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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Roma y la Conquista de la Península Italiana (750-264) (I): Roma y el Lacio hasta 390 a.C

1. El crecimiento del poder romano bajo los reyes

Cuando el rey Tarquinio el Soberbio fue expulsado en 509 a.C., Roma, al decir de todos, era una poderosa ciudad-estado con un territorio relativamente extenso, un centro urbano desarrollado, una estructura territorial avanzada y un ejército fuerte. Se nos dice, además, que los romanos ejercían un tipo de hegemonía formal sobre los otros pueblos latinos, y trataban en términos de igualdad con las grandes ciudades de Etruria y Campania. Su horizonte se extendía hasta Sicilia y la Magna Grecia; tenían vínculos diplomáticos y comerciales con Cartago, y quizá también con Massalia, la colonia griega en la desembocadura del Ródano.

 No obstante, esta situación no tuvo lugar de la noche a la mañana, sino que fue el resultado de un proceso de expansión y conquista emprendido por los reyes. Generalmente hablando son el producto de una elaboración secundaria por los analistas que escribían en la República tardía, que no tenían una idea clara de las condiciones sociales y económicas del periodo arcaico y no apreciaban cuán lejos diferían de las de su propia época.
 
Las campañas más antiguas tuvieron lugar dentro del radio de unos pocos kilómetros de la ciudad. Incluso en los casos donde los romanos supuestamente lucharon con naciones enteras como los sabinos o los etruscos, la escena de la acción no se movió más allá del territorio de Veyes y Caere en un caso, o de Eretum y Lucus Feroniae en el otro. En el Lacio tenemos noticia de campañas contra los Prisci Latini, los 'Antiguos Latinos', cuyos centros incluían Antemnae, Caenina, Corniculum, Ficulea, Cameria, Crustamerium, Ameriola, Medullia, Nomentum, Tellenae, Politorium y Ficana. Las más tempranas operaciones militare estaban confinadas a un estrecho área que se extendía unos pocos kilómetros al noroeste de la ciudad en el distrito entre el Tíber y el Anio, y en una dirección suroeste, a lo largo del Tíber hacia la costa.

El 'Latium Vetus' y la expansión romana hacia el 500 a.C.

La extensión de Roma en este periodo está indicada por ciertos festivales antiguos, relacionados con las fronteras. Tales ceremonias, como los Terminalia, los Robigalia, y en particular, los Ambarvalia, en los que una procesión de sacerdotes trazaban una frontera alrededor de la ciudad, parecen datar de una época en la que el territorio de Roma se extendía por unas 5 millas romanas (algo más de 7 km.) en cada dirección, y así abarcaba un área de entre 150 y 200 km2. Las huellas físicas de esta antigua frontera también sobrevive, por ejemplo, en las Fossae Cluiliae, un primitivo terraplén que se sitúa a 5 millas al sur de la ciudad y supuestamente marcaba la frontera entre territorio romano y el de Alba Longa.

La expansión más allá de estos límites más antiguos conocidos del ager publicus comenzó con la guerra contra Alba Longa, que la tradición atribuye al reinado de Tulio Hostilio. Como resultado de la victoria de Tulio, los romanos destruyeron Alba, absorbieron su población y anexionaron sus territorios. Mayores ganancias se hicieron gracias a Anco Marcio, sucesor de Tulio, de quien se dice haber conducido una serie de campañas bajando el valle del Tíber. Anco destruyó las ciudades de Ficana, Politorium y Tellenae, extendió las fronteras del estado romano hasta la costa, y fundó Ostia en la desembocadura del Tíber. El territorio así adquirido se fue incrementando y consolidando más bajo los últimos reyes, y fue dividido por Servio Tulio en una serie de distritos administrativos que, junto con las cuatro regiones de la ciudad, formaron nuevas 'tribus' locales.

Las fuentes supervivientes son muy confusas sobre el tema de las tribus locales, y no dan ni idea ni de la función ni del número real de tribus establecidas originalmente por Servio Tulio (la situación es discutida en Dionisio de Halicarnaso, Ant. Rom. IV.15.1, un texto que desafortunadamente está corrupto). Bastante más información definitiva se da por Livio que nos cuenta que en 495 a.C., el número de tribus locales fue fijado en 21: tribus una et viginti factae. La afirmación de Livio probablemente significa que en ese año, algunas tribus nuevas fueron añadidas a las existentes para incrementar el total hasta 21. En cualquier caso la figura de 21 permanecerá sin cambios hasta 387 a.C., cuando se crearon cuatro nuevas tribus tras la anexión del territorio de Veyes (396 a.C.).

Localización hipotética de las tribus rústicas más antiguas (c.495 a.C.)

 El territorio que nuestras fuentes atribuyen a Roma a fines de la monarquía, y que fue incorporado en las tribus locales medía unos 822 km. cuadrados, de acuerdo a la estimación de K. J. Beloch. Esto equivale al 35 % de la superficie terrestre total del Latium Vetus. Las otras ciudades latinas eran pequeñas en comparación. De acuerdo con los cálculos de Beloch, que están basados en una reconstrucción conjetural de las fronteras territoriales de las ciudades latinas, las dos mayores rivales de Roma, Tíbur y Praeneste, poseían territorios de 351 y 262,5 km2, respectivamente, y entre las restantes solamente Ardea y Lavinium tenían más de 100 km2 cada una. Esas cifras son, ciertamente, solo conjeturales; ajustando las fronteras produciría cifras ligeramente diferentes y alterarían las proporciones relativas, pero no afectarían al cuadro general en un grado significativo. 

La narración tradicional nos cuenta que el centro urbano de Roma se había expandido más allá del núcleo original del Palatino y el Foro, y que bajo Servio Tulio, que estableció la frontera sagrada (el pomerium), incluía las colinas Quirinal, Viminal, Esquilina y Celia. Este área, la así llamada 'ciudad de las cuatro regiones' fue reconocido por Beloch que se componía de 285 Ha. cifras comparables pueden citarse para asentamientos mayores en Etruria y Magna Grecia, pero las de las ciudades latinas cuyas áreas urbanas pueden medirse, eran muchos más pequeñas; las más extensas de ellas, Satricum y Ardea ocupaban solo unas 40 Ha. cada una. El nivel de comparación es ciertamente aproximado, pues los datos, sin embargo, parecerían indicar que la Roma 'serviana' era con creces la más extensa y poderosa de las ciudades-estado latinas. 


Límites de la ciudad de Roma dentro del 'pomerium' serviano
 
Otras indicaciones del poder de Roma son proporcionadas por la organización centuriada, de nuevo atribuida a Servio Tulio. La reconstrucción más probable del sistema centuriado en su forma original presupone un ejército (classis) de 6.000 hoplitas de infantería y 600 de caballería. Se ha reconocido que los hombres adultos libres normalmente supondrían alrededor del 29 % de la población total libre de una comunidad antigua. Pero el classis serviano, que estaba limitado a hombres en edad militar que se podían permitir una equipación propia y que excluía a los hombres viejos y los proletarios, deben haber constituido una proporción más pequeña de la población de la Roma del siglo VI. Si estaba entre el 20 % y el 25 % del total, la población habría estado entre 26.400 y 33.000. Una interpretación contraria de la classis serviana que aboga por un cuerpo de infantería de 4.000, por el mismo método de cálculo produciría una cifra entre 18.400 y 23.000 para la población total. Las cifras, en cualquier caso, son del mismo orden general de magnitud, y son coherentes con las ya obtenidas sobre la base del tamaño estimado del ager Romanus.

A pesar de las reticencias de historiadores actuales como G. Alföldi, que postulan que las fechas de expansión deberían de retrasarse hasta mediados del s. V respecto al relato tradicional, hay tres argumentos que apoyan la narración literaria. En primer lugar, retrasar las fechas hasta una época presentada por las fuentes como de debilidad y dificultades por las guerras con las tribus montañesas de ecuos y volscos, no casan con la idea de una expansión victoriosa de los ejércitos romanos. Por otro lado, las familias patricias provenientes de Alba Longa después de su conquista están representadas en los fasti consulares en las primeras décadas de la republica, por lo que debieron emigrar bajo la monarquía.

En segundo lugar, las fuentes literarias presentan una coherencia interna que inducen a una verosimilitud. Ello ha hecho que Alföldi sugiera que todo fue producto de una falsificación deliberada y sistemática, tergiversando los datos cuando existían, e inventando los hechos cuando estaban ausentes. La principales objeciones a esta idea es que hay buenas razones para no dudar de la honestidad de Fabio Pictor y que no parece que estuviera en posición de imponer una visión falsificada del pasado de Roma a posteriores generaciones de historiadores romanaos. En tercer lugar, los hallazgos arqueológicos son coherentes con la imagen tradicional de Roma, como un floreciente centro urbano en el siglo VI, aunque es difícil imaginar qué indicio arqueológico sería el adecuado, a nos ser una inscripción explicita para probar o refutar las noticias de las fuentes respecto a que los romanos conquistaron las tierras hasta la costa y las colinas albanas en el siglo VI. La arqueología ha demostrado que Roma experimentó cambios dramáticos y se desarrolló en una comunidad urbanizada en los años alrededor del 600 a.C.; pero hasta ahora no ha dejado claro si el mismo proceso fue teniendo lugar simultáneamente en otros lugares del Lacio. Nuestras fuentes implican que Roma aventajaba a sus vecinos latinos durante el último siglo de la monarquía, pero este supuesto hecho no puede ser demostrado aún arqueológicamente.

Se nos dice que no solo redujeron a los latinos a la sujeción, sino que también obtuvieron victorias contra los etruscos y los sabinos, de los que obtuvieron ganancias territoriales. La noción fantástica de que Tarquinio Prisco recibió la sumisión de los Doce Pueblos de Etruria deriva en parte de una especulación antigua sobre el origen de los fasces; pero esto no descarta la posibilidad de que los ejércitos romanos ocasionalmente asolaran los territorios de Caere, Veyes y Tarquinia, y que el ager Romanus se extendiera más allá del Tíber bajo los reyes. Al menos tres de las más antiguas tribus rurales, la Romilia, la Galeria y la Fabia, estaban localizadas probablemente en la orilla derecha, y el distrito conocido como Septem Pagi, que era objeto de continuas disputas entre Roma y Veyes, parece haber caído en manos romanas antes del fin de la monarquía.

En el Lacio mismo los romanos habían establecido una extensa hegemonía por el tiempo de Tarquinio el Soberbio. Se dice que la base del éxito de este rey había sido su reorganización de la Liga Latina en una alianza militar regular. En el curso de su reinado, Tarquinio capturó Pometia por asalto, ganó el control sobre Tusculum al casar a su hija con el ciudadano dirigente Octavo Mamilio; en el momento del golpe que llevó a su expulsión, él estaba dedicado a asediar Ardea.

Hay dos piezas que confirman la ascendencia de Roma en el Lacio en ese momento: en primer lugar, el autor de las líneas 1011-1016 de la Teogonía escribió que Agrios y Latinos, los hijos de Odiseo y Circe 'gobernaban sobre los famosos Tirsenos, muy lejos en un hueco de las islas sagradas'. Si el apéndice de la Teogonía de Hesíodo está correctamente datado para el siglo VI a.C. esas líneas probablemente representan una alusión contemporánea al poder de los latinos bajo el liderato romano durante la edad de los Tarquinios; en segundo lugar, que según Polibio, Roma celebró en 509 a.C. un tratado entre Roma y Cartago lo que da muestra de la importancia que debía tener Roma en esta época. Sobre la verosimilitud de este tratado, Diodoro dice explícitamente que el tratado de 348 a.C. era el primero y Tito Livio no lo menciona aunque  hace una referencia a este último diciendo que fue renovado ‘por tercera vez’. El argumento principal en favor de la fecha de Polibio es precisamente el hecho de que el contenido del tratado coincide con las circunstancias de fines del siglo VI. El tratado hace de Roma el señor supremo de un 'imperio' en miniatura en el Lacio, que se extendía hasta la costa hasta la llanura Pontina. Esto se ajusta de manera precisa a la situación descrita en las fuentes que se tenía bajo Tarquinio el Soberbio, cuyo control de la región estaba implícito por su captura  de Pometia y su fundación de una colonia (sea lo que signifique eso exactamente) en Circeii. Se descarta una fuente posterior porque el distrito pontino fue invadido poco después por los volscos, y no fue recuperado por Roma hasta cien años después.

El que se hubiera concluido un tratado entre Roma y Cartago al final del siglo VI no es, en sí mismo, particularmente sorprendente. El interés en el área del Mar Tirreno durante este periodo está bien documentado, y es probable que el tratado con Roma fuera uno de una serie de tales acuerdos que los cartagineses hicieron con estados amigos en el área. La presencia de comunidades de cartagineses en puertos etruscos está indicada por la existencia de un asentamiento costero llamado Punicum (S. Marinella) en el territorio de Caere y por las inscripciones bilingües (etruscas y fenicias) que fueron descubiertas a principios de la década de los 60 en Pyrgi (S. Severa), otro puerto caeretano. Las inscripciones de Pyrgi, que probablemente datan de principios del siglo V a.C., registran una dedicación a la diosa fenicia Astarté (la Uni etrusca) por Thefarie Velianas, el gobernante de Caere. es probable que los cartagineses hubieran querido establecer buenas relaciones con la ciudad del Tíber que controlaba un largo tramo de la línea costera de la Italia central, y evidentemente habría tenido sentido para ellos mantener buenos términos con el nuevo régimen republicano que se estableció en Roma después de los Tarquinios cuando todos los acuerdos existentes habían sido automáticamente terminados. Por su parte, los líderes de la nueva Rapública pueden haber esperado obtener reconocimiento para ellos mismos, mediante una cuerdo formal con Cartago, y al mismo tiempo, habrían querido afirmar su pretensión a la posición de hegemonía en el Lacio que los reyes habían poseído anteriormente. El primer año de la República es, por tanto, un contexto plausible para un tratado entre Roma y Cartago.

2. La Caída de la Monarquía y sus consecuencias

Se nos cuenta que Tarquinio se había dirigido primero a Veyes y Tarquinia, y les persuadió de organizar una expedición armada del territorio romano; esta iniciativa fue desbaratada en la batalla de Silva Arsia en la que los romanos resultaron victoriosos, a pesar de la pérdida de su cónsul, L. Bruto. Tarquinio entonces se volvió a Lars Porsenna, el rey de Clusium, que marchó sobre Roma y la asedió desde su campamento en el Janículo: pero el heroismo de Horacio Cocles, Mucio Escévola y Cloelia persuadieron a Porsenna a ceder, y enviar a sus fuerzas en su lugar contra la ciudad latina de Ardea. La expedición terminó en fracaso, no obstante, cuando los etruscos fueron derrotados por los latinos y sus aliados procedentes de Cumas. Tarquinio, entonces reclutó la ayuda de su yerno, Octavo Mamilio de Tusculum, que movilizó la Liga Latina en su ayuda y dirigió una revuelta contra Roma. Finalmente, tras la derrota de Mamilio y los latinos en la batalla del lago Regilo (499 ó 496 a.C.), Tarquinio buscó refugio en Aristodemo el Afeminado, tirano de la Cumas griega y líder del ejército de Cumas que había ayudado a los latinos contra Lars Porsenna. Fue como exiliado en la corte de Aristodemo donde el odiado Tarquinio terminó sus días, en el consulado de Apio Claudio y Publio Servilio (495 a.C.).

La biografía de Aristodemo confirma que la tradición romana ha distorsionado la verdad al colocar al exiliado Tarquinio en el centro del escenario. De hecho, el cambio de régimen de Roma fue solo un elemento en un conjunto de sucesos más complejo y de largo alcance. Por ejemplo en el relato de Lars Porsenna, se tiene constancia de que algunos escritores conocían una tradición diferente según la cual los romanos se sometieron a Porsenna y fueron obligados a presentarse en términos humillantes. Si esto es cierto, se comprende mejor la extraña historia de que a los supervivientes del ejército de Porsenna se les dio refugio en Roma tras su derrota en Aricia. Además, los indicios apuntan más bien a que Porsenna, lejos de intentar restaurar a Tarquinio, realmente le expulsó, y, o bien gobernó en su lugar, o bien estableció un régimen títere (los 'cónsules') para gobernar la ciudad en su nombre. Comoquiera que fuera, y los detalles concretos no son, evidentemente, ahora recuperables, la estancia de Porsenna en Roma no pudo haber durado mucho tiempo, y podemos asumir con seguridad que tras la batalla de Aricia la época monárquica de Roma definitivamente llegó a su fin.

La interpretación habitual, que puede encontrarse en la mayoría de los trabajos modernos, es que la expulsión de los reyes marcó el fin de un periodo de gobierno etrusco en Roma, y la reafirmación por los romanos de su independencia nacional. La versión más radical de esta teoría mantiene que la aventura de Lars Porsenna fue simplemente la última en una serie de conquistas etruscas, por las que Roma estuvo sujeta al gobierno de una ciudad etrusca tras otra. Esas conquistas serían parte de un patrón de expansión más amplio en Italia que llevó a la formación de un 'imperio' etrusco que se extendía desde el valle del Po hasta el golfo de Salerno. Al ocupar Roma, los etruscos ganaron el control de un paso vital del río Tíber; una ver que este punto estratégico estuvo asegurado fueron capaces de continuar su avance hacia Campania, donde quedaron a cargo de los asentamientos existentes en Capua y Nola, probablemente en la segunda mitad del siglo VI a.C.

El corolario de esta tesis es que la caída de la monarquía romana al final del siglo VI cortó los lazos entre Etruria y los asentamientos etruscos en Campania, y fue causa mayor de su declive definitivo; el proceso fue agravado con la derrota del ejército de Porsenna en Aricia, y más tarde por la destrucción de una flota etrusca por Hieron de Siracusa en los exteriores de Cumas en 474 a.C. El golpe final llegó cuando Campania fue invadida por los montañeses de idioma osco en la década de 420.

Sin embargo, nada nos obliga a creer que los asentamientos etruscos en Campania requiriesen el apoyo de un cordón umbilical directo con la madre patria. Una hipótesis mucho más razonable es que bajo Tarquinio Roma era un poder independiente, pero que el elemento etrusco en su población era políticamente dominante y gobernaban la ciudad en interés etrusco. Pero no hay huellas de que la política exterior de los Tarquinios fuera de ningún modo 'pro-etrusca'. De hecho, como hemos visto, la tradición mantiene que gobernaron como reyes independientes de Roma y lucharon en guerras contra las ciudades etruscas. De nuevo, no es necesario suponer que el golpe que expulsó a los Tarquinios conllevaba un cambio en la política romana hacia los etruscos, ni hay ningún tipo de indicio para tal cambio. Los romanos de tiempos posteriores eran bien conscientes de sus orígenes mixtos, e hicieron una virtud positiva del hecho de que sus ancestros hubieran estado dispuestos a admitir a extranjeros en su seno. La tradición registra muchos ejemplos de individuos y grupos que emigraron a Roma y fueron aceptados en la élite gobernante. Para los romanos el caso más sorprendente de la disponibilidad de sus ancestros a admitir inmigrantes extranjeros fue precisamente la historia de la familia de los Tarquinios.

De acuerdo con la tradición Tarquinio prisco emigró a Roma con su esposa y familia a causa de que sabía que era un lugar donde sería aceptado y donde sería capaz de hacer fortuna. En cambio, el exilio de Tarquinio el Soberbio no supuso la expulsión de todos los etruscos de la ciudad. Los relatos tradicionales son coherentes con el modelo de una sociedad abierta en la que los individuos y grupos podrían moverse libremente de un lugar a otro sin pérdida de derechos o posición social. Estas historias reflejan un rasgo genuino de la sociedad arcaica de la Italia central. En las ciudades etruscas las inscripciones han revelado la presencia de familias de origen griego, latino e itálico, ocupando posiciones de alto rango social. En Roma están atestiguado el mismo fenómeno por los fasti consulares, que muestran que muchas familias inmigrantes tuvieron la suprema magistratura durante los primeros años de la República.

Si la caída de la monarquía no era un síntoma de un colapso general del poder etrusco en la Italia central, sin embargo, tuvo efectos de largo alcance en las relaciones externas de la ciudad. La más importante de esas repercusiones fue la desintegración del poder romano en el Lacio en los primeros años del siglo V. Se ha argumentado que este fue un periodo en el que la institución de la monarquía estaba bajo amenaza en todas partes, y que los regímenes republicanos estaban estableciéndose a través de la Italia central, en Etruria, así como en el Lacio. Por lo que concierne a las ciudades latinas, hay pocas huellas de la institución de la realeza en la tradición que sobrevivió, que no hace referencia a reyes en el periodo tras la destrucción de Alba Longa, y si algo implica es que las comunidades latinas se regían por regímenes aristocráticos en el siglo VI. En Etruria sabemos que algunas monarquías sobrevivieron bien en el siglo V, por ejemplo Caere y Veyes.

Es más probable que la agitación política en Roma provocara una variedad de reacciones diferentes en los estados vecinos. Alguno bien pudieron haber aprovechado la oportunidad para seguir su ejemplo al expulsar a sus propios gobernantes, y ciertamente, leemos en Livio que Sexto Tarquinio fue asesinado por el pueblo de Gabii tan pronto como supieron tuvieron noticias de la revolución en Roma. En general, es probable que la mayoría de los latinos hubiera dado la bienvenida a la oportunidad proporcionada por la caída de los Tarquinios para liberarse de la dominación romana. La revuelta latina, de acuerdo con la reconstrucción más probable, fue la continuación de la resistencia organizada de los latinos a las fuerzas de Lars Porsenna, cuya breve ocupación de Roma habría aislado temporalmente a la ciudad del resto del Lacio y fue, en parte, responsable de la caída de los Tarquinios. Tras la batalla de Aricia, y la retirada tanto de Porsenna como de Aristodemos, se estableció el escenario para un conflicto entre Roma y el resto de los latinos, con los romanos, intentando recuperar su anterior supremacía, y los latinos, determinados a resistir.

La cuestión se resolvió en la batalla del lago Régilo, bien en 499 o bien en 496 a.C., donde los romanos bajo el dictador A. Postumio Albo obtuvo una memorable victoria. La batalla fue seguida, tras un intervalo de unos pocos años por un tratado entre Roma y los latinos (tradicionalmente 493 a.C.). El tratado, conocido por la posteridad como el foedus Cassianum  a partir del hecho de que fue firmado en nombre de Roma por el cónsul Espurio Casio, definiría las relaciones formales entre Roma y los latinos, que iban a persistir durante los siguientes 150 años.

3. La Liga Latina

En los siglos V y IV a.C. las comunidades de ‘nombre latino’ (nomen Latinum) se unieron en una federación política y militar que tradicionalmente llamamos Liga Latina. Las relaciones políticas entre los estados latinos durante este periodo fueron regularizadas por las cláusulas del tratado de Espurio Casio. Sin embargo, es cierto que el tratado mismo no creó la Liga Latina, sino que simplemente introdujo modificaciones a una estructura preexistente, y en particular redefinió la posición de Roma en relación a otros latinos. Pero solo tenemos una imagen muy incompleta y poco fiable de la Liga en el periodo anterior al tratado Casiano, y ya que nuestro conocimiento de tratado mismo es muy pobre, hay también mucha incertidumbre y controversia sobre acerca de la organización y carácter de la Liga incluso en los siglos V y IV.

Integrantes de la Liga Latina
 
En los siglos III y II a.C. el nombre latino había dejado de tener un significado exclusivamente étnico o territorial, y el término fue usado para describir una categoría jurídica particular de comunidades no romanas en Italia, por la que los latinos podían ejercer ciertos derechos y privilegios en sus tratos con los ciudadanos romanos.

El relato tradicional sostiene que la Liga tenía funciones militares y políticas desde el principio. La base de esta concepción era la creencia de que todos los pueblos del Latium Vetus eran las colonias de una única ciudad, Alba Longa, que, en consecuencia, ejercía una posición de hegemonía en el periodo anterior a su destrucción por Tulio Hostilio: ‘Albanos rerum potitos usque ad Tullum regem’. Esto parece ser una construcción anacrónica y artificial, modelada sobre las relaciones que existían en tiempos históricos entre Roma y sus aliados, muchas de las cuales poseían derechos latinos y hacia mediados del siglo III componían la mayoría de los socii nominis Latini (‘aliados de nombre Latino’). De acuerdo con el relato tradicional, la victoria de Tulio Hostilio dio a Roma la hegemonía que había pertenecido anteriormente a Alba. La nueva distribución fue solemnemente consagrada en un tratado que fue posteriormente renovado en varias ocasiones a continuación de las ‘revueltas’ latinas. El foedus Cassianum fue simplemente una de tales renovaciones.

Es probable que la supremacía de Alba Longa en la historia tradicional derivara no de cualquier supuesta hegemonía política, sino del hecho histórico de que el festival nacional de los pueblos latinos era celebrado cada año en su propio territorio, en los Montes Albanos. En el periodo histórico era el culto por excelencia. El festival anual, conocido como Latiar o Feriae Latinae, era en honor a Iuppiter Latiaris, que era identificado en la leyenda con Latino, el ancestro epónimo de la tribu. El lugar del culto, la cima del monte Albano (Monte Cavo) es el punto más alto de la región (949 metros) y domina la llanura del Lacio. Las Feriae Latinae, que eran celebradas en la primavera de cada año, continuaron teniendo lugar mucho después de la disolución de la Liga (338 a.C.), y todavía estaban siendo celebradas en tiempos de los emperadores. El elemento central del ritual era el banquete en el que cada comunidad tomaba parte aportando corderos, queso, leche, o productos similares, por lo que el carácter pastoral de la ceremonia es prueba fehaciente de su extrema antigüedad). Se sacrificaba un toro blanco, y cada comunidad recibía su parte de la carne. Una curiosa lista de 30 ‘populi Albenses, que […] acostumbraban a recibir carne en el monte Albano’ es proporcionada por Plinio el viejo, y quizá representa un estadio primitivo en el desarrollo del culto.

Lo que no es seguro, sin embargo, es la relación que existía entre el culto de Iuppiter Latiaris y la liga política de estados latinos a fines del siglo VI. La mayoría de los estudiosos distinguen cuidadosamente las dos instituciones. Existían festivales del mismo tipo en otras ciudades latinas, como Lavinium, en la arboleda dedicada a Diana en Aricia, y otras en Tusculum y Ardea, cuyos respectivos santuarios se encontraban extramuros de cada población. La proliferación de cultos comunes en diferentes sitios del Lacio, a primera vista, no parece compatible con la idea de una liga latina unida. Una explicación para conciliar ambos conceptos podría ser que los diversos santuarios comunes eran originalmente los centros de comunidades religiosas separadas dentro de un área relativamente restringida, por lo que quizá la lista proporcionada por Plinio podría describir una federación de comunidades de pequeñas villas en la inmediata vecindad de las colinas albanas. Otras ligas locales habrían existido en otras partes del Lacio, con sus centros en Lavinium, Ardea, etc, y quizá en una etapa posterior, alguna de estas asociaciones sagradas llegó a abarcar a todos los latinos.

Estos cultos compartidos serían vistos como una reliquia del periodo preurbano. Los santuarios comunes, en su mayor parte muy antiguos, eran originalmente los lugares sagrados de una nación latina organizada tribalmente, que, más tarde, en la edad arcaica, llegaría a ser dividida en unidades políticamente separadas. La persistencia de las celebraciones de culto común es la señal más clara del hecho de que, a través de su historia, los latinos eran conscientes de pertenecer a una comunidad integrada que trascendía las fronteras de las ciudades-estado individuales. Compartían un nombre común (el nomen latinum), un sentimiento común y un lenguaje común. Adoraban a los mismos dioses y tenían similares instituciones políticas y sociales. Los hallazgos arqueológicos han sacado a la luz una cultura material, llamada ‘cultura laziale’, que fue difundida a través de la región del Latium Vetus desde el periodo del Bronce Final en adelante. Este sentido de unidad cultural nunca fue completamente sumergido por el crecimiento de la ciudad-estado, debido a que el fenómeno de la urbanización ocurrió en el Lacio durante el periodo ‘orientalizante tardío’ (c.630-c.580 a.C.), sin duda en Roma y probablemente en otros centros también, y fue acompañado por una radical transformación de instituciones políticas y sociales, proceso que está reflejado en el relato tradicional de los tres últimos reyes romanos. El surgimiento de ciudades-estado en el Lacio fue el resultado de una transformación revolucionaria de una cultura periférica llevada a cabo por el contacto con comunidades socialmente más avanzadas en Etruria y Magna Grecia. El resultado fue una amalgama única en la que las estructuras de la ciudad-estado se superpusieron sobre un residuo sustancia de instituciones preurbanas o ‘prepolíticas’.

Este hecho puede ayudar a explicar la supervivencia de otras instituciones comunales que parecen ser un legado del periodo preurbano, como eran el conjunto de privilegios sociales y legales que se ponían en común por los latinos y eran definidos en tiempos históricos como derechos específicos (iura).Estos incluían el conubium, o derecho a contraer matrimonio legal con un socio de otra comunidad latina; commercium, o derecho a tener acuerdos con personas de otras comunidades latinas y hacer contratos legalmente vinculantes (especialmente importante era el derecho a la propiedad de bienes dentro del territorio de otro estado latino); y el llamado ius migrandni, o capacidad de adquirir la ciudadanía de otro estado latino simplemente por instalar residencia permanente allí.

Estos derechos parecen evocar el fenómeno de movilidad horizontal que caracterizó a Italia en el periodo arcaico, cuyas características eran que no estaba limitado a ningún grupo étnico particular, aunque parece haber estado dirigido a la integración de etruscos, latinos, sabios y otros dentro de las comunidades individuales, y quera, principalmente un fenómeno aristocrático. En el periodo orientalizante (c.730 a.C.-c.580 a.C.) Italia central estaba dominada por clanes aristocráticos, cuyos miembros llevaban un suntuoso modo de vida y mantenían estrechos contactos unos con otros a través de matrimonios mixtos y e intercambio de regalos; pero, al mismo tiempo, mantenían la distancia con las clases más bajas en sus propias comunidades. En Roma, encontramos que los patricios estaban dispuestos a admitir en sus propios rangos un aristocrático líder de clan, el sabino Attus Clausus, y proporcionó para él y sus dependientes, pero excluían rígidamente a miembros ciudadanos que no pertenecieran al patriciado.

Hay razones para pensar que estos ‘derechos latinos’ eran una versión institucionalizada de la movilidad horizontal que caracterizaba a la sociedad de la Italia central en el periodo preurbano. Los acuerdos formales entre estados, como el foedus Cassianum, probablemente redujo estos derechos, al restringir su ejercicio a las comunidades que señalaba el tratado. Esta hipótesis explicaría la cláusula de las Doce Tablas, de que un ciudadano romano esclavizado por deudas solo podía venderse ‘trans Tiberim peregre’ (‘en territorio extranjero al otro lado del Tíber’), donde el ager Romanus limitaba con territorio etrusco.
Hay razones para pensar que esta Liga Latina fuera un fenómeno artificial y relativamente tardío, creado con el propósito de organizar la resistencia al crecimiento del poder romano, y que sería algo distinto de las asociaciones religiosas y la comunidad de derechos privados latinos. Sus reuniones tenían lugar fuera del territorio romano en la arboleda de Ferentina (Lucus Ferentinae, o más apropiadamente ‘Lucus ad caput aquae Ferentinae.

Cuando los latinos se separaron de Roma tras la expulsión de los Tarquinios y la ocupación de la ciudad por Porsenna, su resistencia fue organizada, una vez más, desde Ferentina, esta vez bajo el liderato de Tusculum y Aricia. Esta fase de la historia latina está mejor documentada gracias a dos textos: el primero es el relato de Dionisio de Halicarnaso sobre la Vida y hechos de Aristodemos de Cumas; el segundo es un fragmento de Orígenes de Catón el Viejo que recoge una dedicación conjunta de un bosquecillo de Diana en Aricia por un grupo de pueblos latinos.  El texto, que probablemente fue trascrito por Catón a partir de la inscripción dedicatoria original, se lee como sigue:

Egerius Baebius de Tusculum, el dictador latino, dedicó la arboleda de Diana en el bosque de Aricia. Los siguientes pueblos que tomaron parte conjuntamente: Tusculum, Aricia, Lanuvium, Laurentum (es decir, Lavinium), Cora, Tibur, pometia, Rutulian, Ardea…’

La fecha más probable sería en torno al 500 a.C., cuando los latinos empezaban a coordinar sus esfuerzos contra Roma. El lugar de encuentro se ha localizado por debajo del borde noreste del cráter del lago Nemi. Es probable que la fundación del culto registrado por Catón represente un intento por los latinos de aislar a Roma y establecer un nuevo ‘culto federal’ de diana que suplantara o rivalizara con el santuario sobre el Aventino en Roma, que databa de la época de Servio Tulio. La lista de pueblos no está completa, pero confirma el papel principal adoptado por Tusculum, la ciudad que encabeza la lista y cuyo representante Egerius Baebius celebró la dedicación como ‘dictator latinus’. Parece que pudo haber sido el magistrado principal de la Liga Latina o un funcionario designado para el propósito específico de dedicar la arboleda. Ambas interpretaciones son igualmente posibles pero el resto de los indicios parecen favorecer el punto de vista de que la Liga Latina era comandaba por un dictador.

5. Roma y sus aliados en el siglo V

Por tanto, esta era la federación que fue derrotada en el lago Régilo y con el que los romanos celebraron el tratado Casiano en 493 a.C. Espurio Casio, cuyo nombre era mencionado en otro texto, era una figura histórica que aparece tres veces en los fasti consulares del periodo. Los términos del trabajo estaban inscritos en un pilar de bronce que fue erigido en el foro y todavía estaba allí en tiempos de Cicerón. El tratado fue resumido por Dionisio de Halicarnaso como un acuerdo bilateral entre romanos por un lado y latinos por otro. Este hecho es el argumento más firme para decir que Roma no era en aquel tiempo, y quizá nunca lo había sido, miembro de la Liga Latina. El tratado establece una paz perpetua entre las dos partes y una alianza militar defensiva por la que cual irá en ayuda del otro si es atacado. Cada uno acuerda no asistir o dar paso libre a los enemigos del otro. El botín de cualquier campaña victoriosa deberá ser compartido por igual. Finalmente, se hace una cláusula para el establecimiento de disputas comerciales entre los ciudadanos de los diferentes estados.

Sobre la organización y mando del ejército aliado encontramos alguna información en un fragmento del anticuario L. Cincio, quien nos cuenta que, bajo el consulado de P. Decio Mus (340 a.C.) los latinos acostumbraban a reunirse en la arboleda de Ferentina para discutir acuerdos que tenían que ver con el mando. Aunque el pasaje presenta algunas dudas, podría deducirse de él que habría una reunión anual regular de los latinos en Ferentina, pero no necesariamente una campaña anual regular; así que era solamente en los años en que se contemplaban acciones militares, cuando sería necesario un comandante militar, comandante que era convocado desde Roma. En los años que siguieron al foedus Cassiannum podemos observar la alianza en marcha. En la segunda mitad del siglo V, Roma y los latinos se enfrentaron con enemigos en todas partes y supuestamente estaban envueltos en continuos conflictos armados. La alianza hizo posible una resistencia efectiva y salvó al Lacio de ser invadido.

En 486 a.C. ocurrió un acontecimiento importante, cuando los hérnicos fueron introducidos en la alianza. Estos eran un pueblo itálico, relacionado al parecer con los sabinos, que habitaban la estratégica y vital regio del valle del Trerus (Sacco). En ausencia de cualquier material arqueológico o epigráfico los hérnicos son ahora poco más que un nombre para nosotros. Las únicas reliquias son restos poco impresionantes de muros poligonales, que datan del periodo prerromano, que todavía pueden verse en los principales centros hérnicos: Anagnia, Verulae, Ferentinum y (sobre todo) Aletrium. Pero no sabemos si esos lugares eran asentamientos urbanos plenamente desarrollados en el siglo V. lo más probable es que fueran lugares de refugio fortificados. Una referencia aislada en Livio sugiere que los hérnicos estaban organizados en una liga centrada en Anagnia.

La alianza con los hérnicos se atribuía, una vez más, a Espurio Casio, que fue cónsul por tercera vez en 486 a.C. Se dice que los hérnicos habían sido admitidos con condiciones idénticas a las del tratado Casiano anterior. Sin embargo, no está claro si el resultado fue una alianza tripartita que implicaba también a los latinos o si era un pacto separado entre Roma y los hérnicos. En cualquier caso, parece probable que, como la alianza se cumplió, Roma llegó a ser, cada vez más, el foco de sus actividades; al coordinar los esfuerzos de dos grupos dispares de aliados, inevitablemente vino a controlarlos a ambos. La incorporación de los hérnicos a la alianza tuvo, por tanto, el efecto paradójico de debilitar la posición de los aliados y el fortalecimiento de la de Roma.

La fuerza total aliada estaba aportada por cada uno de los tres socios. Nuestras fuentes son indecisas en esta cuestión, a veces afirmando que cada uno contribuía con un número igual de tropas, y a veces que los aliados (latinos y hérnicos juntos) aportaban la mitad del ejército y los romanos la otra mitad. En cuanto a la cuestión del botín este es un asunto de gran importancia como queda de manifiesto en el foedus Cassianum, y a menudo es tratado a lo largo de la narración tradicional. Las fuentes declaran a veces que el botín se repartía en tres partes iguales, pero en otras ocasiones insinúan solo que los romanos generosamente ‘concedían’ algo del saqueo a los aliados. Consistía en bienes muebles, ganado, esclavos y tierra. La distribución de tierras adquiridas por conquista presentaba problemas especiales, sobre todo en lo concernía a los latinos, ya que la Liga Latina no constituía un estado unitario, sino más bien una coalición de estados. Posiblemente lo mismo podía decirse de los hérnicos. Dividir una extensión de tierra en parcelas separadas pertenecientes a diferentes estados habría sido impensable desde un punto de vista administrativo, así como legalmente absurdo. El problema fue superado por la institución de la colonia. Por este simple recurso la tierra conquistada era repartida a colonos que eran organizados en una nueva comunidad independiente con su propia ciudadanía y su propio territorio.

La mayoría de las colonias estaban en las fronteras del Lacio o en lugares que habían sido anteriormente latinas y ahora eran reconquistadas a los volscos y ecuos. En la mayoría de los casos los territorios de las colonias no limitaban con el ager Romanus. Por tanto, era lógico que los nuevos asentamientos se convirtieran en miembros de la Liga Latina. Como tales estaban obligados a enviar contingentes al ejército aliado junto con los otros latinos,  pero también poseían derechos latinos. En consecuencia, eran conocidas como colonias latinas (coloniae Latinae). Una excepción a este patrón era Ferentium, que fue conquistado (o reconquistado) a los volscos en 413. Ya que Ferentium estaba en territorio hérnico, fue unido a la federación hérnica, más que a la latina. El mismo principio se aplicó probablemente a Veyes y otros lugares como Labici, que fueron directamente incorporados al estado romano.

No hay razón para dudar que esas colonias tempranas fueran coloniae Latinae del tipo normal. Sin embargo, es importante señalar que la apelación ‘coloniae Latinae’ se refiere solamente al estatus legal de la comunidad recién fundada, y nada tiene que ver ni con el origen étnico de los colonos ni la manera en que fue fundada. En cualquier empresa colonial  al menos el 50 % de los colonos serían romanos. El resto serían tomados de los aliados ya fueran latinos o hérnicos o ambos. Los romanos continuaron permitiendo a sus aliados itálicos compartir ese derecho en el proyecto colonial hasta el tiempo de la Guerra Social (91 a.C.). Pero raramente registran el hecho de la participación aliada y tienden a referirse a esas empresas compartidas como si fueran exclusivamente romanas. De hecho, aunque fueran siempre el grupo más grande de colonos, todavía podían constituir una minoría de la población total, ya que muchos de los primitivos colonos estaban establecidos en varias de las ciudades existentes, cuyos habitantes supervivientes estaban entonces inscritos en la colonia. De hecho esto es lo que ocurrió en Antium en 467 a.C., donde los volscos nativos fueron incluidos junto con romanos, latinos y hérnicos, lo que no es sorprendente, pues la alternativa habría sido expulsarlos, masacrarlos o esclavizarlos en masa, y es dudoso si los romanos y sus aliados podrían haberse permitido el desperdicio de mano de obra que implicaba tal actuación.

Las fuentes nos cuentan que el estado romano era el responsable de la operación completa. En la práctica las decisiones serían tomadas por los romanos y la consulta de los aliados fuera una mera formalidad. Los oficiales romanos eran probablemente los encargados para las tareas prácticas de fundar las colonias y distribuir la tierra. Esta conclusión procede tanto de la analogía con el mando militar como del hecho de que en cada caso el grupo más numeroso de colonos era romano. Livio nos da el nombre de los comisionados que supervisaban las empresas coloniales, y siempre son romanos. Por ejemplo, ‘los triumviros que dirigieron la colonia a Ardea en 442 a.C. fueron Agripa Menenio Lanato, T. Clodio Simulo y M. Ebucio Helva, todos prominentes miembros del Senado.

Es posible que algunos de los más antiguos asentamientos coloniales nunca hubieran llegado a ser colonias latinas. Por ejemplo, si la tierra conquistada que limitaba el ager Romanus pudiera haber sido simplemente anexionada y asignada a viritim (es decir, en parcelas individuales) a ciudadanos romanos que no se organizaban en una nueva comunidad, sino que permanecían como ciudadanos y eran directamente administrados desde Roma. Este procedimiento fue adoptado cuando Veyes fue conquistada en 396 a.C. y puede haber ocurrido antes, por ejemplo en Labici, cuando Livio simplemente dice que 1500 colonos fueron enviados ‘desde la ciudad’.

5. Las incursiones de sabinos, ecuos y volscos

La caída de la monarquía romana fue seguida por un breve periodo de confusa agitación. Pero en los años que siguieron la situación se estabilizó gradualmente y en la década de 490, parece estar emergiendo una nueva estructura de relaciones políticas en el Lacio. Los romanos fueron capaces de recuperar al menos una cantidad del poder que habían tenido bajo los reyes. Son registradas una serie de campañas exitosas contra los sabinos en el periodo 505-500 a.C.; fueron seguidas por un avance en la región entre el Tíber y el Anio. Fidenae y Crustumerium fueron tomadas (y quizá también Ficulea –aunque no tenemos información explícita respecto a la historia de Ficulea en el siglo V).

Estas adquisiciones son reflejadas en la creación de nuevas tribus locales en 495 a.C. Las nuevas tribus deben haber incluido la Claudia, en el distrito donde la gens Claudia se estableció tras su llegada en 504 a.C., y la Clustumina, el anterior territorio de Crustumerium. En este punto, el territorio de Roma al noreste de la ciudad se extendía hasta las fronteras de Nomentum; también controlaba la vía Salaria, que corre a lo largo de la orilla derecha del Tíber, casi hasta la fortaleza sabina de Eretum. Como resultado el área abarcada dentro del ager Romanus se había incrementado hasta unos 949 km2  La expansión  posterior a expensas de los latinos fue verificada por el foedus Cassianum. Pero ese mismo acuerdo representa la consolidación a expensas de la posición romana en el Lacio.

La formación de la alianza militar entre Roma y la Liga Latina fue una respuesta a una amenaza militar externa que llegó a ser patente en los años de 490. Las colonias de Velitrae, Signia y Norba probablemente representan un intento por parte de la alianza de reforzar las fronteras del Lacio contra el peligro de una invasión hostil. Pero a pesar de esas precauciones la estabilidad nuevamente establecida del Lacio fue violentamente interrumpida a finales de la década de 490 por incursiones de los volscos y ecuos, quienes, por primera vez, empiezan a ocupar un lugar destacado en la narración tradicional por esta época.

No tenemos modo de saber cómo o cuando lograron ocupar los volscos la mitad meridional del Lacio. No obstante, es cierto que durante la mayoría del siglo V tomaron el control de los Monti Lepini (la zona montañosa al oeste del valle del Sacco), la mayoría de la llanura Pontina, y todo el distrito costero desde Antium a Tarracina que en el siglo VI había sido el ‘imperio’ de Tarquinio el Soberbio. Una breve observación en Livio muestra en las fortalezas de Cora y Pometia estaban en sus manos hacia 495 a.C.; Antium fue ocupado antes de 493 a.C., y fue seguido poco después por Velitrae, en el borde del macizo albano.
Las afiliaciones etnolingüísticas de los volscos son problemáticas. Los indicios onomásticos y la probabilidad general sugieren que eran un pueblo osco-sabelio que había bajado desde los Apeninos antes del fin del siglo VI. Esto es confirmado hasta cierto punto por el hecho de que otra rama de los volscos se estableció en una fecha temprana en la región del valle del Liris medio, alrededor de Sora, Arpinum y Atina. La evidencia lingüística es aportada por la llamada Tabula Veliterna, una inscripción de bronce de cuatro líneas procedente de Velitrae, que se fecha desde el siglo III a.C., y escrita en un lenguaje que se toma en general como volsco. El lenguaje de la inscripción tenía estrechas afinidades con el umbro, y por esta razón los estudiosos generalmente postulan un origen ‘septentrional’ para los volscos, y se supone que emigraron bajando hacia el valle del Liris desde más allá del lago Fucine durante el curso del siglo VI a.C.

En cualquier caso, es probable que la aparición de los volscos en la parte meridional del Lacio fuera resultado de una migración desde el interior, y que fue parte de un movimiento más amplio de pueblos que, sabemos, afectó a la mayor parte de Italia en el siglo V. Nuestras fuentes literarias informan de una sucesión de migraciones tribales en este tiempo que resultó en la expansión de los pueblos sabelios y la difusión de los dialectos osco-umbros a través de las regiones centrales y meridionales de la península.

El proceso fue descrito en detalle por Catón el Viejo en su trabajo sobre los orígenes de Italia, que desafortunadamente no sobrevivió en su totalidad. Pero el fragmento citado por Dionisio de Halicarnaso nos cuenta que el proceso comenzó con la emigración de los sabinos desde un lugar cerca de Amiternum (bajo las laderas septentrionales del Gran Sasso) a su patria posterior en las colinas alrededor de Reate; desde allí enviaron nuevas colonias y fundaron asentamientos en la forma de ‘ciudades sin muros’.

Estas migraciones resultaron ser una serie de ‘primaveras sagradas’. La primavera sagrada (ver sacrum) era un drástico remedio ceremonial motivado por crisis de subsistencia o similares, por el que rodo el producto de un año dado sería sacrificado a Marte. Los animales son sacrificados, pero los niños eran perdonados y designados sacrati. Cuando alcanzaban la madurez esta generación de gente joven serían mandados al mundo para que se las arreglaran por sí mismos, bajo un líder que era obligado a seguir a un animal salvaje; entonces, se asentarían donde el animal se paraba para descansar, y formar una nueva tribu. Este mito contaba para el origen de los Picenos, por ejemplo, que habían seguido a un pájaro carpintero (Picus) en su emigración desde el valle del Tronto hasta Asculum (Ascoli Piceno) y la costa Adriática; del mismo modo la tribu samnita de los Hirpinos habían seguido un lobo (hirpus) en su migración desde las colinas sabinas. La leyenda de los orígenes de Roma contiene elementos similares, ya que Rómulo y Remo son concebidos como líderes de una banda de jóvenes pastores guerreros que vivían en la naturaleza. El mito corresponde a la realidad, al menos en su supuesto básico, de que la presión de la superpoblación en una región de pobres recursos naturales era la causa primaria de la emigración. El ver sacrum mismo probablemente refleja un primitivo rito de iniciación.

Las migraciones activaron una reacción en cadena, y las ondas de choque se sintieron a lo largo y ancho de la península. En Magna Grecia los efectos fueron catastróficos, ya que los yápigios, lucanos y brucios presionaron sobre las ciudades costeras. La desastrosa derrota de Tarento por los yápigios en 473 a.C., fue ‘la peor que los griegos habían sufrido jamás’, de acuerdo con Herodoto. En el suroeste, ciudad tras ciudad fue inundada por los lucanos, hasta que, hacia 400 a.c., Velia y Nápoles fueron los únicos centros que quedaron de cultura helénica a lo largo de toda la costa tirrena.

Tierra adentro, desde Nápoles, los samnitas de habla osca ocuparon Campania, y se organizaron en una nación itálica (los ‘Campanos’) tras ocupar las principales ciudades. Este movimiento parece haber comenzado como una infiltración gradual de inmigrantes samnitas más que como una invasión organizada. En Capua los habitantes etruscos admitieron a los recién llegados dentro de la comunidad ciudadana tras un periodo inicial de resistencia; pero este gesto no impidió que los samnitas derrocaran a la clase gobernante etrusca en un violento golpe una noche en 423 a.C.

Volviendo al Lacio, podemos ver que las incursiones de los sabinos, ecuos y volscos en el siglo V eran manifestaciones locales de este fenómeno más amplio, y que tuvieron similares efectos sobre los asentamientos en la llanura costera. Como hemos visto, los volscos ocuparon las ciudades del Lacio meridional probablemente poco antes del 500; en el este las ciudades de Tíbur, Pedum y Praeneste fueron amenazadas por los ecuos, pueblo montañés que habitaban el valle del alto Anio y las colinas circundantes.

No sabemos nada sobre el lenguaje y la cultura de los ecuos, aunque es una suposición justa el que fueran también un pueblo sabelio que hablaba un dialecto de tipo osco. Una vez más los indicios arqueológicos consisten exclusivamente en restos de fortificaciones poligonales que pueden verse en una serie de lugares de montaña en los Monti Prenestini. Supuestamente, los fuertes estarían igualados con posiciones defensivas que son citadas en las fuentes literarias. Fue desde esas fortalezas de montaña desde donde los ecuos hacían sus frecuentes incursiones en la llanura latina.

Hay buenas razones para pensar que Tíbur, Pedum y Praeneste fueran invadidas por los ecuos al comienzo del siglo V a.C. Tíbur había tomado parte en al fundación de la arboleda de Diana en Aricia, pero luego desapareció de los registros hasta el siglo IV. Se dice que Praeneste habría hecho defección de la Liga Latina hacia 499 a.C. –no es una ocurrencia imposible, dado que uno de los cónsules de 499, C. Veturio, pertenecía a un clan que tenía desde hace mucho tiempo conexiones con Praeneste –pero esto es lo último de lo que tenemos noticia de Praeneste durante el resto del siglo. Pedum está, asimismo, desaparecida del relato tradicional del siglo V, dejando aparte una breve aparición en la saga de Coriolano. La mejor explicación para estos silencios es que Tíbur, Praeneste y Pedum habían sido ocupadas por los ecuos. La posibilidad se convierte en una certeza virtual cuando tenemos en cuenta el hecho de que en las guerras contra los ecuos el principal escenario era el paso del Algidus y la región alrededor de Tusculum, que es presentada como la más vulnerable de las ciudades latinas. Este estado de cosas no tendrían sentido si los latinos todavía controlaran Praeneste.

Las víctimas principales de los ataques volscos y ecuos eran, por tanto, las ciudades latinas periféricas que protegían al territorio romano de los peores efectos de la acción enemiga. Pero en el caso de los sabinos era Roma la directamente afectada. Las guerras entre los romanos y los sabinos habían estado ocurriendo durante siglos. Después de todo, el primer acontecimiento de la historia romana, tras la muerte de Remo, fue el rapto de las sabinas, y la consiguiente guerra entre sus maridos y sus suegros. Esta leyenda expresa del modo más dramático la creencia, profundamente enraizada, de los romanos de que eran una mezcla de latinos y sabinos. El hecho de que dos reyes posteriores, Numa Pompilio y Anco Marcio fueran sabinos era un recordatorio más para los romanos de que las relaciones con los sabinos se habían caracterizado por una infiltración pacífica así como por hostilidad armada. Muchas de las familias más nobles, incluyendo a los Valerii y los Postumii, pretendían un origen sabino, y el indudable relato histórico de la migración de los Claudii en 504 a.C., es prueba de que el proceso de integración aún estaba sucediendo en el periodo republicano. Las esporádicas guerras entre romanos y sabinos también continuaron hasta mediados del siglo V.

No esta claro como encaja la historia de Appio Herdonio en el patrón general. En 460 a.C., Herdonio, un noble sabino, intentó ocupar Roma, al tomar el Capitolio con una banda de 4.000 compañeros. Después de unos pocos días, los romanos, con la ayuda de una fuerza de Tusculum, lograron desalojar a Herdonio, quien fue muerto junto con sus seguidores sabinos. El episodio, que es auténtico, sin duda, no tiene paralelo en la tradición. Quizá pueda representar un golpe de estado por un grupo de inmigrantes desfavorecidos (son presentados como clientes en Dionisio de Halicarnaso, y como esclavos y exiliados en Livio); puede ser que Herdonio y su banda de conspiradores fracasaran donde los samnitas tuvieron éxito en Capua más tarde. Pero no puede haber ninguna certeza sobre el incidente, que sigue siendo un misterio.

Las guerras contra las tribus montañesas en los comienzos del siglo V tuvieron un efecto desastroso sobe la vida cultural y económica de Roma y los latinos. Este punto no es simplemente una deducción a priori del hecho de que la mitad del Lacio cayó en manos enemigas; también está confirmado por la clara evidencia de una recesión económica en Roma en el siglo V. los indicios arqueológicos muestran que Roma era una próspera comunidad en rápida expansión en el siglo VI. El siglo V, por el contrario, es una edad oscura. El periodo después de c.475 a.C. no ha producido prácticamente ningún material arqueológico distintivo, con la excepción de unos pocos sarcófagos de piedra y algunas modestas cantidades de cerámica fina importada. De hecho, la importación de cerámica ática descendió dramáticamente en el siglo V comparada con el siglo VI; un reciente estudio ha demostrado que aunque puede observarse una reducción general del nivel de importaciones áticas también en las ciudades etruscas, el declive era mucho más drástico en Roma que en Etruria. Este argumento puede ser apoyado por otros indicios. Por ejemplo, nuestras fuentes registran la dedicación de varios templos importantes en los primeros años de la República. Aparte del gran templo de Iuppiter Capitolino (509 a.C.), incluían los de Saturno (497), Mercurio (495), Ceres (493), y Cástor (484). Pero después de 484 la tradición, que normalmente es meticulosa en el registro de detalles de este tipo, no tiene más recuerdo de ninguna dedicatoria hasta la de Apolo en 433. No se da ninguna explicación de este patrón en las fuentes, pero es razonable conjeturar que la construcción de templos estaba financiada por el botín  (como deja claro la tradición en el caso del templo capitolino), y que ninguna construcción de templos tuvo lugar después de los años 90 del siglo V, porque los romanos no estuvieron envueltos durante mucho tiempo en exitosas y lucrativas guerras.

Tradicionalmente, los historiadores, y con razón, atribuyen las dificultades de Roma en este periodo a los reveses militares que sufrió a manos de los montañeses invasores. El más serio de esos contratiempos ocurrió en los años 490-488 a.C., cuando los volscos, liderados por el renegado romano Cn. Marcio Coriolano, invadieron el territorio latino en dos devastadoras campañas anuales. Capturando una ciudad tras otra, las fuerzas de Coriolano avanzaron hasta las Fossae Cluiliae en los arrabales de Roma. En la historia tradicional, de la que Livio da la visión más emotiva y la menos precisa, la ciudad fue salvada solo por las súplicas de la esposa y madre de Coriolano, que le convencieron para volver atrás.

El episodio de Coriolano era una leyenda popular, celebrada en la poesía y cantada durante siglos después. Sus credenciales históricas son naturalmente sospechosas, y se ha utilizado desde casi cada punto de vista; pero a pesar de muchos signos inequívocos de embellecimiento literario tardío (por ejemplo el intento de asimilar Coriolano a Temístocles), no hay duda de que los elementos básicos pertenecen a una larga tradición local establecida. Un rasgo notable, característico de cuentos épicos, es el énfasis en los detalles topográficos, y especialmente en el catálogo de oscuros nombres de lugares que se encuentran en la narración de la victoriosa campaña de Coriolano. En su primera campaña tomó Tolerium, Bola, Labici, Pedum, Corbio y Bovillae, y en su segunda Longula, Satricum, Setia, Pollusca, Corioli y Mugilla (Livio fusiona las dos campañas en una sola). Se ha destacado correctamente que la narración de la famosa marcha revela vestigios de un ‘sistema de villas’ que desde hacia mucho tiempo había desaparecido en el periodo histórico. Dejando aparte los detalles románticos, se puede aceptar razonablemente que la historia refleja una memoria popular auténtica de un tiempo en que los volscos invadieron la mayor parte del Lacio y amenazaron la existencia misma de Roma. No obstante, la cronología es muy insegura, ya que apenas ninguna de las personas destacadas en la historia aparecen en los fasti consulares; pero la creencia de los romanos de que los sucesos tuvieron lugar en los primeros años del siglo V probablemente sea correcta en términos generales.

Las guerras volscas continuaron intermitentemente durante todo el siglo V. Sus incursiones en territorio latino o bien se alternaban, o bien coincidían con las de los ecuos. Durante el periodo c.494 hasta c.455 se registra prácticamente cada año una campaña romana contra uno u otro, o ambos, de esos pueblos; después de mediados del siglo V, el registro se convierte en más esporádico. El espectacular éxito de los volscos bajo Coriolano nunca se repitió, hasta donde sabemos, aunque ocasionalmente tenemos noticias de ejércitos de ecuos y volscos avanzando hasta las puertas de Roma (446 a.C.).

El más memorable episodio de las guerras ecuas es la historia de L. Quictio Cinncinato, quien durante una emergencia en 458 a.C. fue convocado desde el arado para asumir la dictadura. En 15 días Cinncinato había reunido un ejército, marchado contra los ecuos (que están asediando a un ejército consular acampado en el Algidus), les derrotó, triunfó, dejó su cargo y retornó a su labor de arar. No obstante, se debe admitir que su relato ejemplar nos cuenta más sobre la ideología moralizante de la élite romana posterior que sobre la historia militar del siglo V. Incluso si Cinncinato fuera un personaje histórico (como probablemente fue) la supuestamente aplastante victoria de 458 a.C., es más que un poco sospechosa, especialmente cuando los ecuos volvieron al año siguiente, y de nuevo en 455.

Por otra parte, la historia de una importante victoria sobre ecuos y volscos en el Algidus en 431 a.c., tiene más derecho a ser considerada históricamente auténtica. Este relato comparte ciertos rasgos en común con la saga de Coriolano y las descripciones que sobreviven de la batalla del lago Regilo, como el registro de los nombres y hazañas de los combatientes individuales de ambas parte. Este rasgo, que da a la descripción de la batalla un carácter ‘épico’, no es debido, en primera instancia a Livio (aunque la explota al máximo), pero, más bien, es una señal de que los sucesos habían sido celebrados en la memoria popular durante siglos. Pero tales episodios eran excepcionales. En su mayor parte la tradición literaria consiste en un relato vacuo e insípido de campañas anuales de las que la mayoría, lo más que podemos decir es que probablemente tuvieron lugar. Los detalles que los acompañan son claramente ejercicios retóricos y no son tomados en serio. 

Sea lo que fuere que las generaciones de romanos puedan haber querido creer sobre los logros heroicos de sus ancestros, el hecho es que no consiguieron borrar el triste recuerdo del siglo V como periodo de dureza y adversidad. Ciertamente, las fuentes registran frecuentemente derrotas romanas (por ejemplo contra los volscos en 484 y 478). Esta claro que Livio hizo lo que pudo para minimizarlas al considerarla embarazosas. Intentó encontrar circunstancias atenuantes, y usó tácticas de distracción, por ejemplo al resaltar actos individuales de heroísmo romano. Un ejemplo obvio del uso de esta técnica es la historia de Sex. Tampanio, un comandante de caballería que se distinguió en la desastrosa batalla de Verrugo en 423 a.C. 

Debemos destacar que la guerra del siglo V era un tipo de fenómeno muy distinto de la actividad militar organizada del estado romano de la República tardía. Los analistas fracasaron con claridad al entender la diferencia, y al describir las guerras de la República Temprana en términos de conceptos y prácticas posteriores que inevitablemente distorsionaron los hechos. Si las guerras del siglo V son concebidas como operaciones militares a gran escala, entonces, ciertamente, es difícil de explicar su frecuencia y regularidad durante tan largo periodo de tiempo.

Livio, hombre honesto e inteligente, estaba él mismo desconcertado por la aparente capacidad de los ecuos y volscos para desplegar ejércitos años tras años, a pesar de las continuas derrotas. Ofreció una serie de explicaciones: que varias ramas diferentes de ecuos y volscos podían haber estado involucradas en diferentes momentos, que la Italia central podía haber estado más densamente poblada en el siglo V, etc. Pero la explicación verdadera seguramente es que lo que estaba ocurriendo no era una guerra como Livio lo entendió, sino más bien un patrón de incursiones y escaramuzas mucho menos intensivo. La escala de operaciones fue probablemente pequeña, con pocas batallas campales y lejanas entre sí, con bajas relativamente ligeras.

Es evidente que un modelo de guerra política o de estilo Clausewitziano no puede imponerse fácilmente sobre el mundo arcaico de la Italia central. En su lugar encontramos un patrón difuso de razzias anuales. La guerra es registrada regularmente, pero no hay continuidad de un año a otro. Un año los volscos podían atacar, al año siguiente los ecuos, al siguientes ambos juntos –en un patrón aparentemente aleatorio. Del lado romano, cada campaña anual se trató como un asunto totalmente autónomo. Nuevos cónsules ocuparían el cargo, y un nuevo ejército sería reclutado. Cada primavera y otoño se celebraban rituales esenciales para marcar el comienzo y el fin de la temporada de campaña. Este rítmico patrón de belicismo anual no se limitaba a Roma, sino que era característico de la sociedad itálica en general durante la edad arcaica.

La concepción legalista de la guerra como fenómeno político presupone el pleno desarrollo del estado. Pero en la guerra del siglo V a menudo no hay una distinción clara en las acciones de los estados y la de los individuos y grupos privados. La mayoría de la actividad bélica registrada en este periodo incluye bandas misteriosas de guerreros que acompañan a líderes individuales como clientes o ‘compañeros’, y funcionaban como ejércitos privados. No es sorprendente que las fuentes literarias no expliquen adecuadamente el papel de esas bandas o ‘conspiraciones’, pero aportan amplias pruebas de sus actividades, por ejemplo, e incidente de Apio Herdonio, la emigración de los Claudios y la guerra privada de los Fabios contra Veyes. El fenómeno está atestiguado ahora por un documento contemporáneo. La inscripción recientemente descubierta en Satricum, que registra una dedicación a Marte  por los ‘compañeros’ (sodales) de Publio Valerio. ‘Esas conspiraciones’ privadas son análogas a los ejércitos de volscos y samnitas que eran reclutados por medio de lex sacratae. Una lex sacrata era un antiguo rito que obligaba a los soldados a seguir a sus líderes hasta la muerte. Los milites sacrati recuerdan a las pandillas de jóvenes enviados como consecuencia de un ver sacrum. El mito del ver sacrum bien puede reflejar un primitivo patrón de iniciación por el que los hombres jóvenes que habían alcanzado una edad determinada eran segregados del resto de la tribu y enviados a valerse por sí mismos mediante la incursión y el pillaje. Ciertamente, es posible que alguno de los grupos de incursión que entraron en el Lacio durante el siglo V fueran de hecho grupos marginales semiautónomos de este tipo.

Se deduce que en Italia central en el siglo V habría poca diferencia en la práctica entre la guerra y el bandolerismo –hecho reconocido por Livo, que frecuentemente habla de periodos en los que no había ‘ni paz ni guerra’. En todos los acontecimientos la razón de ser de esas guerras fue siempre el mismo. Eran incursiones depredadoras por los pueblos montañeses sobre los relativamente prósperos y avanzados asentamientos en la llanura. La noción en la ‘guerra justa’ y la pretensión tradicional de que las guerras de Roma se combatían en represalia contra agresiones externas, probablemente derivaba de experiencias del siglo V. Esta interpretación se ve confirmada por el hecho de que el procedimiento fecial, la actuación ritual por la que las guerras se declaraban formalmente, estaba centrada alrededor de la rerum repetitio, una petición para el retorno de las propiedad robadas; la expresión res repetundae, debe ser tomada ciertamente en su sentido literal, que aun retiene en las leges repetundarum, de la República Tardía. La rerum repetitio también enfatiza el crudo carácter económico de la guerra del siglo V. El principal objetivo fue siempre la adquisición de botín. A la captura de grandes cantidades de botín se refirieron una y otra vez en los relatos tradicionales de las campañas, y la importancia de esta característica está confirmada por las cláusulas específicas en el foedus Cassianum. La esperanza de que en el curso normal de los acontecimientos fuera obtenido botín de cualquier esfuerzo militar con éxito es un rasgo sorprendente de los antiguos tratados, y es una indicación reveladora de las actitudes mentales contemporáneas hacia la guerra.

Este patrón de incursión y contraincursión parece haber disminuido notablemente después de mediados del siglo V. Los sabinos desaparecieron de las crónicas después de 449 a.C., y los ataques de ecuos y volscos son informados menos frecuentemente. En el periodo de 32 años entre 442 y 411 a.C., son registradas campañas contra los volscos solo en  3 años (431, 423 y 413), y contra los ecuos en solo cuatro (431, 421, 418 y 414). La explicación más probable es que los ecuos y volscos gradualmente desarrollaron un modo de existencia más asentado, en lugar de entender que el registro sea defectuoso de algún modo. Esta deducción está basada en el hecho de que las fuentes continúan informando sobre otros sucesos ‘rutinarios’ tales como plagas y escasez de grano, durante el periodo en cuestión. 

6. Veyes y la ofensiva romana

Situada en una meseta rocosa a unos 15 km al norte de Roma, Veyes era la más cercana de las ciudades etruscas a la frontera del Lacio. Roma y Veyes compartían frontera común a lo largo del Tíber, y tampoco es de extrañar que las fuentes remonten su rivalidad a los mismos comienzos de la historia romana. Se dice que la primera guerra había ocurrido bajo Rómulo, que capturó y colonizó Fidenae y obtuvo el control del distrito conocido como Septem Pagi en la orilla derecha, así como los lechos de sal al norte de la desembocadura del río. La leyenda puede estar basada en nada más que el hecho de que los Septem Pagi fuera parte de la tribu Romilia, pero en cualquier caso es probable que durante el periodo monárquico ganara la posesión de una franja de territorio en la orilla derecha que se estiraba desde lo que ahora es el Vaticano hasta la costa.

Las guerras intermitentes entre Roma y Veyes deben haber ocurrido bajo la monarquía, aunque no podemos reconstruirla en detalle a partir de las narraciones pocos fiables de Livio y Dionisio de Halicarnaso. El rastro de los tres conflictos importantes que ocurrieron durante el periodo republicano es mucho más seguro. Los encuentros fueron acontecimientos bien definidos que podemos llamar legítimamente Primera, Segunda y Tercera Guerra de Veyes. Este hecho, en sí mismo, diferencia claramente la lucha entre Roma y Veyes del patrón más primitivo de bandidaje organizado de las guerras ecuas y volscas. La diferencia surge simplemente del hecho de que Veyes, como Roma, pero al contrario de ecuos y volscos, era una ciudad-estado bien desarrollada y centralizada.

Durante los últimos 50 años nuestro conocimiento de la ciudad de Veyes y su territorio se ha incrementado enormemente por los hallazgos arqueológicos, que han resultado, en parte de excavaciones, y en parte del amplio estudio de campo de Etruria meridional (incluyendo la mayor parte del ager Veientanus) que fue llevado a cabo por la British School en Roma en los años entre 1950 y 1974. 

Durante el siglo VI Veyes era un floreciente centro urbano. No se le conoce mucho sobre la disposición real de la ciudad, aunque la evidencia de hallazgos de superficie sugiere un patrón bastante abierto de construcciones dispersas holgadamente que recorrían toda la extensión de la mesera de la ciudad desde la puerta noroeste hasta el santuario en Piazza d’Armi. Probablemente había alguna concentración alrededor de un punto donde convergían los principales caminos, que formaban el centro de la posterior ciudad romana, pero esto aún tiene que ser confirmado por la excavación. Los lugares del santuario en Portonaccio, Campetti y Piazza d’Armi han sido explorados más sistemáticamente, y está claro que en cada uno de ellos se levantaron edificaciones sustánciales durante el siglo VI. Las famosas estatuas acroteriales (acróteras) del templo de Portonaccio son una indicación de la riqueza de la ciudad y de su alto nivel de logro artístico. No es fantasioso atribuir las terracotas de Portonaccio a la escuela de Vulca, el escultor de Veyes que fue llamado a Roma por Tarquinio prisco para hacer las estatuas para el Templo Capitolino.

Veyes controlaba un extenso y fértil territorio, midiendo unos 562 km2 . Hallazgos de campo han revelado un patrón uniforme y relativamente denso de asentamiento rural en los siglos VI y V, que indican que la mayor parte de la tierra estaba bajo cultivo o pastoreo. Su capacidad productiva estaba en gran medida moderada por un elaborado sistema de túneles de drenaje (cuniculi) que son comunes en el ager Veientanus, datando la mayoría de ellos probablemente del siglo V. El territorio de Veyes también estaba cubierto por una red de caminos cuidadosamente diseñados que probablemente fueron construidos durante los siglos VII y VI y son, en cualquier caso, de fecha prerromana. Los caminos facilitaban el movimiento no solo de los productos rurales a la ciudad sino también de objetos de comercio a larga distancia sobre los que la prosperidad de Veyes parece haber estado basada en gran medida. Un estudio reciente, que ha proporcionado mucho de la información, para el resumen anterior, ha concluido que “tanto los caminos como los esquemas de drenaje reflejan bastante claramente el control y organización de una ciudad importante, poniendo su territorio en orden”.

Las guerras entre Roma y Veyes en el siglo V eran conflictos organizados entre estados desarrollados, limitados a tres episodios de lucha bien definidos y relativamente breves, separados por periodos de paz garantizados por tratados (indutiae). Como corresponde a su carácter, las guerras surgieron de una compleja variedad de causas económicas y políticas, y las dos partes tenían objetivos a largo plazo que iban más allá de la mera adquisición de botín aunque  la incursión naturalmente continuaba durante el curso de la lucha.

La prosperidad, tanto de Roma como de Veyes, dependía en gran medida del control de sus principales líneas naturales de comunicación. El tráfico que pasaba junto a la parte occidental de Italia de norte a sur, podía ir, bien a través de Roma o a través del territorio de Veyes, cruzando el Tíber en Fidenae o en Lucus Feroniae. Pero la rivalidad entre las dos ciudades surgió de sus intentos de controlar las rutas a lo largo del valle del Tíber desde la costa al interior. Parece que los veyentinos habían amenazado el control de Roma sobre el margen derecho al mantener una cabeza de puente en Fidenae ; mientras que Roma, al ocupar la orilla derecha, podía cortar el acceso de los veyentinos a la costa y los lechos de sal en la desembocadura del río. Por tanto, no es sorprendente que en las guerras entre ellas, el principal objetivo de los romanos debía haber sido conseguir el control permanente de Fidenae, que cambió de manos frecuentemente en el curso del siglo V, mientras que los veyentinos concentraron sus esfuerzos contra las posesiones romanas en el margen derecho.
De la Primera Guerra Veyentina (483-474 a.C.) lo más que podemos decir con certeza es que los veyentinos llevaron la mejor parte. Las fuentes recuerdan una victoria romana en una batalla campal en 480, los detalles de la cual son verosímiles pero posiblemente imaginarios. En cualquier caso, no detuvieron el avance de los veyentinos hacia el territorio romano y la ocupación del puesto fortificado sobre el Janículo. Fue en un intento de oponerse a este movimiento cuando el clan de los Fabios, acompañado solo por sus propios clientes y ‘compañeros’, marcharon en 479 a.C., para ocupar un pequeño puesto fronterizo sobre el río Cremera. Dos años más tarde sufrieron una catastrófica derrota en la que el clan entero, 306 personas en total, fue eliminado, con la excepción de un único joven que escapó para conservar vivo el nombre de los Fabios.

Aunque la tradición posterior embelleció este relato con detalles tomados del episodio casi contemporáneo de los 300 espartanos de las Termópilas, su historicidad básica no puede cuestionarse seriamente. La historia está evidentemente conectada con el hecho de que la tribu Fabia estaba situada en la frontera del ager Veientanus, que estaba marcado por el río Cremera. La guerra de los Fabios se combatió, por tanto, en defensa de sus propios intereses privados. El incidente representa uno de los últimos vestigios de una arcaica forma de organización social que probablemente estaba ya en avanzado proceso de obsolescencia. Finalmente, destacamos que en los años 485 a 479 a.C., uno de los cónsules anuales era siempre un Fabio; pero después de 479, los Fabios desaparecen de los fasti hasta 467, cuando el oficio supremo fue ocupado por Q. Fabio Vibulano, el superviviente del Cremera.

La tregua que se hizo en 474 dejaba a los veyentinos firmemente en posesión de Fidenae, que ya debía de haber controlado antes del desastre del Cremera. De modo que Fidenae se convirtió ene  foco de la Segunda Guerra Veyentina que estalló en 437 a.C., cuando cuatro embajadores romanos fueron asesinados por orden de Lars Tolumnio, el tirano de Veyes. Otro suceso memorable y con certeza auténtico, de este conflicto fue la batalla en la que Aulo Cornelio Cosso mató al líder veyentino Lars Tolumnio en combate singular. Por esto fue recompensado con el spolia opima, distinción que previamente había sido lograda solamente por Rómulo. El corselete de lino inscrito que Cosso dedicó al templo  Iuppiter Feretrius estaba –tristemente- aún allí, en tiempos de Augusto, cuando se convirtió en el objeto de una controversia política. Poco después (435), Fidenae fue asediada y capturada, cuando los soldados romanos entraron en la ciudadela por medio de un túnel.

De acuerdo con Livio, Fidenae se rebeló más tarde de nuevo, solo para ser recuperada y destruida en 426. No sería imposible que Fidenae hubiera cambiado de bando una vez más después de 435, y que allí realmente hubiera dos guerras, pero en esta ocasión parece que la tradición ha registrado erróneamente el mismo suceso dos veces. Ello nos lleva a la cuestión de si Cornelio Cosso ganó o no los spolia opima durante su consulado (como mantenía el emperador Augusto), en cuyo caso tendrá que ser fechado en 428 a.C., mejor que en 437 a.C., cuando Cosso fue tribuno militar. Como quiera que fuera el resultado final fue que Roma había establecido una posesión permanente en Fidenae hacia 426 y se preparó para  tomar la ofensiva.

En la Tercera Guerra Veyentina (406-396 a.C.), los romanos tomaron la iniciativa y lanzaron un ataque a gran escala sobre la misma ciudad de Veyes. Se dice que el asedio que siguió había durado unos 10 años; finalizó con la captura de la ciudad por el dictador M. Furio Camilo. Los hechos esenciales –la caída de Veyes en 396 a.C. y la consiguiente incorporación de su territorio en su ager Romanus- son históricamente ciertos y marcan el fin de una época, en la historia de Italia. Pero detalles tradicionales de la guerra, como los recordados por Livio y otros son en su mayor parte legendarios.

La historia de la caída de Veyes fue elaborada en dos modelos distintos. Primero, la idea de un asedio de 10 años fue evidentemente modelada sobre la leyenda griega de la Guerra de Troya, y son claramente visibles las huellas de un intento superficial por asimilar los dos acontecimientos en las narraciones que sobreviven. En segundo lugar, todo el relato está impregnado por una atmósfera de misticismo y religiosidad. La historia consta de una sucesión de sucesos sobrenaturales. El fin de Veyes, profetizado en su ‘Libro del Destino’ fue la consecuencia de una ofensa religiosa cometida por su rey. La caída de la ciudad fue presagiada por una elevación del nivel del lago Albano, un prodigio que los romanos compensaron al construir un túnel de drenaje según las órdenes del Oráculo Délfico. Esta estrambótica historia debe ser conectada de alguna manera con la tradición de que los romanos entraron en Veyes mediante un túnel, tema que tenía él mismo una variedad desconcertante de asociaciones (el asedio anterior de Fidenae, los cuniculi en el campo alrededor de Veyes, etc). La historia finaliza con la ‘evocación’ de Iuno Regina, la diosa de Veyes, que fue persuadida para abandonar la ciudad y caer en Roma. Su estatua de culto fue transportada a Roma, donde fue instalada en un templo sobre el Aventino dedicado por Camilo.

La consulta al Oráculo de Delfos es una elaboración del hecho histórico de que los romanos enviaron una ofrenda de gracias a Delfos tras su victoria. La ofrenda, un cuenco de oro, fue colocado en el tesoro de los masaliotas. Más tarde fue robado y fundido por Onomarco en la Guerra Sagrada, pero su base quedó en Delfos para que cualquiera lo viera. Esta tradición está confirmada además por la historia del pirata de las Lípari, Timasiteo, quien escoltó los barcos romanos a Delfos y fue recompensado por el Senado con una concesión de hospitium publicum. El recuerdo de este suceso fue preservado por los descendientes de Timasiteo, que fue honrado por los romanos cuando las Islas Lípari fueron anexionadas en 252 a.C.

Las guerras entre Roma y Veyes ilustran un importante hecho sobre la historia política etrusca, a saber, el particularismo de las ciudades individuales. El hecho de que Veyes no recibiera apoyo significativo de las otras ciudades etruscas evidentemente se opone a las expectativas de los analistas romanos. En el relato de Livio hay una suposición subyacente de que las otras ciudades deberían haber asistido a Veyes y así lo habrían hecho de no haber sido por circunstancias especiales, tales como la conducta impía del rey veyentino en los juegos nacionales. Tenemos noticias una y otra vez de reuniones de la ‘Liga’ etrusca en el Fanum Voltumnae (cerca de Volsinii), en el que se reunían los delgados de  los ‘Doce Pueblos’ en los que rehusaron, por una u otra razón a prestar ayuda a Veyes.

De hecho es altamente cuestionable si la federación de doce pueblos que se reúne en el santuario de Voltumna funcionaba incluso como liga política o militar. No hay un caso históricamente verificado en las fuentes de una acción que implicara un ejército federal etrusco, y muchos estudiosos han supuesto que la Liga de Voltumna era simplemente una asociación religiosa. Por otra parte, hay abundantes indicios de antagonismo y guerras entre las ciudades etruscas. Este estado de cosas está ahora documentado por la elogia Tarquiniensia, inscripciones latinas del siglo I d.C que se refiere a sucesos de la historia de Tarquinii en el siglo V (y quizá también en el IV). Las inscripciones se refieren a intervenciones hostiles por los magistrados de Tarquinii en los asuntos de Caere y Arretium, así como una guerra contra los latinos.

Durante las guerras entre Roma y Veyes, Tarquinii parece, en todo caso, haber apoyado a Veyes. Clusium, por otra parte, permaneció neutral, mientras que Caere favoreció  a los romanos. Cualquier sugerencia de que las guerras fueran parte de un conflicto racial continuado entre los latinos y etruscos puede ser descartado, por tanto. Esta conclusión está confirmada definitivamente por el hecho de que los seguidores más leales y constantes de Veyes eran los Capenates y los Faliscos. Esos pueblos, que vivían en la región al norte de Veyes, entre el Tíber y los lagos de Vico y Bracciano, hablaban un dialecto del latín y eran étnicamente distintos de los etruscos. Pero Capena y Falerii, política y geográficamente, pertenecían al área de influencia de Veyes y ellos nunca fallaron en dar su apoyo activo en la lucha contra Roma. Tras la caída de Veyes, los romanos rápidamente los redujeron a la sumisión (en 395 y 394 respectivamente).

Esos acontecimientos forman parte de una nueva fase en la historia de las relaciones externas de Roma. En los últimos años del siglo V hay claros signos de una política más agresiva, no solo contra Veyes y sus satélites, sino también en el Lacio meridional. En una serie de noticias dispersas, Livio registra la captura de Bola (415 a.C.), Ferentium (413 a.C.), Carventum (410 a.C.) y Artena (404 a.C.). Estos éxitos están combinados con ocasionales retrocesos, pero pocas dudas pueden haber sobre el éxito total del avance, que tuvo el efecto de expulsar a los ecuos fuera de la region del Algidus y extender el control romano en dirección al valle del Sacco. En la región costera Roma derrotó a los volscos en Antium en 408 a.C., capturó Anxur (Terracina) en 406 a.C. y colonizó Circeii en 393 a.C. Los detalles son confusos, pero la tendencia básica es inequívoca.

 

Este cambio de actitud coincide con una reforma del ejército romano (los detalles concretos de tal reforma permanecen oscuros) y la introducción del pago (stipendium) para las tropas. Al mismo tiempo, las fuentes por primera vez comienzan a referirse al tributum, un impuesto sobre la propiedad que era recaudado para cubrir el costo de los gastos militares, y a la imposición de indemnizaciones sobre las comunidades derrotadas, comenzando con Falerii en 394 a.C. Estas innovaciones están probablemente conectadas con una reforma del sistema centuriado, y la introducción de clases de propiedad clasificada en lugar de las viejas classis ‘servianas’.

Nuestro conocimiento de este periodo es aún lamentablemente inadecuado. Pero a través de la penumbra podemos discernir tenuemente las líneas de una sociedad arcaica en descomposición, en un estado de transición radical y dinámico. El saqueo de la ciudad por una banda de galos saqueadores en 390 a.C., fue un golpe inesperado y momentáneamente devastador, pero sus efectos a largo plazo eran insignificantes. En el transcurso de una generación más o menos Roma emergió incluso más fuerte que antes. Los pueblos de Italia central se encontrarían en breve con que la recién fundada ciudad de Camilo era una fuerza mucho más agresiva y peligrosa que la vieja ciudad de Rómulo.

7. El desastre gálico

En verano de 390 a.C. una horda de celtas del valle del Po cruzó los Apeninos en Etruria septentrional. Avanzando hacia el sur por el Val de Chiarra pararon brevemente en Clusium y luego siguieron por el valle del Tíber y se dirigió a Roma. Un ejército romano fue reunido apresuradamente y enviado contra los invasores, pero fue derrotado en el río Allia el 18 de julio, que para siempre fue marcado como día nefasto. Los supervivientes huyeron a Veyes, dejando a Roma a merced de los galos, que entraron en la ciudad indefensa unos cinco días más tarde y la saquearon. Se dice que todo había sido destruido, con la excepción del Capitolio, donde una pequeña guarnición la retuvo. Entonces, los galos partieron, bien porque los romanos les pagaron para que se fueran, o bien porque fueron expulsados por un ejército romano formado por Camilo a partir de los supervivientes del Allia.

Estos elementos básicos constituyeron uno de los episodios más dramáticos en la historia romana. Los escritores griegos del siglo IV se refieren al saqueo, incluyendo el filósofo Aristóteles y el historiador Teopompo; fue el primer suceso de la historia romana en imprimirse en la conciencia misma de los griegos. Hay casi con certeza una sólida base histórica para la declaración de Polibio (I.6.1) de que el saqueo ocurrió en el mismo año que la paz de Antálcidas y el asedio de Regio por Dionisio I de Siracusa –esto es, en 387 ó 386 a.C. Se deduce que la cronología tradicional ‘varroniana’ estaba 3 ó 4 años a la deriva en este punto.

Un análisis histórico de la catástrofe entraña la consideración de tres problemas: primero, debemos buscar alguna explicación de la súbita aparición de los galos. ¿Qué estaban haciendo en las cercanías de Roma en 390 a.C ? En segundo lugar, debemos intentar identificar y tener en cuenta alguna de las leyendas que llegaron a atribuirse al acontecimiento. Tercero, debemos evaluar la extensión del desastre, y preguntarnos cuán seriamente dañó a la ciudad y perturbó la vida de sus habitantes.

En primer lugar, pues, la cuestión de por qué los galos atacaron Roma. La invasión gálica de Italia en 390 a.C. solo puede entenderse en el contexto de los movimientos de pueblos celtas en el norte de Italia durante los siglos previos. Este punto fue claramente apreciado por Livio, él mismo nativo de la Cisalpina, que dedicó dos importantes capítulos  sobre el tema. Livio describe una sucesión de migraciones por diferentes tribus, comenzando con los insubres, que se movieron a la región alrededor de Milán bajo el liderato del legendario Belloveso en trono al 600 a.C. Fueron seguidos, en el curso de los dos siglos siguientes, por los Cenomani, Libui, Salui, Boii y Lingones. El último grupo en llegar fueron los Senones, que hacia el comienzo del siglo IV a.C., habían ocupado la franja de tierra junto al Adriático conocida más tarde como ager Gallicus.

Fueron esos mismos Senones, de acuerdo con Livio, quienes cruzaron los Apeninos e invadieron la península en 390. Su objetivo, dice, era encontrar tierras para asentarse. Este punto de vista es corroborado por otras fuentes que, aunque menos informativas, cuenta la misma historia (Polibio, Dionisio de Halicarnaso y Plutarco). Todos ellos están de acuerdo en que eran los productos de su tierra, y especialmente de sus viñedos, lo que tentaba a los galos a invadir Italia. En el relato tradicional eran seducidos por un cierto Arruns de Clusium, que estaba esperando que con su asistencia sería capaz de tomar venganza sobre el amante de su esposa. En cualquier caso, Clusium era el primer destino de los galos. Roma se vio involucrada cuando tres embajadores romanos, todos hijos de M. Fabio Ambusto, lucharon junto a los hombres de Clusium en una batalla contra los galos y así provocaron su cólera.

Hay muchas dificultades en este relato. La descripción que hace Livio de la ocupación celta del valle del Po ha sido muy criticada, particularmente por su ‘larga’ cronología. Pero, de hecho, es compatible con las versiones de otras fuentes (que son mucho menos precisas en la cuestión del fechado). Aunque no hay indicios arqueológicos definitivos de migraciones celtas en el norte de Italia antes del siglo VI y el comienzo de la cultura de La Tène, del mismo modo, no hay nada que cuente contra el esquema de Tito Livio. La principal dificultad es que no está claro exactamente cómo deben ser reconocidos arqueológicamente. Por ejemplo, hay estrechas semejanzas entre algunos enterramientos de la llamada cultura de Golasecca en Lombardía y la cultura de Hallstatt más allá de los Alpes. Estos mismos yacimientos de Golasecca durante los siglos V y IV contienen un número creciente de material Lateniense, pero a ningún nivel hay ruptura reconocible de la continuidad. La suposición más razonable es que hubo una infiltración gradual de elementos céticos en un periodo de varios siglos. Supuestamente, en la Romagna, se han encontrado cementerios celtas, con material que data desde los siglos VI y V, por ejemplo, en Casola Valsenio y S. Martino en Garatta (ambos cerca de Ravenna). Pero la identificación ‘celta’ de esos hallazgos permanece incierta. Generalmente hablando todavía  es verdad que la llegada de los celtas en Italia del norte no puede ser documentada por medios arqueológicos. La prueba más explícita es proporcionada por la famosa estela funeraria de Bologna, que muestra combates entre jinetes etruscos y guerreros celtas desnudos y que confirman el relato de Livio de la insegura posición de las ciudades etruscas en el valle del Po en los años después del 400.

El retrato general de Livio de la ocupación céltica del norte de Italia, por tanto, puede ser más fiable de lo que se ha supuesto a veces. No obstante, menos cierto es la noción de que los galos eran tentados para trasladarse desde la llanura del Po hacia la Italia peninsular con la esperanza de encontrar tierras más productivas. La historia de Arruns de Clusium, sin duda, una vieja tradición, (era conocido por Polibio y por Catón), pero sin conexión con la invasión gala de 390 a.C., es ridícula. Así, también es la explicación tradicional del ataque sobre Roma. La idea de que los romanos eran castigados por una ruptura del ius Pentium  por sus embajadores en Clusium es una ficción legalista con fuertes insinuaciones antifabianas.

Una incoherencia importante en la tradición es que la fuerza invasora es claramente imaginada como una banda guerrera –los seguidores de Brenno- más que como una emigración popular en masa en busca de tierras para asentarse. Una tribu emigrante no habría avanzado hasta Roma, al menos no en primer lugar: por otra parte, el relato tiene más sentido si Brenno y sus hombres fueran una partida guerrera que se movían en la península italiana en busca de saqueo y aventura. Despojado de sus detalles románticos, la historia de Arruns de Clusium implica que los galos intervinieron en una lucha política interna en Clusium, a la orden de una de las facciones en disputa, en otras palabras, eran una banda de mercenarios, no una tribu en movimiento. Su ruta, vía Clusium y Roma, se vuelve comprensible si aceptamos que su destino último era el Mezzogiorno, ya que la ruta natural a Campania y Magna Gracia era a través de los Apeninos y bajando por los valles del Chiarra y el Tíber.

Concretamente nos dice que, unos pocos meses después del saqueo de Roma, los galos se alistaron como mercenarios al servicio de Dionisio de Siracusa, y le ayudaron en sus guerras contra los griegos italiotas. Esta información parece ser confirmada por la información de que en su camino de vuelta desde el sur, los galos fueron alcanzados y derrotados en la ‘llanura Trausiana’ (dondequiera que sea) por un ejército etrusco de Caere. Estrabón confirma esta historia, y añade que fueron los caeretanos quienes recuperaron el oro que los romanos habían pagado a los galos. Esta victoria caeretana, no mencionada en la tradición romana superviviente, casi seguro proporcionó las materias primas concretas para la elaborada historia de la victoria que salvó la dignidad de Camilo.

Se ha sugerido que los siguientes ataques galos fueron orquestados por Dionisio de Siracusa, cuyo objetivo principal era debilitar el poder del aliado de Roma, Caere. En 384 el puerto caeretano de Pyrgi fue saqueado por una flota siracusana; si Dionisio había organizado un ataque simultáneo sobre Caere desde el interior por sus mercenarios galos, tenemos un contexto plausible para la batalla de la llanura trausiana. Esta reconstrucción hipotética no puede ser probada, pero, en verdad, aporta una explicación verosímil de los sucesos que de otro modo sería muy difícil de entender.

La estrecha amistad de Roma y Caere se da por sentado en el relato tradicional, que registra que a las Vírgenes Vestales y a los objetos sagrados que ellas custodiaban le fueron dados refugio en Caere. Fueron escoltadas por un plebeyo llamado Lucio Albinio, que probablemente sea una figura histórica y en cualquier caso pertenece a un nivel muy anterior de la tradición. Aristóteles, al parecer, escribió que la ciudad fue salvada por ‘por un cierto Lucio’ que supuestamente sería identificado con Albinio. La afirmación de Aristóteles es una de las razones de por qué los estudioso tienden a rechazar la parte de camilo en la historia. Podemos añadir que Camilo ni siquiera es mencionado por Polibio.

En la leyenda desarrollada, Camilo estaba en el exilio en Ardea cuando los galos descendieron (había sido injustamente acusado de administrar mal el botín de Veyes), y fue designado dictador solo después de la caída de la ciudad. Luego procedió a formar un nuevo ejército de los restos del antiguo, marchó sobre Roma y derrotó a los galos en el Foro en el mismo momento en que el oro estaba siendo pesado. Es evidente que esta leyenda fue diseñada en un intento de comenzar el hecho más humillante de todos: el pago del rescate. Se dice que cuando el oro estaba siendo pesado los romanos se quejaron sobre las pesas, con lo cual Brenno lanzó su espada en la balanza con las palabras ‘vae victis’ (‘¡ay de los vencidos’)- un incidente que ha inmortalizado al jefe galo en contraste con la sosa figura de Camilo, el más lánguido de todos héroes de Roma.

La parte desarrollada por Camilo en la saga gálica es manifiestamente una adición tardía y artificial. Incluso la historia de su exilio puede no ser más que un recurso para separarle del desastre del Allia. No es simplemente que su supuesta contribución fuera negada implícitamente por Aristóteles y Polibio. Igualmente es significativo que existan otras tradiciones relacionadas con la partida de los galos y la recuperación del oro. Polibio, por ejemplo, mantenía que los galos dejaron voluntariamente la ciudad a causa de que habían recibido noticias de un ataque en su patria por los vénetos. La familia de los Livios Drusos pretendía, por otra parte que el oro se pagó, pero luego en una fecha posterior lo recuperó su ancestro, que derrotó a un jefe galo en combate singular durante una campaña en Italia septentrional. Otra versión, como hemos visto, da el crédito a Caere. Esas tradiciones alternativas no podrían haber tenido ninguna vigencia si la historia de Camilo hubiera sido verdadera o un elemento de tradición más antigua.

En general, puede decirse que  la leyenda de Camilo sirve para reemplazar el papel histórico de Caere, y que él mismo es un sustituto de la persona de L. Albino, que es un aparte integral de una tradición original en la que Caere tenía el centro del escenario. Una segunda función de Camilo en el proceso narrativo es liderar la oposición a una propuesta popular para reconstruir la ciudad sobre el lugar de Veyes. Si acaso, la historia es un reflejo de las tensiones que surgieron en relación con la distribución del territorio conquistado de Veyes, y de la agitación plebeya por una parte en su distribución. Estas es una de una serie de elementos antiplebeyos en la historia de Camilo. 

La sospecha se extiende también a la figura de M. Manlio Capitolino, que supuestamente salvó al Capitolio de su captura, fue el quien fue despertado por el cacareo de los gansos sagrados justo cuando los galos estaban a punto de escalar la ciudadela. Sin duda, esta historia habría sido rechazada si nosotros aceptáramos una tradición alternativa, de la cual han sido detectadas huellas en la literatura, la de que los galos lograron tomar el Capitolio. Otros elementos legendarios que quedan totalmente inciertos incluyen la narración de los ancianos senadores que se entregaron ellos mismos y los enemigos a los dioses infernales, y luego con calma se sentaron alrededor del Foro esperando la muerte. Esas y otras historias presentan una imagen general de una catástrofe que fue, no obstante, redimida por actos individuales de heroísmo y piedad.

Sin duda, las fuentes no intentan minimizar la extensión del desastre. Informan de la pérdida generalizada de vidas, el total colapso moral y la destrucción física de la ciudad. Sin embargo, hay buenos motivos para pensar que esas informaciones son exageradas. El Allia fue, ciertamente, una derrota, pero las bajas pueden haber sido ligeras ya que son dadas para entender que los romanos huyeron en el primer encuentro. Se ha sugerido razonablemente que la fuga de los soldados a Veyes no fue un acto espontáneo que surge en el pánico del combate, sino parte de un plan preestablecido; en otras palabras, los romanos dándose cuenta de que su causa estaba perdida y que serían incapaces de salvar la ciudad, la evacuaron en su avance. Esto sería coherente con la historia de Albinio y las Vestales.

Más recelo se añade a los relatos de la destrucción de la ciudad. La idea tradicional de que todo fue destruido se utiliza como causa para dos cosas. Primero, fue avanzada como explicación por la incertidumbre de la temprana historia romana, ya que la información sobre los siglos VI y V era escasa porque todos los registros habían sido destruidos por los galos. Segundo, se cree que el carácter caótico y no planeado de la ciudad posterior fue el resultado de la prisa con la que fue reconstruida tras el saqueo. Pero, de hecho, ambas explicaciones son erróneas. Es evidente que el plan caótico de la ciudad fue resultado de su desarrollo gradual, más que de la veloz reconstrucción. Si hubiera sido reconstruida de la nada, se podría haber esperado rastros de planeamiento deliberado. Como para la destrucción de los registros, lo sorprendente no es que tantos antiguos documentos, construcciones, monumentos y reliquias fueran destruidos, sino más bien que tantos de ellos sobrevivieran. La mejor explicación de todos los indicios es que los galos estaban interesados en el botín móvil, y que dejaron solamente la mayoría de los monumentos y las construcciones. Saquearon el lugar, y se llevaron lo que pudieron llevarse. La historia de que tuvieron que ser comprados es coherente con esta interpretación, y es más probablemente cierto.

Esta conclusión está en línea con el sentido común y es además coherente con el hecho de que no haya sido identificada aún positivamente ninguna huella arqueológica del desastre galo. La “capa quemada” bajo el segundo del Comitium es una clara prueba de un fuego destructivo que en un tiempo se pensó que había sido trabajo de Brenno; pero recientemente se ha establecido que la destrucción del Comitium tuvo lugar en el siglo VI, y quizá fue parte del mismo fuego que quemó la Regia y el primer templo del Foro Boario –prueba de una amplia agitación que quizá está conectada con la ascensión de Servio Tulio. En cualquier caso, la ausencia de cualquier evidencia arqueológica de destrucción a comienzos del siglo IV seguramente debe apoyar la conclusión general de que los efectos materiales del saqueo fueron superficiales. Pero el argumento más fuerte para una interpretación ‘minimalista’ del desastre gálico es la rapidez y el vigor de la recuperación romana en los años siguientes.

Bibliografía:

T.J.CORNELL: Rome and Latium to 390 a.C. Cap. 6 de la Cambridge Ancient History vol. 7, parte 2, The Rise of Rome to 220 B.C. Cambridge University Press, 1989.
 

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