.C. (uno de los cuales fue el omnipresente Q. Publilio Filo). La mayoría de las comunidades en cuestión fueron registradas en las tribus existentes, pero Lanuvium y Velitrae fueron incorporadas en dos nuevas tribus, respectivamente la Maecia y la Scaptia. Las nuevas tribus también incluyeron a los ciudadanos romanos que se habían establecido en la tierra confiscada de las dos ciudades. La inclusión de ambos ciudadanos, los antiguos y los nuevos, en las recién creadas tribus había ocurrido anteriormente en el asentamiento del ager Veientanus en 387 a.C., y se había convertido en la práctica normal.

b) Lacio: comunidades no incorporadas

De las ciudades latinas a las que no se les concedieron derechos de ciudadanía, Tibur y Praeneste retuvieron su estatus como aliados independientes, pero fueron obligados a ceder una parte de su territorio. La Liga Latina se rompió, pero aquellos de sus miembros que no fueron incorporados al estado romano continuaron existiendo como comunidades soberanas y poseyeron los derechos de conubium and commercium con ciudadanos romanos. Pero no se les permitió más ejercer tales derechos entre ellos mismos y se les prohibió tener relaciones políticas unos con otros. Es tentador invocar en este contexto el cliché ‘Divide y vencerás’; pero debe recordarse que la prohibición (al parecer de corta vida) sobre el conubium no aisló a esas comunidades totalmente, ya que la mayoría de los viejos pueblos latinos, cuyo territorio limitaban con los suyos, eran ahora ciudadanos romanos.

Desde esta época en adelante la condición latina no dependió más de la pertenencia a una comunidad étnica, legal y sacra diferente, sino más bien de la posesión de derechos y privilegios legalmente definidos que podían ejercerse en las relaciones con ciudadanos romanos. Por tanto, podía crearse un estado latino simplemente por una promulgación del pueblo romano confiriendo derechos sobre él. Así, sucedió que los pueblos de nombre latino (nomen Latium) se incrementaron continuamente por la fundación de nuevas comunidades latinas en un programa reavivado de colonización que comenzó en 334 a.C.

c) Comunidades fuera del Lacio

En la parte de la mancomunidad romana que se sitúa fuera de los límites de Latium Vetus –la región más tarde conocida como Latium Adiectum- los romanos impusieron la ciudadanía parcial (civitas sine suffragio) sobre los pueblos a los que había derrotado. Livio especifica las ciudades campanas de Capua, Suessula y Cumae, a las que se añadió Acerrae en 352, y las ciudades volscas de Fundi y Formiae, con la adición de Privernum en 329. Esta ciudadanía parcial fue la innovación más sorprendente de todos los asentamientos de posguerra. Las cives sine suffragio eran responsables de todas las cargas y obligaciones de los ciudadanos plenos –especialmente el servicio militar- pero no poseían derechos políticos. No podían votar en las asambleas romanas ni ocupar cargos en Roma. Como comunidades retenían sus instituciones nativas y se convirtieron en municipia autónomos. Al poseer los derechos de conubium y commercium su estatus era similar en la práctica al de los latinos, aunque las dos categorías eran jurídicamente bastante distintas, ya que los latinos eran técnicamente extranjeros (peregrini), mientras que los Campanos y Volscos oscoparlantes eran técnicamente ciudadanos (cives).

El tamaño y población de la mancomunidad romana después de la Guerra Latina ha sido analizada en detalle por A. Afzelius, que estimó que el tamaño del ager Romanus (es decir, el territorio ocupado por los ciudadanos romanos de todo tipo) en 5.525 km. cuadrados, y el de la mancomunidad como totalidad en 8.505 km cuadrados. Esto era considerablemente más pequeño que el territorio de la Liga Samnita, pero incluía la mejor tierra agrícola en la Italia peninsular, y y en términos de fuerza de trabajo Roma comandaba recursos que eran al menos iguales a, y quizá mayores, que los de los Samnitas. Afzelius estimaba la población total del ager Romanus en 347.300 personas, y la de la mancomunidad en 484.000.

La "Mancomunidad" Romana después de la IIª Guerra Latina (338 a.C.)

La mancomunidad romana era una estructura dinámica con una capacidad casi infinita para el crecimiento. La institución del municipium autónomo capacitó al estado romano para continuar extendiendo su territorio e incorporando nuevas comunidades sin tener que hacer ningún cambio radical a su rudimentario sistema de administración centralizada; y por la invención de la civitas sine suffragio los romanos incrementaron sus recursos humanos pero manteniendo todavía el carácter esencial de Roma como una ciudad-estado y la integridad de sus instituciones políticas tradicionales.

Por otro lado, la colonización proporcionó a ciudadanos romanos la oportunidad de adquirir tierra conquistada incluso en regiones distantes, y beneficiarse así directamente de la expansión territorial de la mancomunidad; mientras que el estado fuera capaz de consolidar sus conquistas mediante guarniciones estratégicamente destacadas en áreas problemáticas. Ya que las colonias eran comunidades autónomas autosuficientes con estatus latino, su distancia de Roma no supuso ninguna tensión sobre su estructura de ciudad–estado tradicional. Estos puntos fueron esbozados claramente por Arnold Toynbee, que destacó que las principales innovaciones constitucionales ‘dieron a la mancomunidad romana la máxima capacidad de expansión, combinada con la máxima solidez de estructura, que pudo obtenerse por “ingeniería política” con ningunos materiales institucionales excepto ciudades-estado atendidas por soldados ciudadanos, gobernadas por nobles no retribuidos, y mantenidos por agricultura de subsistencia’.

2. La Segunda guerra Samnita (327-304)

En 334 a.C. los romanos establecieron una colonia en Cales, que habían capturado de los Auruncos un año antes. Cales (Calvi) era un punto estratégico en la ruta principal de Roma a Capua; protegía la vulnerable extensión de esta ruta en un punto donde giraba hacia el interior para cruzar el río Volturnus, y defendía Capua de los Sidicinos. Los 2.500 hombres y sus familias que colonizaron el lugar fueron extraídos en su mayor parte del proletariado romano, pero también incluían latinos y otros aliados. Recibieron parcelas de tierra y se constituyeron como una comunidad autónoma con derechos latinos. El gobierno de la colonia se puso en manos de un pequeño grupo de colonos adinerados (equites) que recibieron grandes parcelas de tierra y formaron la clase gobernante de la nueva comunidad. Cales llegó a ser un modelo para colonias posteriores que se establecieron en puntos estratégicos a través de la península italiana durante el curso de las siguientes dos generaciones. Además de fortalezas militares, estas colonias fueron enclaves romanizados en los que se hablaba el latín y el modo de vida romano; como tales contribuyeron más que cualquier otro factor singular a la consolidación de la conquista y unificación final de Italia bajo Roma.

Seis años más tarde se fundó una segunda colonia en Fregellae (Ceprano) en la orilla oriental del Liris, en la intersección con el Trerus (Sacco). La colonización de Fregellae provocó la hostilidad de los Samnitas, que habían invadido la región unos pocos años antes y consideraban la acción de los romanos como una ocupación de su territorio. Las relaciones entre Roma y los Samnitas se deterioraron rápidamente, y en dos años estuvieron formalmente en guerra. Las fuentes, que naturalmente describen sucesos desde un punto de vista romano, acusan a los Samnitas de agresión en tres frentes diferentes. Se supone, primero, que se estaban preparando para atacar a los colonos de Fregellae; en segundo lugar, que habían incitado a la ciudad griega de Neapolis (Nápoles) a atacar las posesiones de Roma en Campania; y en tercer lugar, que estaban alentando a Privernum, Fundi y Formiae a rebelarse.

El asunto de Nápoles, del que nuestras fuentes dan informaciones contradictorias, fue evidentemente crucial. Cuando los romanos declararon la guerra a Nápoles (o ‘Palaeopolis’, como la llama Livio, al parecer bajo la impresión de que eran dos lugares diferentes), los Samnitas inmediatamente vinieron en su ayuda e instalaron una guarnición (327 a.C.). No obstante, parece que la ciudad estaba internamente dividida, con la masa del pueblo (el demos) favoreciendo a los Samnitas y recibiendo apoyo de otras ciudades griegas (especialmente Tarento), mientras que una sección de la clase acaudalada apoyaba a Roma. En 326 el grupo prorromano logró deshacerse de los Samnitas y entregar la ciudad al comandante Q. Publilio Filo. La subsiguiente alianza con Nápoles fue el primer éxito de Roma de la Segunda Guerra Samnita, que formalmente había comenzado unos pocos meses antes, a finales de 327 o principios de 326.

Nuestras fuentes dan un relato impreciso de los primeros años de la guerra. Poco puede decirse sobre el carácter de las campañas excepto que los romanos parecían haber adoptado en general una estrategia ofensiva. En ningún punto en el periodo hasta 320 a.C. atacaron los Samnitas el territorio de Roma o sus aliados; por el contrario, los romanos invadieron el Samnio occidental en 326 y atacaron a los Vestinos, que eran aliados de los Samnitas, al año siguiente. Se registran victorias a gran escala sobre los Samnitas en 325 y 322, la primera aparentemente en algún lugar “en el Samnio”, aunque el lugar exacto de la batalla (Imbrinium) no es identificable. Esta campaña fue la escena de una célebre disputa entre el dictador L. Papirio Cursor y su magíster equitum Q. Fabio maximo Rulliano, del que Livio da un relato detallado; probablemente deriva de Fabio Pictor (que es citado en VIII.30.9).

La campaña de 322 no está localizada en absoluto y es problemática desde otros puntos de vista. Livio atribuye la victoria al dictador A. Cornelio Arvina; pero en un capítulo posterior registra una tradición alternativa (seguida por los Fasti Capitolini) que reconoce el mérito a los cónsules. En un exasperado apartado destaca que el registro había sido falsificado por familias aristocráticas que reclamaban el mérito de grandes victorias al atribuirlas falsamente a sus ancestros. Nuestras fuentes contienen muchos casos similares de incertidumbre sobre a cuales de los magistrados debe atribuírsele una acción o hazaña particular. La conclusión obvia parece ser que los registros originales –la crónica pontificia, o lo que fuere- no aclara el asunto. Es importante notar, sin embargo, que estos casos arrojan dudas sobre la identidad de los magistrados que tomaron parte en los acontecimientos, pero no implica necesariamente que sean ficticios. Ciertamente, si acaso, implican lo contrario.

En 321 a.C. los romanos sufrieron un desastre en las Horcas Caudinas. Nuestras fuentes dan un relato muy colorista pero poco fiable de este acontecimiento. Podemos estar seguros todos de que es uno de los más humillantes e indignos episodios en la historia romana. Al parecer los cónsules habían llevado al ejército a una remota cañada de montaña donde fue rodeado y obligado a rendirse. Los romanos fueron dejados libres bajo un acuerdo, después de ser forzados a marchar, desarmados y medio desnudos, bajo un ‘yugo’ de lanzas.

El relato de Livio intenta atenuar la desgracia al sugerir que los Samnitas habían engañado a los romanos y les atrajeron a un desfiladero rocoso desde el que no había escapatoria. Pero otras fuentes insinúan claramente que el ejército romano se sometió después de una derrota. Además, la descripción de Livio de las Horcas Caudinas no coincide con la topografía de ninguno de los valles en la región entre Calatia y Caudium, donde se dice que había tenido lugar la debacle (Livio IX.2.1-2; las Horcas se identifican tradicionalmente con el valle entre Arienzo y Arpaia).

Pero cualquiera que fueran las circunstancias precisas, el hecho de una rendición romana es indiscutible. La parte dudosa de la historia es la continuación. Se nos dice que cuando el ejército volvió a Roma el Senado y el pueblo rechazaron la tregua que los cónsules habían hecho y votaron continuar la guerra. En los siguientes dos años los romanos vengaron el desastre con una serie de victorias. En particular capturaron Luceria en Apulia septentrional, recuperaron los estandartes perdidos y liberaron a 600 caballeros a los que los Samnitas habían tomado como rehenes. Los 7.000 Samnitas prisioneros que se rindieron en Luceria fueron enviados bajo el yugo.

Este final parece demasiado bueno para ser cierto, y generalmente es descartado como fantasía. Otro elemento dudoso es la pretensión de que la tregua no era un tratado (foedus), sino un sponsio, un acuerdo provisional hecho por los cónsules que se ofrecieron como garantes (‘sponsores’). Cuando el pueblo romano rechazo ratificar la tregua, los cónsules fueron entregados a los Samnitas, desnudos y atados. Esto parece como una pieza de defensa especial legalista y no resulta convincente. El punto de vista moderno habitual es que se hizo un foedus, que los romanos fueron obligados a cumplir con sus requisitos (que incluían la rendición de Fregellae y Cales), y que todas las hostilidades entre Roma y los Samnitas cesaron hasta 316 a.C. Sobre esta interpretación el rechazo del acuerdo y las subsiguientes victorias romanas no son nada más que falsas invenciones.

Pero a pesar de su amplia circulación, esta visión crítica no es necesariamente convincente. Por un lado nos exige creer que los analistas inventaron la parte más vergonzosa de la historia, a saber, la derogación del tratado. Quizás es más razonable asumir que los romanos realmente rompieron el tratado, y que los analistas intentaron encubrir este hecho introduciendo la noción de una sponsio. Aunque los detalles de la victoria en Luceria son evidentemente imaginarios, no obstante es posible que algunos combates tuvieran lugar en 320 y 319 y que los romanos lograran algunos éxitos (los fasti Capitolini registran un triunfo de Samnitibus en 319). Hay además alguna razón positiva para pensar que el registro de esas campañas pudo pertenecer a un estrato más temprano de la tradición.

En general debe admitirse que los hechos que rodean esos acontecimientos no son ahora recuperables. Parece bastante probable, no obstante, que hacia 318 las hostilidades abiertas entre Roma y los Samnitas habían cesado, bien como resultado del foedus original, o de un tratado posterior a principios de 318. Esto deja a los romanos libres para reforzar su posición en Campania, y crear dos nuevas tribus, las Oufentina y la Falerna, en el territorio que había sido colonizado veinte años antes. Al mismo tiempo, hicieron campaña en Apulia y Lucania, y forzaron a una serie de comunidades allí a hacer tratados de alianza (incluyendo Arpi, Teanum Apulum, Canusium, Forentum y Nerulum). Esas regiones durante un tiempo habían sido objeto de la atención romana, y se registran alianzas anteriores por Livio en 326 a.C. Los esfuerzos de Roma en este frente forman parte de una amplia política estratégica que pretendía aislar y envolver a los Samnitas. El patrón es de agresión constante, conclusión que no es necesariamente incompatible con la visión moderna de que la principal intención de Roma era preservar su propia seguridad.

Por otra parte, no hay signos de ninguna agresión correspondiente o urgencia de ampliar por parte de los Samnitas, aunque tanto los antiguos como los modernos escritores frecuentemente afirman lo contrario. La ‘inactividad’ samnita en los años antes de 316 a.C. no necesita ser ni explicada ni justificada; como confederación tribal, la Liga Samnita podía organizar una resistencia unida contra ataques externos, pero difícilmente habría sido capaz de poner en marchar cualquier tipo de estrategia ofensiva a largo plazo. Roma, por el contrario, era un estado unitario desarrollado con fuertes tendencias agresivas.

La única ocasión en que los Samnitas invadieron el territorio de los romanos o de sus aliados en gran número fue en 315 a.C. Este ataque fue una respuesta a la agresión romana, como admite el mismo Livio. Las hostilidades se habían reanudado en el año anterior cuando los romanos atacaron Saticula que cayó en 315 después de un largo asedio. Pero en el mismo año los Samnitas tomaron la ciudad (desconocida) de Plistica y avanzaron a través del Liris. En Lautulae cerca de Terracina derrotaron a los romanos en una batalla campal; debe haber sido en esta ocasión cuando entraron en el Lacio y devastaron la región costera hasta Ardea. Pero al año siguiente ellos mismos fueron derrotados por los romanos, posiblemente de nuevo en Terracina. Entonces los romanos procedieron a reafirmar su control de Campania, donde algunas ciudades se habían vuelto descontentas y se enfrentaron con severidad una revuelta de los Auruncos. Si debemos creer a Livio, los Auruncos fueron masacrados. Los romanos también recuperaron Sora, que se había pasado a los Samnitas el año anterior.

Estos sucesos marcan el punto de inflexión de la guerra. En 315 los romanos capturaron (o recapturaron) Luceria y fundaron una colonia allí un año más tarde. En 313 recuperaron Fregellae, que había sido, o bien cedida a los Samnitas por el tratado Caudino o tomada por ellos en un ataque nocturno en 320; colonias posteriores fueron establecidas en Suessa Aurunca, Saticula y en la isla de Pontia (en 313) y en Interamna sobre el Liris (en 312). También se registra un ataque romano sobre la capital pentria de Bovianum en 313, y otro éxito ocurrió en Nola y Calatia en Campania, y en Atina en el Samnio. El resultado de esta actividad fue que hacia 312 el Samnio fue rodeado por los aliados militares de Roma, y enfrentados en la delicada región de Liris-Volturnus por una cadena de colonias latinas en lugares estratégicos extendiéndose desde Fregellae hasta Saticula. Al mismo tiempo los romanos reforzaron su mordaza sobre la totalidad de la región de tierras bajas a lo largo de la costa del Tirreno. Un potente símbolo de su control permanente de esta área fue la construcción de la Vía Apia, su gran autopista desde Roma a Capua, que fue comenzada en 312 a.C.

3. La conquista romana de la Italia central

Después de la consolidación de 313-312 a.C. el resultado de la Segunda Guerra Samnita ya no se dudaba. En los años que siguieron los romanos fueron capaces de extender el alcance de sus actividades militares a otras partes de la Italia central, y embarcarse en una serie de vigorosas ofensivas que en poco más de una década transformaron el mapa político de Italia. Hacia 299 el estado romano había superado a todos sus rivales y controlaba la mayoría de la península italiana.

El aumento de la escala de las operaciones romanas durante este periodo es revelado por una noticia de Livio, que afirma que en 311 los tribunos militares de las cuatro legiones fueron elegidos por el pueblo más que designados por sus comandantes. Esta innovación supone un aumento en el tamaño normal del ejército de dos a cuatro legiones, y probablemente coincide con él. Si fue también en esta época cuando los romanos introdujeron la formación manipular que caracterizó al ejército posterior se desconoce, pero parece probable. Livio asume la existencia de un ejército manipular mucho antes, e incluye una interesante digresión sobre el tema antes de su relato de la batalla de Veseris en 340 a.C., mientras otras fuentes rastrean su origen hasta la época de Camilo; pero es más probable que tanto la formación manipular como el uso de escudos oblongos y jabalinas fueran tomados en préstamo por los romanos de los Samnitas a finales del siglo IV.

Otras fuentes no dan una imagen muy clara de los últimos años de la Segunda Guerra Samnita; en su lugar proporcionan un informe amorfo de campañas anuales, cuyos detalles a menudos son inseguros. Problemas similares acompañas la narración de las guerras etruscas de 311-308 a.C. En 311 los etruscos atacaron Sutrium (no se nos dice por qué) y dieron pie a la intervención romana en una región que había estado tranquila desde los años en torno a 350 a.C. No está claro exactamente quienes eran esos ‘etruscos’, pero probablemente incluyeran la ciudades ‘interiores’ de Volsinii, Perusia, Cortona, Arretium, y Clusium. Las ciudades costeras, como Caere, Tarquinii y Vulci, no parecen haber tomado parte.

Los relatos supervivientes de esta guerra son confusos y contradictorios en los detalles, pero en líneas generales están de acuerdo en los puntos principales, que puede ser brevemente resumidos. Los romanos hicieron retroceder al ejército que había puesto cerco a Sutrium y continuó su éxito en 310 con un atrevido avance en Etruria central bajo el cónsul Q. Fabio Maximo Ruliano. Nos llegan noticias de batallas campales en el lago Vadimón en el valle del Tíber y cerca de Perusia. Perusia, Cortona y Arretium fueron obligadas a hacer treguas de 30 años con Roma. Un célebre episodio de esta campaña fue la misión de reconocimiento hecha por el hermano del cónsul, que cruzó el impenetrable bosque Ciminio y continuó hasta Camerinum en Umbría, a la que persuadió para que se convirtiera en aliada de Roma. En el año siguiente (es decir, 308; 309 fue “año de dictador”) el cónsul P. Decio Mus hizo campaña con éxito en Umbría e hizo una alianza con Ocriculum. También organizó la renovación de una tregua de 40 años entre Roma y Tarquinii, que implicaba que no había estado envuelta en la lucha en 311-310.



La veracidad histórica de esta narración ha sido objeto de controversia entre los historiadores modernos, algunos de los cuales han rechazado casi todo de él como una ficción. Los relatos que sobreviven contienen mucha exageración y retórica y son confusos sobre la localización de los acontecimientos. Por ejemplo, Livio no está seguro de si la segunda gran victoria de Fabio Ruliano en 310 ocurrió en Sutrium o cerca de Perusia. Mantiene que Fabio hizo dos expediciones al interior en 310, derrotó a los etruscos en Sutrium en dos ocasiones separadas, y dos veces recibió la sumisión de Perusia. Eso parece como un clásico ejemplo de ‘dobletes’, esto es, duplicaciones que surgen cuando un analista, enfrentado a dos versiones diferentes del mismo suceso, deducía erróneamente que era sucesos diferentes y los registraba ambos.

Pero estos fallos reconocidos no impugnan necesariamente la estructura básica de la narración, que se considera por muchos historiadores como histórica en líneas generales. Esta posición ‘conservadora’ concede que la mayoría de los detalles narrativos es el producto de una elaboración retórica, y que los analistas introdujeron mucha confusión, pero no obstante sostiene que la línea principal del relato tradicional probablemente es fiable y está basada sobre registros auténticos. Este perspectiva del tema, explica la naturaleza de las fuentes mucho mejor que la alternativa ‘hipercrítica’, y ha sido adoptada en este trabajo.

En cualquier caso tanto la cantidad como la calidad de información disponible aumenta notablemente en los últimos años de la Segunda Guerra samnita. El relato de Livio en la última parte del Libro IX y el Libro X incluyen datos mucho más sustanciosos que antes, y comienza a parecerse al formato de narración de décadas posteriores. Desde 318 a.C. en adelante Livio puede ser complementado por las noticias anuales regulares de sucesos romanos en Diodoro (hasta 302 a.C.), y por las entradas en los fasti triunfales. Las discrepancias entre esas fuentes ocurren frecuentemente; pero no debemos deducir necesariamente que cuando se informa sobre dos grupos de sucesos diferentes, una o ambas fuentes deben estar equivocadas. A veces ambas pueden estar en lo cierto; en otras palabras, se complementan, más que se contradicen una a otras. También vale la pena destacar que en esta sección de su trabajo Livio se refiere frecuentemente a discrepancias entre sus fuentes que dan testimonio de su meticulosidad, e incrementan el valor de su relato.

Las campañas en el Samnio son registradas cada año hasta 304 a.C. Se atribuye una gran victoria a L. Papirio Cursor en 310, pero después de ésta solo se registran éxitos romanos menores hasta 307; en ese año los Samnitas tomaron la iniciativa y tomaron Sora y Calatia. Aunque aparentemente derrotados en una batalla, volvieron al ataque al año siguiente e invadieron territorio romano en Campania septentrional. Los romanos contraatacaron con una invasión a gran escala del Samnio que llevó a la captura de Bovianum; los Samnitas fueron destruidos entonces en una batalla campal en la que su líder Estacio Gelio murió. Los romanos procedieron a volver a capturar Sora y tomar Arpinum y Cesenia. En 304 los Samnitas pidieron la paz; el ‘viejo tratado’ (supuestamente el de 354 y 341) fue renovado, y la guerra de 20 años llegó a su fin.

La conclusión de la Guerra Samnita no tuvo como resultado una reducción drástica o inmediata del nivel de compromisos militares de Roma. La razón es que, desde alrededor de 312 a.C. en adelante, la Guerra Samnita como tal había dejado de ser la principal preocupación de los romanos. Otros escenarios la guerra predominaban ahora, al concentrar los romanos sus esfuerzos en otras direcciones, primero en Etruria y Umbría, y luego en la región montañosa de la Italia central. Una etapa crucial en la conquista de la Italia central fue marcado en 307, por la decisión de comenzar la construcción de la Via Valeria, el camino militar que se extendía desde Tibur en el interior de los Apeninos centrales y finalmente alcanzaba el Adriático.

En 306 a.C. algunas comunidades de la confederación hérnica, que habían permanecido fieles a Roma desde 358 a.C. fueron acusadas de rebelión. Después de una breve resistencia fueron rápidamente forzados a someterse a un ejército consular. Las comunidades disidentes, las más importantes de las cuales era Anagnia, fueron incorporadas como civitas sine suffragio. Al mismo tiempo fueron privadas del derecho de connubium (a saber, con otros ciudadanos romanos y con no-romanos que poseían connubium) y de los derechos de asamblea y autogobierno. Se ha sugerido que a causa de que el pueblo de Anagnia fue privado de connubium no podrían haber sido ciudadanos romanos, y en consecuencia que civitas sine suffragio no significa ciudadanía. Esta perspectiva paradójica es errónea; en el pensamiento romano el connubium no era un ingrediente inseparable e inseparable de la ciudadanía romana, sino un derecho positivo que podía ser otorgado o quitado de acuerdo con las circunstancias independientemente de otros derechos ciudadanos. El caso clásico es la ley de Augusto que prohibía el matrimonio mixto entre esclavos manumitidos y miembros del orden senatorial. No sería legítimo deducir de esto que los senadores de Augusto no fueran ciudadanos romanos.

Los estados hérnicos que habían permanecido leales a Roma (Livio los nombra como Aletrium, Ferentinum y Verulae) retuvieron su independencia y todos sus privilegios bajo el tratado existente. Livio afirma que preferían esta condición a la ciudadanía romana. Esta es una importante referencia porque indica que en ese tiempo la civitas sine suffragio era considerada como un castigo, y en ningún sentido como un priviegio.

En 304 los romanos se volvieron contra los Ecuos, y los anularon en una campaña que duró unos meros 50 días. Sus torres de las colinas fueron sistemáticamente destruidas, y la población masacrada hasta casi el último hombre (así Livio: ‘nomen Aequorum prope ad internecionem deletum’). Inmediatamente los otros pueblos de la región de los Abruzzos se apresuraron a concluir tratados permanentes de alianza con Roma: los Marsos, Paelignos, Marrucinos y Frentanos en 304, los Vestinos en 302. Los pueblos de los Apeninos centrales habían estado asociados en una federación perdida que los modernos llaman la ‘Liga Sabelia’. Parece que esta liga había favorecido generalmente a los romanos en la Segunda guerra Samnita, al menos a juzgar por la facilidad con que los ejércitos romanos eran capaces de cruzar la península para operar en Apulia. Hasta donde sabemos las relaciones con Roma se convirtieron en tensas solo al final de la guerra, y los choques reales fueron infrecuentes. No hay justificación para la perspectiva de que los pueblos de los Abruzzos estaban continuamente en guerra con los romanos desde 308 en adelante, aún menos que apoyaron consistentemente a los Samnitas durante la Segunda Guerra samnita. Aparte de otras insurrecciones menores en 302 y 300 el control de los romanos de la región de los Apeninos centrales permaneció inalterado hasta la época de la Guerra Social. 

Estas conquistas fueron consolidadas por las fundación de colonias en Sora (303 a.C.), Alba Fucens (303) y Carseoli (298). En 299 la fortaleza umbria de Nequinum fue capturada, y la colonia de Narnia se fundó en su lugar (modernamente Narni). En 303 las ciudades de Trebula Suffenas (Ciciliano) y Arpinum (Arpino) fueron anexionadas con civitas sine suffragio; Frusino (Frosinone) sufrió el mismo destino, pero no antes de que muchos de sus ciudadanos dirigentes hubieran sido ejecutados y un tercio de sus tierras confiscadas. (Diodoro data el sometimiento de Frusino en 306). En 299 se crearon las tribus Aniensis y Teretina; la primera estaba situada en la tierra tomada a los Ecuos en el valle del alto Anio, y la última en el valle del Liris en la tierra que había sido anexionada de los Auruncos en 314 a.C.

Estos actos de concesión de derechos y anexión marcan el fin de otra etapa en la conquista romana de Italia. El proceso de expansión había desarrollado ya su propio impulso; el resultado lógico era la dominación romana de toda la península italiana. Este resultado solo pudo haber sido evitado mediante una acción concertada y positiva por los pueblos que todavía retenían su independencia. Fue quizá en torno al cambio de siglo cuando los pueblos libres de Italia primero percibieron lo que podía estar reservado para ellos; en cualquier caso fue entonces por primera vez que comenzaban a hacer serios esfuerzos para organizar un frente unido contra Roma.



4. La Tercera Guerra Samnita (298-290)

Hacia 298 los romanos estaban luchando una vez más en varios frentes. Las campañas anuales romanas en Etruria y Umbria son registradas desde 302 a.C. en adelante, pero hasta el gran choque de 295 estos parecen ser asuntos menores e inconexos, con la excepción del asedio y captura de Nequinum en 300-299. Una invasión gala de Etruria en 299, aunque amenazadora, no implicó a los romanos en una acción militar a gran escala, si hemos de creer a Polibio; por otra parte, al hacer una alianza con los lucanios, que habían sido atacados por los Samnitas, provocaron la llamada Tercera Guerra Samnita (298-290).

La primera campaña de esta guerra está referida en el epitafio de L. Cornelio Escipión Barbato (cónsul en 298), inscripción que probablemente data de principios del siglo II a.C. y por tanto es de algún modo el documento superviviente más viejo en relación con la historia de las Guerras Samnitas. Su relato de los logros de Escipión en el Samnio está en desacuerdo con Livio, que le hace pelear en Etruria. Este puzzle bien conocido es otro indicio de la confusión en la tradición sobre la distribución de los mandos consulares en las Guerras Samnitas, y del hecho de que proliferaban muchas versiones diferentes en la República tardía.

Como cónsules para 297 los romanos eligieron dos de sus más experimentados líderes militares, Q. Fabio Maximo Ruliano y P. Decio Mus. Ambos hombres vieron extendidos sus mandos en 296 y fueron elegidos nuevamente cónsules en 295. En 295 al menos cinco hombres mantuvieron el imperium como ‘promagistrados’. Incluían uno de los cónsules del año previo, L. Volumnio Flamma, que quedó pro consule (su colega en el consulado de 296, Ap. Claudio Caeco, fue pretor en 291). Los otros cuatro, que tuvieron mandos pro praetore, fueron los dos cónsules de 298, L. Cornelio Escipión Barbato y Cn. Fulvio Maximo Centumalo, y los otros dos ex-cónsules, M. Livio Denter (cónsul en 302) y L. Postumio Megelo (cónsulo en 305).

El patrón es extraordinario y no tiene precedentes. Si ignoramos algunos casos dudosos del siglo V, solo había habido dos ejemplos previos de prórroga -los de Q. Publiclio Filo en 326 y el de Q. Fabio Maximo Ruliano en 307. Ahora en 296-295 se registran varias prórrogas simultáneas. Incluso más notable es el hecho de que cuatro de las pro-magistraturas de 295 no tuvieron mandos regulares prorrogados, sino que se había otorgado imperium sobre ellos en una época en que su estatus legal era el de ciudadano privado (privati). Los nombramientos de este tipo siempre eran considerados como anómalos; en el lenguaje constitucional romano eran extra ordinem, y estaban bastante separados jurídicamente de las ‘prórrogas’ más habituales.

No puede caber duda de que en este tiempo el patrón de distribución de cargos y mandos entre la élite romana estaba en estado de transición. Dos aspectos del cambio merecen atención. Primero, como hemos visto, la práctica de la iteración de magistraturas senior llegó a ser mucho más frecuente después de la década de 290. En segundo lugar, este periodo es testigo de la caída de la dictadura como cargo militar regular. Frecuentemente los dictadores habían sido nombrados para asumir tareas militares en el periodo hasta 310 a.C.; pero después de ese año las dictaduras son atestiguadas solo en 302 (301) a.C., en 249 en un momento crítico de la Primera Guerra Púnica, y finalmente en la emergencia que siguió tras la batalla de Trasimeno (217).

Nuestras fuentes no proporcionan explicación de esos cambios. Pero sería razonable ver el número de promagistraturas sin precedentes de 296/5 a.C. como respuesta, en un periodo de experimento constitucional, a una grave amenaza militar. Nuestras fuentes no dan ninguna pista de una crisis militar inminente hasta fines de 296. En 297 los cónsules Fabio y Decio habían estado al mando ambos en el Samnio, y la devastaron durante cuatro meses. Esas operaciones continuaron al año siguiente, cuando las ciudades de Mugantia, Romulea y Ferentinum cayeron en manos de los procónsules. Al mismo tiempo el cónsul L. Volumnio Flamma sofocó una revuelta en Lucania y derrotó a los Samnitas en el río Volturno. Pero a pesar de esos éxitos los romanos no fueron capaces (o no lo decidieron) de impedir que el general samnita Gelio Egnacio dirigiera un ejército hacia el norte al interior de Etruria y uniera fuerzas con los líderes de los estados etruscos.

El comandante romano en Etruria, el cónsul Ap. Claudio, derrotó a una fuerza conjunta de etruscos y samnitas en una batalla campal (en la que prometió un templo a Bellona), pero el resultado estuvo lejos de ser decisivo. A fines del año Apio informó al Senado que se había formado una gran coalición en Italia septentrional, que comprometía a samnitas, etruscos, umbros y galos. Esta alianza de conveniencia debe haber estado varios años fraguándose, como insinúa Livio. El extraordinario patrón de nombramientos militares en 296 y 295 muestran que los romanos eran conscientes de una amenaza creciente desde finales de 297 como muy tarde.

Las cosas llegaron a un punto crítico cuando un ejército combinado de samnitas y galos se enfrentaron a los romanos en Sentinum en Umbria. En esta célebre batalla los romanos desplegaron cuatro legiones junto con contingentes de soldados aliados que, de acuerdo con Livio, superaban a las tropas ciudadanas. Si estimamos el tamaño de una legión en torno a 4.500 hombres, el número total de tropas en el bando romano habrá estado en torno a 36.000, un enorme ejército para los estándares de la época. El tamaño de la fuerza enemiga es completamente desconocido. Las fuentes mantienen naturalmente que los romanos eran ampliamente sobrepasados en número, y se dan cifras fantásticas tales como 650.000 en algunos relatos conocido por Livio. El historiador griego Duris de Samos, que era contemporáneo del suceso, al parecer informó que fueron muertos 100.000 hombres. La cuenta más modesta de Livio da una cifra de 8.700 muertos en el bando romano, y 25.000 del enemigo. Tales cifras son más realistas, y pueden estar basadas en algo más que conjeturas.

Sea como fuere, puede caber poca duda de que, en términos de tamaño de las fuerzas implicadas, la ferocidad de la lucha y lo decisivo del resultado, Sentinum fue el combate más grande que hubiera tenido jamás en Italia. El relato detallado de Livio de la batalla bien puede contener elementos auténticos, probablemente por primera vez. La referencia a ello en el trabajo de un historiador griego contemporáneo ya se ha destacado; además, los romanos de la generación de Fabio Pictor habrían podido hablar con los supervivientes de la batalla, y hubiera sido extraordinario si el mismo Pictor de hecho lo hubiera hecho así.

La victoria romana fue total, pero al parecer lejos de ser fácil. En opinión de Livio, el resultado pudo haber sido diferente si los contingentes etruscos y umbros hubieran estado presentes; sea como fuera, ellos estaban alejados de Sentinum cuando las tropas de reserva romanas subieron desde Roma y atacaron Clusium. La batalla misma estuvo muy trabada, pero en el momento crítico el cónsul P. Decio Mus siguió el ejemplo de su padre y se sacrificó. Este incidente indudablemente histórico cambió la marea de la batalla a favor de los romanos. Tras la victoria Fabio volvió a Roma en triunfo, un lugar asegurado en la tradición romana como el héroe de las guerras Samnitas.

Sentinum selló el destino de Italia. Después de la batalla los romanos no perdieron tiempo en ajustar cuentas con los etruscos y los umbros; en 294 capturaron Rusellae e impusieron condiciones a Volsinii, Perusia y Arretium. Al mismo tiempo, los ejércitos romanos continuaron operando en el Samnio, se informa de fieros combates en 295 y 294 (una vez más, las fuentes de Livio discrepan sobre la identidad de los comandantes que sirvieron en los diversos escenarios). Al año siguiente los Samnitas hicieron un esfuerzo final al reclutar a cada hombre disponible en una leva en masa bajo una lex sacrata; de los 36.000 que fueron reunidos, 16.000 fueron elegidos para formar una fuerza de élite especialmente equipada, la llamada ‘legión del lino’. Pero este gran ejército fracasó en la batalla de Aquilonia en 293.

La victoria romana en Aquilonia fue el más notable acontecimiento en un año que el que se registran innumerables éxitos romanos, incluyendo la captura de Duronia, Cominium, Aquilonia, Saepinum, Velia, Palumbinum y Herculaneum. Con la excepción de Saepinum (Sepinio) la identificación de esas ciudades es insegura, y la geografía de la campaña de 293 es un puzzle que viene de antiguo; pero de acuerdo con las reconstrucciones modernas más probables los acontecimientos deberían ser localizados en el área al norte de los Monti del Matese que se extiende entre los cursos altos de los ríos Trigno y Biferno.

El X Libro de Livio finaliza con los sucesos de 293. Los libros siguientes no sobreviven y estamos obligados a confiar en epítomes posteriores y relatos secundarios que conservan solo el esbozo más simple de la narración de Livio. El texto completo de Diodoro se detiene con los sucesos de 302, y para completar la triste imagen de nuestras fuentes para este periodo la sección de los Fasti Capitolini que contenía los triunfos desde 290 a 283 está desaparecido. Un relato apropiado de las etapas finales de la conquista romana de la Italia peninsular no es realmente posible a partir de los pocos trozos de indicios que tenemos. Los hechos siguientes parecen, no obstante, ser razonablemente seguros. En los años 292 a 290 el Samnio fue invadido por los romanos, que anexionaron una extensa área de territorio en los límites surorientales del Samnio, donde se fundó la colonia de Venusia en 291. Un año más tarde los Samnitas se rindieron y fueron obligados a convertirse en aliados de Roma, sin duda en condiciones desiguales.

El avance romano continuó. En 290 el cónsul M. Curio Dentato conquistó a los Sabinos y los Praetuttii, que fueron incorporados en el estado romano como ciudadanos sine suffragio; alguna de sus tierras fueron tomadas y distribuidas entre colonos romanos. Como resultado de este pobremente documentado periodo el territorio romano se extendió al otro lado de la península hasta la costa adriática, donde se fundó una colonia en Hadria (Atri) probablemente entre 290 y 286. Algunos años más tarde el territorio de Piceno fue añadido, a continuación de una revuelta en 269 a.C. Los Picentes fueron hechos cives sine suffragio (con la excepción de Asculum), y se estableció una colonia en Firmum en 264.

Después de su derrota en la batalla de Sentinum los galos parecen haber permanecidos tranquilos durante un tiempo; pero tras un intervalo de diez años una vez más penetraron en Etruria. Los acontecimientos de la guerra gálica de 284/3 a.C. son difíciles de reconstruir en detalle; la secuencia más probable es que en 284 un ejército romano bajo L. Cecilio Metelo fue destruido en una batalla en Arretium, pero que los romanos se desquitaron al año siguiente y obtuvieron una batalla decisiva en el lago Vadimon. Poco después anexionaron el territorio a lo largo del Adriático norte que estaba ocupado por los Senones (el ager Gallicus). Es probable que los galos continuaran habitando la región por tolerancia, hasta que fueron expulsados como consecuencia de una ley agraria en 232 a.C. El control por los romanos de este distrito fue asegurado por la fundación de una colonia latina en Ariminum (Rímini) en 268 a.C.

La guerra en Etruria y Umbría continuó, aunque se conservan muy pocos detalles. Vulci y Volsinii fueron derrotadas en 280, y Caere en 273. El proceso de conquista ciertamente estuvo completado hacia 264, cuando Volsinii fue destruida a consecuencia de una revolución en la ciudad. Las comunidades etruscas y umbrías quedaron nominalmente independientes, pero estaban ligados a Roma por tratados de alianza. La excepción fue Caere, que fue incorporada con ciudadanía sine suffragio a continuación de su derrota en 273; en el mismo año fue fundada una colonia en la costa Toscana en Cosa.

BIBLIOGRAFÍA:

CORNELL, T. J.: The conquest of Italy. Capítulo 8 del Volumen VII, parte II de la Cambridge Ancient History. Cambridge University Press, 2008.

jueves, 5 de marzo de 2015

Roma y la conquista de la Península Italiana (700-264) (II): La Recuperación de Roma tras el Saqueo Galo (390-350)


La antigua tradición romana sostenía que Roma había sufrido terriblemente a manos de los galos, pero que la calamidad fue seguida por una recuperación milagrosa. Se nos pide que creamos que, con su ciudad en ruinas, sus recursos humanos drásticamente reducidos, y sus aliados en revuelta tácita o abierta, los romanos fueron capaces de restaurar su anterior posición casi inmediatamente. En una año desde la partida de los galos la ciudad había sido casi completamente reconstruida, y se habían ganado espectaculares batallas contra enemigos por todas partes. Esos extraordinarios éxitos supuestamente debieron mucho al liderato inspirado de Camilo, quien fue considerado como el segundo fundador de Roma.

Los historiadores modernos, no obstante, son propensos a cambiar esta imagen: o bien aceptan que el Saqueo fue ciertamente calamitoso, pero niegan la historia de la rápida recuperación tachándola como ficción, o aceptan el guión básico de los sucesos en los años después de 390, pero minimizan los efectos del Saqueo. Ambas opiniones tienen puntos a su favor. En apoyo de la primera se ha argumentado que la invención de victorias compensatorias a continuación de las derrotas era un hábito regular de los analistas romanos tardíos; que la versión recibida está en desacuerdo con la de Polibio, nuestra autoridad superviviente más antigua; y que no hay mención de las victorias de Camilo en Diodoro, que generalmente se ha supuesto que había seguido una fuente antigua. Por otra parte, hay buenas razones para dudar de la imagen de extensa destrucción y pérdida de vidas que se presenta en el relato analístico. Se sugería allí que el daño físico a la ciudad fue superficial, que la población civil había sido evacuada y que las pérdidas humanas del Allia no fueron grandes.

Un compromiso razonable podría estar en que la patriótica tradición analística exageró tanto la extensión del desastre como la magnitud de la siguientes victorias. Pero si las acciones de Camilo después del ataque galo han sido exageradas, no necesariamente se deduce que son el producto de una pura invención. El mismo Camilo es desde luego histórico, y no hay buenas razones para dudar que dominó los asuntos en los años que siguieron al Saqueo. Figura prominentemente en los fasti, que le acreditan con tres tribunados consulares y tres dictaduras en los años que van desde 389 a 367 a.C. Tal carrera, aunque notable, no tiene paralelo en el registro que sobrevivió del periodo. De hecho, Camilo puede ser considerado como el primero de tales líderes que mantuvieron una multiplicidad de cargos y dominaton la vida política del estado en el siglo IV.

Es cierto, no obstante, que los éxitos de Camilo no son mencionados por Polibio o Diodoro. Algunos historiadores modernos han tomado como axioma que las versiones de Polibio y Diodoro serían preferidos para la tradición analística posterior seguida por Livio, Dionisio de Halicarnaso y Dión Casio. Polibio no da un relato sistemático de los sucesos de este periodo, sino que simplemente alude a ellos de paso en el curso de una interesante digresion sobre las guerras gálicas de Roma. En cuanto a Diodoro, la identidad de la fuente que siguió para su historia romana queda en el msiterio. Que fuera el trabajo de un analísta temprano es posible, pero de ningún modo seguro. En cualquier caso, las noticias de Diodoro de la temprana historia romana son tan escasas, y su eleccion de sucesos es tan idiosincrático, que nada puede deducirse legítimamente de su silencio sobre cualquier tema. Queda el hecho de que Livio es la única fuente que da una historia narrativa de larga duración del siglo IV, y no es buen método considerar automáticamente sospechoso todo en Livio que no esté corroborado por otra fuentes.

En particular, no hay garantía para el punto de vista de que hay dos tradiciones sobre las décadas que siguieron al desastre gálico. Polibio nos cuenta que, tras la destrucción de Roma por Breno, pasaron treinta años antes de que los galos volvieran al Lacio. También afirma que durante el intervalo, los romanos recuperaron su supremacía sobre los latinos. Esto parece ser una alusión específica al hecho, reconocido por Livio, de que de las federaciones hérnicas y latinas retiraron su apoyo a Roma tras el saqueo, y que el tratado casiano quedó en suspenso hasta que fue renovado en 358 a.C. No obstante, esto no significa que los romanos estuvieran durante treinta años reducidos a la impotencia; ni indica necesariamente que les tomó treinta años restaurar el status quo ante. De hecho, la posición del estado romano era mucho más fuerte en la decada de 350 de lo que lo había sido una generación antes. Hacia mediados del siglo IV el alcance de la actividad militar y diplomática de Roma se había expandido enormemente, y por primera vez su poder e influencia se sentían más allá de las fronteras del Lacio.

Vale la pena señalar que en este periodo la línea principal de sucesos como se cuenta en la tradición literaria puede ser aceptado con un grado mucho mayor de confianza. La información en nuestras fuentes mejora notablemente tanto en cantidad como en calidad desde la década de 360 en adelante. Es cierto que el mismo Livio tiene un punto de vista más bien diferente del asunto. Argumenta que el registro es más completo y fiable durante el periodo después del Saqueo, y marca un segundo hito en 343 a.C cuando cambia la escala de su narrativa. Pero los argumentos de Livio están basados no sobre un conocimiento de primera mano, sino sobre impresiones puramente objetivas. Para un lector moderno del texto de Livio está claro que la base probatoria para la narrativa de las décadas después de 390 a.C. no es mejor (aunque no precisamente peor) que para el periodo antes del Saqueo, mientras que hay un marcado cambio en el carácter de la tradición desde c.366 en adelante, cuando el relato de Livio se vuelve mucho más detallado.

Aquí parecen estar las dos razones para esta mejoría. En primer lugar, ahora estamos comenzando a acercarnos al periodo que estaba dentro de la memoria viviente de los primeros historiadores romanos y sus informantes. El historiador romano más antiguo, Fabio Pictor, nació probablemente en el segundo cuarto del siglo III, y habría encontrado y hablado con hombres que recodaban la Gran Guerra samnita (327-304 a.C.) y la censura de Apio Claudio (312), y que habían conocido ellos mismos a hombres de la generación de M. Valerio Corvo (cónsul en 348, 343, etc). En segundo lugar, deberíamos notar que desde la década de 360 Livio comienza a incluir muchas más noticias rutinarias de sucesos anuales, por ejemplos, las muertes de los oficiales, la designación de dictadores para propósitos religiosos o electorales, y, en el estallido de una guerra, el envío de los fetiales y el voto formal de la asamblea centuriada. Tales noticias deben indicar el uso creciente de indicios documentales de registros oficiales. Es tentador conectar la disponibilidad más grande de registros oficiales con los cambios constitucionales de 367 a.C. En cualquier caso, la calidad mejorada del registro no está en duda.

El crecimiento evidente del poder romano entre las décadas de 390 y 350 debe servir para autenticar los éxitos militares romanos que se recuerdan en la época después del Saqueo -ciertamente nos exige presuponerlos. No hay nada particularmente sorprendente en el hecho de que, incluso sin el apoyo de los latinos y hérnicos, los romanos fueron capaces de embarcarse en una agresiva política militar. Como hemos visto, sus recursos físicos no fueron, con certeza, seriamente aminorados por la incursión gala, y las circunstancias les favorecieron generalmente. el punto puede ser ilustrado por un breve estudio de cómo estaban las cosas en la época de la incursión.

a) El factor único en importancia, que contribuyó al reforzamiento de Roma en este tiempo, fue la anexión del territorio de Veii [Veyes] (ager Veientanus) en 396 a.C., que había incrementado el tamaño del territorio de Roma en unos 562 kilómetros cuadrados. Si se cuentan otras ganancias territoriales hechas durante el siglo V (Crustumerium, Ficulea, Fidenae, Labici), es posible calcular que el ager romanus había doblado su tamaño desde la caída de a monarquía, desde unos 822 kilómetros cuadrados en 509 a.C. hasta unos 1582 en 396. Es razonable asumir un incremento correspondiente en recursos humanos.

Después del Saqueo Galo los romanos consolidaron su posesión sobre los nuevos territorios. Los ataques hostiles de las ciudades etruscas fueron rechazados por Camilo en 389 y 386 a.C., después de los cuales no tenemos noticias de ninguna otra amenaza en las fronteras septentrionales de Roma durante casi treinta años. El principal adversario era presumiblemente la ciudad de Tarquinii, con la que Roma compartía ahora una frontera común al noroeste de ager Veientanus, aunque la tradición habla (seguramente de manera errónea) de una empresa conjuntade toda la nación etrusca. En 388 los romanos mismos invadieron el territorio de Tarquinii y capturaron otras dos ciudades, por otra parte desconocidas, Cortuosa y Contenebra. El objetivo general de la política de Roma era establecer una firme frontera junto al monte Cimini, que forma una barrera natural; una fase importante en el proceso fue la fundación de colonias latinas en Sutrium (Sutri) y Nepet (Nepi), probablemente en 383, aunque hay alguna confusión en nuestras fuentes sobre la fecha exacta. La importancia estratégica de esas dos puestos avanzados fue reconocida por Livio, que las compara con 'barreras y puertas de Etruria' ('Etruria...claustra...portaesque': Livio VI.9.4).

Entretanto, el estado romano estaba organizando el asentamiento en el ager Veientanus. unos años antes se habían distribuidos parcelas de tierra veyentina a ciudadanos romanos. Luego, en 389 se confirió la ciudadanía romana a la población nativa superviviente, así como a los habitantes del territorio que había sido arrebatado a los Capenates y los Faliscos en 395 y 394. Livio considera esta concesión de ciudadanía como recompensa para un puñado de colaboracionistas romanos, y sugiere que el núcleo de la población fue vendida como esclava. Aunque algunos autores aceptan la versión de Livio, parece reflejar de hecho las actitudes y prácticas de una época posterior, cuando la ciudadanía romana era altamente valorada, y la esclavización en masa era un rasgo común de la política romana. Es mucho más probable, dada la ausencia en este periodo de un mercado para tan vasto número de esclavos, que solo una minoría de los derrotados veyentinos fuera vendida.

La repoblación del ager Veientanus se completó probablemente en 387 a.C., cuando se crearon cuatro nuevas tribus: la Stellatina, Tromentina, Sabatina y Arniensis. El control romano sobre la región fue la región fue simbolizado por el hecho de que poco después del Saqueo comenzaron a construir una nueva muralla de la ciudad, hecha de piedras cuadradas de las canteras de Grotta Oscura, cerca de Veyes. También es relevante destacar que el muro, que era de unos 11 kilómetros de largo, encerraba un área de c.426 hectáreas. Hacia el comienzo del siglo IV a.C., la ciudad de Roma era el asentamiento urbano más grande de la Italia central.

b) Otra circunstancia que trabajó a favor de los romanos fue su alianza con Caere. Caere había apoyado a Roma contra Veyes y había proporcionado refugio a las Vírgenes Vestales en tiempos del saqueo gálo. Esto fue el producto de una entente de larga duración que continuó después del saqueo. Pero los términos jurídicos precisos de la relación se desconocen y han dado lugar a mucho debate. La cuestión tiene importantes repercusiones, y será necesario delimitar los puntos principales de la controversia en una breve digresión.

En alguna fase de su historia Caere fue incorporada al estado romano con la forma restringida conocida como civitas sine suffragio ('ciudadanía sin sufragio'). Algunas fuentes sostienen que este acto de unión tuvo lugar después de la partida de los galos de Roma en 390 a.C., y que Caere fue la primera comunidad en recibir la civitas sine suffragio. Se destacó que una concesión de ciudadanía sin plenos derechos políticos era una recompensa más bien pobre para la ayuda que el pueblo de Caere había dado a los romanos en su hora de necesidad. La versión de Livio es bastante diferente. Él define la relación entre Roma y Caere como 'amistad de hospedaje pública' ('hospitium publicum'), que probablemente significa que en Roma un ciudadano de Caere podía disfrutar de todos los derechos privados y privilegios de la ciudadanía romana pero estaría libre de sus cargas y obligaciones. Lo mismo se aplicaría a los romanos en Caere. En cierto modo, más tarde, en la década de 350, Livio registra una guerra entre Caere y Roma que terminó en 353 con una tregua (indutiae) de 100 años. Esta información debe implicar que Caere aún era un estado soberano independiente y parece descartar cualquier posibilidad de que los Caeretanos hubieran sido ciudadanos romanos sine suffragio ya fuera en 390 o en 353 a.C., aunque ambas cifras han sido ampliamente sondeadas.

Como compromiso se ha sugerido que la institución de civitas sine suffragio en su origen no implicaba la incorporación al estado romano, pero era una forma de ciudadanía potencial u honorífica similar al derecho latino; y que a lo que Livio se refería como hospitium publicum no era, de hecho, otra cosa que esta civitas sine suffragio original. Un pasaje de Aulo Gelio proporciona un apoyo a esta opinión, que escribe que los caeretanos se convirtieron en los primeros municipes sine suffragio, y recibieron el honor de la ciudadanía sin ninguno de sus compromisos o cargas.

Pero una opinión igualmente plausible es que los anticuarios romanos simplemente estaban equivocados cuando fechaban la civitas sine suffragio en tiempos de la invasión gala. Su error había resultado de una interpretación simplista de un documento o grupo de documentos conocidos como la Tabula Caeritum (el 'Registro de los Caeretanos'). Las tabulae Ceritum eran, al parecer, listas en las que los censores acostumbraban introducir los nombres de los ciudadanos romanos que no poseían plenos derechos de sufragio. El hecho de que las listas fueran llamadas Tabulae Caeritum se tomó para insinuar que hubo un tiempo en que los únicos nombres que contenía eran los de los caeretanos, y por lo tanto, que los caeretanos fueron los primeros en poseer la civitas sine suffragio. Esta conclusión puede ser o no correcta; lo importante es que la relación entre Roma y Caere en los años que siguieron a 390 a.C. implicaba una concesión recíproca de ciudadanía honorífica, y no importa mucho si lo consideramos como hospitium publicum o como una forma primitiva de civitas sine suffragio.

El problema que subsiste es la cuestión de cuándo fue Caere finalmente absorbida en el estado romano como civitas sine suffragio en su forma posterior -que implicaba todas las caras y obligaciones de la misma pero ninguno de los derechos políticos. Aquí la teoría más llamativa es aún la de Beloch, que fechó la incorporación de Caere en 273 a.C., cuando la ciudad fue privada de la mitad de su territorio a raíz de una revuelta.

El origen de la civitas sine suffragio es fundamental para nuestro conocimiento del desarrollo del marco jurídico de las relaciones externas de Roma, y es esta cuestión abstracta la que ha sido el foco de la discusión moderna. Menos atención se ha prestado al problema más específico de cómo afectó la relación entre Roma y Caere a los asuntos políticos y militares de Italia central en el siglo IV. Por ejemplo, no tenemos idea de en que extensión, si la hubiera, el entendimiento entre las dos ciudades implicaba cooperación militar. Pero en cualquier punto de vista está claro que juntas eran una coalición formidable. Se ha argumentado de modo verosímil que eran una amenaza para Dionisio de Siracusa.

Una consecuencia de la entente fue que los romanos comenzaron a prestar más atención al más amplio mundo del  Mediterráneo occidental. Una colección de noticias desconectadas y aparentemente improbables pueden ser unidas en una historia coherente que tiene sentido en el contacto de la alianza con Caere. Justino nos cuenta que en 389 a.C. Roma hizo una alianza formal con Massalia, y añade la información concreta de que los visitantes masaliotas a Roma iban a disfrutar de ciertos privilegios. Esta cláusula parece evocar la institución del hospitium publicum, que probablemente era un rasgo común de los tratados internacionales en este periodo, y no una institución nativa romana en absoluto. Poco después Diodoro registra que los romanos enviaron una colonia de 500 ciudadanos a Cerdeña; y una anécdota de Teofrasto se refiere a un intento romano de colonizar Córcega, pero sin ninguna indicación de la fecha. Debemos destacar, además, que los más recientes estudios de los indicios arqueológicos fechan la fundación de un asentamiento fortificado en Ostia en el periodo 380-350 a.C. no sabemos nada más que esto, así que es imposible si este espíritu romano de aventura tenía objetivos comerciales o piráticos, o si había algún propósito estratégico más amplio.

La evidencia de actividad marítima romana es sorprendente, e inusual en los romanos, quienes más tarde fueron célebres por tener una sana aversión al mar. Algunos estudiosos han rechazado, es verdad, las informaciones del relato. Pero el hecho de que no aparezcan en las fuentes analísticas no es necesariamente un argumento para rechazarlas. El que deriven de una tradición griega independiente (directamente en el caso de Teofrasto) bien puede estar a su favor. Y seguramente es imprudente rechazar las evidencias simplemente sobre el terreno de que no se ajustan a las expectativas.

c) Una tercera circunstancia que favoreció a los romanos en este tiempo fue la relativa debilidad de sus vecinos meridionales. En el curso del siglo V Roma había llegado a dominar a sus vecinos latinos y hérnicos y hacia 400 a.C. había reducido a los volscos y ecuos a la impotencia virtual. Acciones victoriosas contra esos pueblos a fines del siglo V habían dado a los romanos una posición de supremacía en el valle del alto Trerus y la región pontina, aunque todavía no eran capaces de mantener presencia permanente allí, aparte de puntos fortificados donde se establecieron colonias latinas, tales como Velitrae, Vitellia y Circeii. En el medio siglo desde el saqueo galo encontramos al estado romano enfrentado en una guerra casi continua en la región Pontina, el distrito que durante un siglo había estado en manos volscas. A veces se sugiere que los volscos fueron capaces de obtener ventaja de la debiidad de Roma tras la incursión gala, y que en los años siguientes los romanos tuvieron que combatir una renovada ofensiva volsca. Pero este punto de vista no tiene ningún apoyo en las fuentes. De hecho, el registro muestra que las campañas de Roma no fueron operaciones defensivas destinadas a repeler ataques hostiles, sino que eran más bien un intento coordinado para extender su control en la región. El resultado confirma la veracidad general del registro. Teniendo este punto en mente, pues, podemos ahora volvernos a un examen de los sucesos mismos.

En el año de la partida de los galos Camilo derrotó a los volscos de Antium en un lugar al sur de Lanuvium llamado 'ad Maecum'. Esta campaña quizá fuera una respuesta a un ataque volsco, pero no es impensable, dada la localización de la batalla, que los romanos hubieran decidido una demostración de fuerza. En cualquier caso las fuentes están todas de acuerdo en el que el resultado fue decisivo. La victoria fue seguida por lo que en la jerga común sería llamado un 'ataque preventivo' contra los ecuos; los ecuos fueron tomados por sorpresa cuando Camilo y su ejército descendieron sobre ellos cerca de Bolae, que entonces fue capturada en el primer ataque. El año siguiente (388), los tribunos militares 'dirigieron un ejército contra los ecuos, no para hacer la guerra (pues se admite que los ecuos fueron derrotados) sino por el odio, intentando destruir sus tierras y dejándoles sin fuerza para futuros planes'. Después de esto las fuentes no hacen otras menciones de los ecuos hasta su desafortunada rebelión en 304 a.C.



Una indicación de la agresiva postura de los romanos en esta época es dada por la información de su intento de anexionar la llanura Pontina. Se dice que en 388 y 387 los tribunos de la plebe estaban agitados por la distribución del ager Pomptinus o 'territorio Pontino' (es decir, su distribución en parcelas individuales). Una victoriosa campaña de Camilo en 386 (si es que no es un doblete de la de 389) fue seguida por la fundación de colonias en Satricum (Le Ferriere) en 385 y Setia (Sezze) en 382, lugares fortificados que dominaban la llanura pontina desde el norte y este respectivamente. En 383 una comision de cinco hombres fue designada para distribuir el ager Pomptinus (quinqueviri agro dividendo). La tarea no fue totalmente completada hasta 358 a.C., y no podemos decir cuanto progreso se hizo en el intervalo. La demora fue debida casi con certeza en parte a la desesperada resistencia ofrecida por los volscos del distrito pontino, cuya existencia misma como pueblo separado estaba directamente amenazada; los romanos habían decidido claramente seguir la misma política en esta región que la que habían tenido contra Veyes.



Es contra este trasfondo que podemos comenzar a entender el puzzle de las relaciones entre los romanos y sus aliados latinos y hérnicos. Livio habla de una revuelta (defectio) inmediatamente después del Saqueo, pero  el registro de sucesos muestra que Roma no se enfrentó a un levantamiento armado a gran escala del tipo que había ocurrido tras la caída de la monarquía y que iba a ocurrir de nuevo en 340 a.C. Más bien parece que los acuerdos del foedus Cassianum simplemente caducaron, y que la colaboración militar dejó de funcionar. Livio escribe, sobre el año 386 a.C., 'en el mismo año fue demandada satisfacción de los latinos y de los hérnicos, a quienes se preguntó por qué en los últimos años no habían proporcionado contingentes militares como habían acordado hacer'. Lo que desconcertó claramente a Livio y sus fuentes fue el hecho de que los romanos no dieron pasos activos para rectificar este estado de cosas. La sugerencia de que estaban impedidos de hacerlo así en varias ocasiones a causa de los peligros mayores en otros frentes es una racionalización transparente.

La respuesta probablemente es que ya no le convenía a los romanos forzar los términos del foedus Casianum. El tratado, después de todo, había llegado a existir en un época en que Roma y los latinos estaban amenazados por fuerzas externas, y había servido a los intereses de ambas partes; pero ahora que las amenazas externas habían retrocedido ya no era interés de los romanos suscribir un tratado que inhibía sus oportunidades de expansión territorial posterior.

Muchas de las comunidades latinas parecen haber permanecido fieles a Roma. Esto está atestiguado en el caso de Tusculum y Lanuvium, y es probablemente cierto de otras ciudades también, como Aricia, Lavinium y Ardea. Estas comunidades probablemente continuaron enviando tropas y tomando parte en las colonias latinas que fueron fundadas por Roma. La diferencia era que los romanos estaban tratando ahora con cada uno de ellos individualmente en lugar de con todos ellos colectivamente.

Algunos pueblos latinos, no obstante, eran abiertamente hostiles, y se unieron a los volscos en resistencia armada contra Roma. El resultado fue una reversión de lo que había ocurrido en el siglo V, cuando los latinos habían unido fuerzas con Roma en respuesta a los ataques volscos; ahora se estaban uniendo con los volscos contra la amenaza de la invasión romana. Los secesionistas incluían a los colonos latinos de Velitrae y Circeii. Su acción puede ser explicada parcialmente sobre la presunción de que la mayoría de su población realmente consistía en habitantes volscos originales, y en parte por el hecho de que estaban especialmente amenazados por el plan de los romanos de invadir la llanura Pontina. No es del todo sorprendente que la mas cercana de las viejas comunidades latinas, Lanuvium, también es registrada uniéndose a los volscos en 383 a.C., aunque hasta ahora había sido leal.

 

De los estados latinos que se opusieron a los romanos en este periodo los más extensos y poderosos eran Tíbur y Praeneste. Es probable que esas ciudades no hubieran pertenecido a la liga Latina en el siglo V, y solo comenzaron a tomar parte en los asuntos de la región después de la retirada de los ecuos. En todo caso se convirtieron en formidables adversarios de los romanos en el siglo IV. Como se ha visto, las hostilidades entre Roma y Tíbur no comenzaron hasta 361 a.C., pero ya en 382 se registra a los praenestinos atacando a los aliados de Roma y uniéndose a los volscos. El relato de Livio de los éxitos romanos contra Praeneste en 380 a.C. tiene un sonido auténtico: 'Tito Quinctio (Cinncinato) regresó entonces en triunfo a Roma. Obtuvo una victoria en una batalla campal, tomando nueve ciudades por asalto y aceptando la rendicion de Praeneste, y trajo con él una estatua de Iuppiter Imperator que se había llevado de Praeneste. A esta la ubicó entre los santuarios de Iuppiter y Minerva, con una placa fijada por debajo para conmemorar sus hazañas llevando una inscripción a este efecto: "Iuppiter y todos los dioses concedieron que el dictador Tito Quinctio capturara nueve ciudades" '.

Al sur hubo una fiera lucha en el distrito Pontino, con Satricum y Velitrae en el centro de acción. Satricum fue tomada y retomada repetidamente en el periodo entre 386 y 346 a.C.; Velitrae fue objeto de continuos ataques por los romanos y su captura es registrada en 380 y otra vez en 367 después de un largo asedio.

No puede caber duda sobre la naturaleza expansiva y agresiva de la política romana en esta época. La más clara demostración de las intenciones de los romanos ocurrió en 381 a.C. cuando anexionaron Tusculum. En un sentido este paso era lógico, ya que Tusculum estaba ya completamente, o casi completamente rodeado por territorio romano. Las fuentes sugieren que los tusculanos se habían vuelto desafectos, y que realmente se habían unido a los volscos; dado el carácter amenazante de las recientes acciones de Roma, en conjunto no debería resultar sorprendente. Camilo fue enviado con un ejército contra Tusculum, que se rindió sin un golpe. Los habitantes libres fueron admitidos inmediatamente a la ciudadanía romana.

La tradición romana posterior tuvo a bien considerar este acto como de gran generosidad, signo de la humanidad de los romanos en general y de Camilo en particular. Pero esta presentación anacrónica oculta el hecho de que la incorporación de Tusculum marca la aniquilación política de una comunidad independiente. No necesitamos sorprendernos de que Tusculum se uniera a los insurgentes en tiempos de la gran revuelta latina, ni debemos lanzar dudas sobre los intentos registrados de los otros latinos para despegar a Tusculum de Roma.

Parece cierto que los tusculanos recibieron la plena ciudadanía romana (civitas optimo iure) más que la civitas sine suffragio. No obstante, retuvieron su identidad corporativa y estuvieron internamente autogobernados, pero estaban sujetos a todos los deberes y obligaciones de los ciudadanos romanos (sobre el pago del tributum y servicio en las legiones). Así, Tusculum se convirtió en un municipium romano, una palabra cuyo significado original no es seguro, pero que en tiempos posteriores fue el término habitual para cualquier comunidad incorporada al estado romano como un cuerpo autogobernado de ciudadanos romanos. El punto de vista de que el término originalmente se aplicaba solo a cives sine suffragio, y no a cives optimo iure, es probablemente erróneo. Podemos concluir, por tanto, que Tusculum se convirtió en el primer municipium, conclusion que recibe algún apoyo de las fuentes.

De acuerdo con la narración tradicional el periodo desde 376 hasta 363 a.C. fue de paz en comparación, interrumpido solo por el asedio de Velitrae (370-367) y una incursión gala en 367 que puede ser apócrifa. Es cierto que el periodo en cuestion ha sido artificialmente extendido en la tradición varroniana por razones cronológicas, pero incluso después de que se concediera esto, nos quedamos con un intervalo de unos diez años sin ninguna campaña seria. La explicación ofrecida por nuestras fuentes es que los romanos estaban preocupados por problemas domésticos -primero una crisis política y luego una plaga- que les impidió meterse en guerras. Esta información sería absurda en el caso de que los romanos se hubieran defendido contra ataques hostiles; pero tiene sentido en términos de la política agresiva que ha sido postulada más arriba, y es ciertamente una confirmacion directa de ello.

La reanudacion de la guerra en 362 abrió una nueva fase en las relaciones externas de Roma. Una década de vigorosas campañas de éxito llevaron a una serie de victorias sin precedentes (se registran 8 triunfos y una ovación en el periodo entre 361 y 354) y colocó al poder romano sobre una nueva base. Este punto general puede ser afirmado con alguna confianza, incluso si el patrón exacto de sucesos es difícil de reconstruir en detalle. Las fuentes registran campañas romanas simultáneas contra una variedad desconcertante de diferentes adversarios, pero no explican correctamente la relación entre ellos. Además, la tradición analística probablemente continene errores y duplicidades. en esas circunstancias parece mejor ofrecer un breve y tentativo sumario de lo que registra la tradición y comentar de paso los puntos salientes.

La nueva ofensiva de Roma comenzó, al parecer, con una guerra contra los hérnicos. Después de un revés inicial en 362, los romanos capturaron Ferentinum en 361 y obtuvieron otras victorias en 360 y 358. El resultado fue probablemente, la renovacion, en 358, de la alianza que había estado en vigor desde el Saqueo Galo. Sabemos, en cualquier caso, que el tratado con los latinos fue revivido en 358. Puede ser que los nuevos acuerdos se hicieran en términos que eran mucho más favorables a los romanos que los tratados originales, pero las fuetnes no nos ayudan sobre este tema. En todos los casos los latinos fueron obligados a consentir la ocupación romana del ager Pomptinus, y al mismo tiempo los hérnicos fueron obligados a ceder parte de su territorio en el valle del Trerus para la ocupación por colonos romanos. Esas anexiones tuvieron lugar formalmente en 358 a.C., cuando los dos distritos fueron conformados en dos nuevas tribus romanas, respectivamente la Pontina y la Publiana.


Los romanos renovaron su alianza con las Ligas Latina y Hérnica en una época en que el Lacio estaba siendo amenazado una vez más por ataque del exterior -un hecho que probablemente no sea una coincidencia. Ciertamente, este mismo punto es mencionado de forma explícita por Livio e implícitamente por Polibio, los cuales se refieren a la renovación del tratado latino en el contexto de un ataque por los galos. Livio registra varias incursiones en este periodo -en 367, 361, 360, 358 y 357 a.C.- mientras Polibio se refiere a solo uno, que data de treinta años después del Saqueo original. De nuevo, el relato de Livio incluye una serie de victorias romanas, mientras Polibio dice que los romanos evitaron enfrentarse a los galos en el campo de batalla.

Es posible que algunas de las informaciones de Livio sean duplicidades o errores. Sobre todo se añade la sospecha sobre la supuesta victoria de 367 a.C. que capacitó al anciano Camilo a coronar su carrera con una victoria gálica final. El mismo Livio parece ser consciente de alguna confusión aquí, porque destaca que un combate singular entre T. Manlio Torcuato y un gigantesco galo, que él sitúa en el año 361 a.C., fue fechado en 367 por algunos historiadores. Pero no debemos concluir necesariamente que todas las noticias de Livio son ficticias. de hecho, no hay mucho que decir acerca del punto de vista de que los ataques registrados por Livio eran llevados a cabo por bandas de guerreros galos que operaban desde Italia del sur, meintras que Polibio solo toma nota de las invasiones desde el norte.

Una parte integral de la tradición de Livio, y que es poco probable que se haya inventado es la guerra contra Tíbur, que duró desde 361 hasta 354 y en el que los tiburinos se unieron a los galos en sus ataques contra Roma. Evidentemente Tíbur fue excluida del nuevo acuerdo que Roma había hecho con la Liga Latina en 358 a.C. no hay nada particularmente sorprendente sobre esto, ya que hasta donde podemos ver Tíbur nunca había sido un miembro de la Liga Latina. Lo mismo, probablemente, se aplica para Praeneste, que también era hostil a Roma en los años en torno a 350. En 354 tanto Tíbur como Praeneste, fueron obligados a someterse y hacer acuerdos separados con Roma.

En 358 a.C. los romanos también se encontraban en guerra con los etruscos de Tarquinii, quienes fueron acompañados en 357 por Falerii y por Caere en 353. En 356 Livio registra una victoria del dictador C. Marcio Rutilo sobre la nación etrusca entera, pero esto es probablemente una equivocación del analista de una noticia en la que los tarquinianos y sus aliados son citados por el nombre genérico de etruscos. El origen de esta guerra es totalmente oscuro, y su carácter es difícil de valorar a partir de las breves noticias que nos proporciona Livio. Un episodio notable -y probablemente cierto- fue el asesinato de 307 prisioneros romanos en el foro de Tarquinii a continuacion de una victoria etrusca en 358. Hay razones para pernsar que este acto era un ritual expiatorio por la muerte de Tarquinii, y que se vería como una forma de represetación gladiatoria. El gesto se devolvió en especie en 354 a.C., cuando 358 nobles tarquinienses fueron ejecutados en el foro romano. El resultado de la guerra fue una tregua de 100 años con Caere, y treguas de 40 años cada uno con Tarquinii y Falerii (351 a.C.).



En 350 y 349 los galos atacaron una vez más al Lacio. En 349 la Liga Latina no quiso enviar tropas al ejército, y la flota griega asoló la costa. Pero a pesar de esas dificultades los romanos consiguieron derrotar a los galos (en una batalla en la M. Valerio Corvo combatió en un célebre duelo con un campeón galo), y la flota griega finalmente se retiró. La especulación de Livio de que los barcos eran siracusanos probablemente estaba bien fundada. El incidente no se repitió, hasta donde sabemos, un hecho que puede tener algo que ver con la expulsión de Dionisio II y la agitación que siguió en sicilia. Igualmente, no tenemos noticia de otros ataques galos durante varias décadas. En 331, de acuerdo con Polibio, los romanos hicieorn la paz con los galos, que no volvieron durante otros 30 años.

La importancia de las guerras gálicas en el siglo IV es difícil de evaluar. No está claro si visualizamos ataques periódicos como invasiones a gran escala por terroríficas e irresistibles hordas bárbaras, barriendo todo a su paso en orgías de destrucción (que es como se veía la primera gran invasión de 390 por todas las fuentes, y como Polibio imaginaba las siguientes incursiones hasta el siglo III), o si eran pequeñas correrías a cargo de pequeñas bandas de merodeadores que operaban desde el interior de la península (que es el modelo que algunos historiadores han trazado a partir de Livio. En esta perspectiva representaban poco más que una irritación menor para Roma, una vez que hubo aprendido cómo tratar con ellos. El razonamiento para escoger esta idea es que las incursiones galas tuvieron poco efecto a largo plazo en un proceso más amplio y no descompuso el patrón general de las relaciones entre estados en la Italia central. Por tanto, los galos representan un factor externo y en gran medida irrelevante para la histoira romana en esta época.

Esto no quiere decir, no obstante, que los habitantes de la Italia peninsular fueran capaces de ver a los galos con ecuanimidad. Las incursiones eran espantosas e impredecibles, y levantaban profundos e irracionales temores. Su efecto sobre la mentalidad colectiva del pueblo romano fue notable. En tiempos posteirores la amenaza -incluso la menor posibilidad- de un 'estallido galo' (tumultus gallicus) requería la emergencia de reclutamiento de tropas e inducía un estado de pánico extremo. El ejemplo más claro es la serie de disparatados sucesos en 114-3 que estaban provocados por las noticias de la aproximación de los Cimbri (que eran tomados por celtas). En esta ocasión se hicieron sacrificios humanos y lasa vírgenes vestales fueron ejecutadas (a causa de que el peligro hacia el Estado parecía demostrar que ellas no eran castas). Se sabe que los mismos procedimientos habían tenido lugar en casiones anteriores -específicamente en 228 y 216 a.C.-, ambos casos en conexión con las invasiones galas de Italia. El sacrificio humano implicaba el entierro en el Foro Boario de un par de galos y un par de griegos. Se ha sugerido que este curiosos rito tenía sus orígenes a mediados del siglo IV, y representaba una interpretación mágica destinada a neutralizar la amenaza de los dos grandes enemigos externos, los galos y los griegos sicilianos. Pero puede ser una interpretacion demasiado racional de un ritual que realmente no podemos esperar comprender.

No obstante, no puede caber duda, sobre la tendencia principal a la aparición de una desconcertante variedad de breves y oscuras informaciones de campañas a mediados del siglo IV. Ésta era el inexorable crecimiento del poder militar romano, la naturaleza crecientemente ambiciosa de sus enredos extranjeros y el alcance y la escala cada vez más amplia de sus operaciones de guerra. No hay una buena razón para negar la historicidad de la incursión romana sobre Privernum en 357, el ataque sobre los auruncos en 345, o la caputura de Sora el mismo año. Esas aventuras tienen sentido en relacion con los sucesos que iban a seguir; y los horizontes expansivos de Roma son confirmados por dos piezas cardinales de prueba:  el tratado entre Roma y los Samnitas en 354 a.C. y Cartago en 348.

Del primero solo sabemos lo que nos cuenta Livio, que simplemente informa de que se concedió un tratado de alianza (foedus) a los Samnitas, quienes lo habían solicitado porque estaban muy impresionados con una reciente victoria romana sobre los etruscos. De los antecedentes del tratado, de su propósito y de sus términos no sabemos absolutamente nada, pero presuntamente los dos partidos se comprometieron en respetar los intereses del uno hacia el otro, de cualquier manera que estuviera definido. Si se había introducido algún tipo de alianza militar en esta etapa se desconoce. El tratado de Cartago, por otra parte, sería identificado casi seguro con el segundo de los tres tratados que son citados y discutidos por Polibio. El texto dado por Polibio es desgraciadamente vago sobre la extensión precisa del poder romano, y simplemente reconoce la supermacía romana del Lacio y el hecho de que había otros pueblos fuera del Lacio con el que roma tenía relaciones formales. Esos pueblos 'no sometidos', que son descritos teniendo tratados de paz por escrito con Roma, normalmente son identificados con Tíbur, Praeneste, Caere, Tarquinii y Falerii. La existencia de lugares en el Lacio no sometidos a Roma también está implícito; presuntamente la referencia es a ciudades como Antium, que todavía estban bajo control volsco. En la medida en que se refiere a estos lugares, el tratado no prohibe todas las acciones hostiles por los cartagineses (como hacía el tratado de 509 a.C.), por el contrario, les permite conservar el botín de cualquiera de esos lugares que pudiera caer en sus manos, pero insisten en que ellos entreguen la ciudad misma a los romanos. Probablemente lo que está implícito es la posibilidad de incursiones piráticas cartaginesas, más que operaciones bélicas conjuntas de romanos y cartagineses actuando juntos, aunque la última perspectiva no puede ser enteramente descartada.

BIBLIOGRAFÍA.

CORNELL, T. J.: The Recovery of Rome. Capítulo 7 del Volumen VII, parte II de la Cambridge Ancient History. Cambridge University Press, 2008.