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miércoles, 11 de enero de 2012

La Disgregación Política del Califato Abbasí de Bagdad (I). Desde los primeros intentos secesionistas hasta la instauración de las dinastías turcas (ss.IX-XI)

A lo largo del s. IX la autoridad de los califas se ve gravemente aminorada, lo mismo en las provincias que en el Iraq. El desorden financiero hace que no lleguen de las provincias rentas suficientes para satisfacer el lujo de la corte. Se recurre entonces al expediente de arrendar las rentas del estado a los mismos gobernadores, que a la vez tenían el mando militar. Al encontrarse estos con toda la fuerza económica y militar de la provincia, prescinden en adelante del gobierno de Bagdad. Las frecuentes revoluciones de palacio minan la autoridad de los califas los cuales, para sostenerse recurren al apoyo de tropas mercenarias, turcos especialmente. Acostumbrados estos a decidir sobre la transmisión del poder califal acabarán por apropiarse del mando efectivo –civil y militar- reservando al califa la jefatura religiosa. 

Los Abbasíes comenzaron por reclutar sus tropas entre gentes del Khurasan –árabes y persas- a los que pagaban un sueldo. La introducción de los turcos en la guardia califal se debe a al-Mu’tasim, que en 835 había sucedido a su hermano al-Ma’mun. Estos turcos procedían de los territorios situados más allá del Oxus, como tributo de los príncipes indígenas o por comercio de esclavos. A partir de 836 al–Mu’tasim  se traslada a Samarra, uno 100 km. al norte de Bagdad, donde residirá la corte hasta 892. Allí, rodeado de sus pretorianos, el califa se aísla aún más de sus súbditos a los que teme. 

Al-Muttawakkil (847-861) trata de frenar la potencia de los turcos, buscando apoyo en los teólogos y en la población civil, pero fracasa y su muerte abre paso a un periodo de nueve años de anarquía en el que se suceden cuatro califas. Es entonces cuando comienzan a independizarse las dinastía regionales a lo largo y ancho del territorio musulmán. 

En ciertas regiones había movimientos separatistas y de oposición en nombre de alguna forma disidente del Islam. Tales movimientos tuvieron como resultado la creación de unidades políticas separadas, aunque al mismo tiempo ayudaban a expandir el Islam dándole una forma que no alteraba el orden social. 

Algunos de estos movimientos invocaban el kharidjismo, o al menos de una de sus ramas, la de los ibadíes, que creían que el jefe de la comunidad o imam debería ser ocupado por la persona más digna. Existió un imamato ibadí en Omán, en el sudeste de Arabia, desde el principio del s. VIII hasta fines del s. IX, en que fue suprimido por los Abbasíes. En el Maghreb hubo durante algún tiempo una dinastía poderosa de imames ibadíes, los Rustemíes (777-909). 

Los movimientos de apoyo a los derechos de los descendientes de Alí b. Abi Talib al imamato estaban aún más difundidos. El cuerpo principal de shi’ies del Iraq y sus alrededores aceptaban el gobierno abbasí, o, al menos, lo toleraban. Los imames a los que reconocía vivían directamente bajo dicho gobierno, aunque a veces se les confinaba a la capital.

A pesar de todo había otros movimientos chi’ies que acabaron con la creación de dinastías independientes. Los Zaydíes sostenían que el imam debía ser el miembro más digno de la familia del Profeta que estuviera dispuesto a oponerse a los gobernantes ilegítimos. No reconocieron a Muhammad al-Bakir ( 731), que sí fue reconocido por el cuerpo principal de shi’íes como el 5º imam, sino a su hermano Zayd en su lugar. Crearon un imamato en Yemen durante el s. IX, y hubo otro en la región del Mar Caspio. 

Un desafío más directo fue lanzado a los Abbasíes por otra rama del shi’ismo, los Isma’ilíes. Este movimiento apoyaba las reivindicaciones del imamato de Isma’il, hijo mayor de Dja’far al–Sadiq, 6º imam, quien murió cinco años antes que su padre y la mayoría de shi’íes reconoció finalmente como imam a su hermano Musa al-Kazim (799). Los isma’ilíes, sin embargo, creían que Isma’il había sido elegido irrevocablemente sucesor de su padre y que su hijo Muhammad, le había sucedido después. En 910 llegó a Tunicia Ubayd Allah alegando ser descendiente de Alí y Fátima, se proclamó califa, y durante el siguiente medio siglo su familia se consolidó como dinastía estable a la que se dio el nombre de Fatimíes, de la hija del profeta, Fátima. De allí pasaron a Egipto. 

Las dinastías orientales 

Tuvieron su origen en jefes de bandas o en funcionarios ambiciosos, que con audacia y energía, y aprovechándose de la debilidad del poder central, fundan sus reinos en las provincias de la Persia Oriental, allí donde los Abbasíes reclutaban sus mejores fuerzas. El gobierno de Bagdad sólo excepcionalmente interviene para recuperar la provincia, pues lo normal suele ser otorgar la investidura el vencedor. Éste se conforma con ostentar el título de emir (gobernador) al que a veces se añade el de amil (recaudador de impuestos); pero en la práctica gobierna en provecho propio y no envía a Bagdad las rentas a la que está obligado. Su separatismo no se tiñe de carácter religioso, pero sí se tiende a favorecer un retorno a las tradiciones sasánidas y a la cultura persa, que alcanza renombre especial con la dinastía de los Samaníes. 

La primera provincia que se separa en oriente fe el Khurasán, con el general Tahir b. al-Husayn, a quien el califa al-Ma’mun había enviado en 820 para reprimir el movimiento kharidjí. Tenía su residencia en Merv, y pronto empezó a prescindir del nombre del califa en la oración del viernes. Sus sucesores, aunque nominalmente sometidos a la autoridad de Bagdad, donde incluso ocupan altos cargos, se condujeron con absoluta independencia. Extendieron sus fronteras hasta la India, y el tercer emir instaló su capital en Nishapur, donde se mantuvieron hasta que en 873, fueron reemplazados por lo Saffaríes. 

Los Saffaríes procedían de Ya’qub que luchó en Sistán contra el bandidaje promovido por los kharidjíes. Pronto se hizo dueño de Sistán de donde se dirige a Fars, ocupando su capital, Shiraz (869); luego se dirige a Afganistán; para apartarle de Fars, el Califa le otorga en 871 el gobierno de las provincias de Balkh, Tukharistán, Fars, Kirman, Sistán y Sind; pero él, que aspiraba a ocupar todo el Khurasan, logra penetrar en su capital Nishapur (873), gracias a la traición de alguno de los notables que seguían a los tahiríes. Con varia fortuna se sostuvieron en el mando de estas tierras Ya’qub y su hermano Amr hasta que éste fue vencido y hecho prisionero al intentar conquistar la Transoxiana. Enviado a Bagdad, es muerto por el califa (902) y la mayor parte de sus estados pasaron a los Samaníes. 

Los Samaníes, persas islamizados se hicieron cargo de la lejana Transoxiana. Los cuatro hijos del fundador Asad b. Saman-khoda habían sido recompensados con provincias en Trnsoxiana, por su leal servicio al Califa al-Ma'mun: Nuh obtuvo Samarcanda; Ahmad, Ferghana; Yahya, Shash e Ilyas, Herat. El hijo de Ahmad, Nasr I (864-892) se convirtió en gobernador de toda Transoxiana en 875, pero fue su hermano y sucesor, Isma'il quien expulsó a los Saffaríes y Zaydíes de Khurasán y Tabaristán, estableciendo así un gobierno semiautónomo, sobre Transoxiana y Khurasán, con Bukhara como capital. En 893 Isma'il invadió y derrotó a los turcos Qarluq, tomando Talas. Su hijo Ahmad envió dos expediciones militares (911 y 912-13) a Sistán para mantener bajo control a los ultimos Saffaríes. 

Al aproximarse el s. X la disgregación territorial va acercándose incluso al corazón del califato: el norte del Iraq, sede califal, es controlado por los Hamdaníes (c. 935), desde Mosul, y en Siria fundan otro emirato con capital en Alepo, en lucha constante contra los bizantinos. 

Egipto también se sustrae a la autoridad califal. En el s. IX era frecuente que los gobernadores nombrados para Egipto residieran en la capital del califato disfrutando de sus rentas y atentos a los avatares de la política califal, mientras un lugarteniente suyo se encargaba del gobierno efectivo del país. En 868 recayó el cargo en Bayakbeg, quien envió para representarle a Ahmad b. Tulun, un esclavo turco de Bukhara. Pronto se hizo el amo de la situación en Egipto, tanto que el nuevo gobernador Yarjuh, le respetó en el cargo. Apartó al antiguo amil y se entendió con su sucesor para entregar a Bagdad un tributo fijo, escapando así a su control económico. Cuando el califa al-Muhtadi le encargó someter al gobernador de Siria, pudo organizar una tropa de esclavos, núcleo de su futuro ejército, con lo que reunió en sus manos el poder económico y militar de Egipto. Sin embargo, en 905, la capital Fustat fue ocupada por las fuerzas del califa al-Muktafi, imponiendo de nuevo el gobierno abbasí. 

Los últimos califas del s. IX dieron muestras de singular energía, con el traslado de la corte de Samarra a Bagdad (892). Al-Muktafi había pasado su reinado (902-908) combatiendo a los qármatas, secta religiosa derivada del shi’ismo en su rama isma’ilí (es decir, que atribuía la legitimidad a los descendientes de Isma’il, 7º imam conocido de la familia de Alí), que se propagó por Siria (900), y había logrado someter a su autoridad Siria y Egipto. 

Sin embargo, la ilusión duró poco pues la unidad del califato (no sólo del territorio como hasta ahora) se rompió, pues en Egipto el fatimí Ubayd Allah (909) y en Córdoba el Omeya Abd ar-Rahman III (929) se proclamaron califas. Por primera vez el Islam se encuentra entre tres califas rivales. Al-Radi (934-940) será considerado el último de los “verdaderos califas”. En adelante, el auténtico jefe del estado será el amir al-umara, cargo que en 945 pasa a Ahmad, de la familia de los buyíes. Sus miembros, que pretendían descender de los reyes sasánidas, eran, originalmente jefes de bandas de la costa del Mar Caspio, que en pocos años se habían hecho dueños de Isfahan, Shiraz, Khuzistan y Kirman. En adelante y durante más de un siglo (945-1055), la designación de estos califas nominales quedará a merced de los emires de la familia buyí. 

Disgregación de África del Norte 

A fines del s. VIII los territorios comprendidos entre Túnez y Marruecos estaban separados de la autoridad de Bagdad. Ésta apenas se había ejercido de un modo momentáneo en Qayruan, donde un aventurero llegado de España, Abd ar-Rahman b. Habib, al expulsar al emir Omeya, estableció un gobierno árabe. Pero pronto fue asesinado y todo el país fue víctima de al anarquía kharidjí. El califa al-Mansur envió un ejército al mando de Muhammad al-Ashat, gobernador de Egipto, que liberó Qayruan (761), y sus sucesores a duras penas lograron mantenerse en Ifriqiya. El resto del país quedaba al margen del califato oriental, pues antes de que el gobierno de Bagdad pudiera intentar su recuperación, Berbería había quedado fragmentada en pequeños gobiernos, todos afectos a la herejía y en ellos era dominante el elemento beréber (eran todos reinos sufríes, como Barghawatta en la costa atlántica, o Sidjilmasa, al otro lado del Atlas).  

La dinastía Idrisí fue fundada por Idris I, descendiente de Alí, que llegó a La Meca huyendo tras haber fracasado un alzamiento de los alíes contra el califato de Bagdad (786). Fundó un imperio desde Tremecén hasta el Atlántico, con capital en Fez (Fas). Su nieto Muhammad divide el reino entre sus hermanos, hasta que en 920 Yahya IV reconoció la soberanía de los fatimíes instalados en Qayruan, y dos años después él mismo fue expulsado de Fez. 

El gobierno Rustemí fue el único estado kharidjí de alguna duración y consistencia. Había sido fundado por el persa Abd ar-Rahman b. Rustam, gobernador que había sido de Qayruan durante el breve dominio que allí ejercieron los kharidjíes. Al ser expulsado de Qayruan por al-Ashat fundó la ciudad de Tahert, cerca de la actual Tiaret en el centro de Argelia, lindando con las estepas saharianas de donde fue elegido imam supremo en 776. El principado apenas tiene historia exterior hasta la ocupación por los fatimíes en 908. El jefe era un imam, dictador espiritual y temporal, designado por plebiscito. De hecho el poder estuvo durante 148 años en la familia rustemí. Era un gobierno teocrático en el que los especialistas de las ciencias sagradas tenían un papel preponderante. Este pequeño estado de gentes sencillas, en las que predominaba el elemento beréber, ejerció gran influencia sobre todas las comunidades heterodoxas de la Berbería, gracias al prestigio personal de la familia reinante, alcanzando su autoridad moral hasta el Iraq. Como vecinos que eran de los idrisíes y aglabíes, los rustemíes buscan en el s. IX la protección de los Omeyas de Córdoba, a quienes proveen de cereales y tal vez de mercenarios beréberes. En 908 el país fue ocupado por los fatimíes. 

El año 800 el más oriental de los estados del Maghreb alcanzó su autonomía del califa Harun al-Rashid al otorgar éste a Ibrahim b. Aglab el emirato hereditario de Qayruan mediante el pago anual de 40.000 dinares. A Ibrahim siguieron once emires que siempre reconocieron una remota supremacía en los califas Abbasíes, les tenían al corriente de sus conquistas y les enviaban como presente parte el botín; por lo demás ningún control era ejercido por los califas sobre la vida económica, judicial o administrativa de la región. 

Poblado el país por árabes y beréberes, se ve agitado por las viejas rivalidades políticas y religiosas de unos y otros. El emir se ve obligado a mantener un ejército permanente reclutado entre esclavos negros o de otra procedencia. La estratégica situación en la ruta de las comunicaciones marítimas del Mediterráneo reservó a este territorio un papel preponderante en la vida económica, de lo que es una muestra la mezquita de Qayruan.

Con la conquista de Sicilia, emprendida por el tercer aglabí Ziyadat Allah I (817-838), se trató sin duda de defender al país de los ataques, cada vez más frecuentes, procedentes de la isla y a la vez obtener botín y nuevas tierras donde establecerse. Iniciada la conquista en 827 con la toma de Mazara, en el extremo occidental de la isla fracasaron ante Siracusa; nuevos refuerzos llegados de España (830) les permitieron tomar Palermo (831); Mesina fue ocupada en 843; en 859 entraron en la fortaleza de Castrogiovanni, situada en el centro de la isla, y hasta 878 no fue tomada Siracusa tras un asedio de nueve meses. Con la destrucción de Taormina por Ibrahim II (902) se daba por terminada la conquista de Sicilia. 

Hacia 880 otro álida, descendiente de Muhammad por su parentesco con Fátima, huyó de Asia y reclutó sus partidarios entre las tribus beréberes de Cabilia, especialmente en al confederación de los Kutama. Éste fue conocido por el nombre de “el Imán oculto” (mahdi), guía y maestro de los creyentes. Expulsó al gobernador y a los emires aglabíes todavía fieles a Bagdad, y en 908 se estableció en Qayuan. Sus sucesores, los califas fatimíes, se rodearon de un lujo propiamente oriental, usaban corona y se resguardaban bajo un parasol adornado de pedrería. Para afirmar su prestigio y dar muestras del esplendor de la nueva dinastía construyeron otra capital: “Mansuriyya” (=ciudad de los conquistadores), enriquecida por los elementos ornamentales tomados de Qayruan y por el tráfico lejano de caravanas. La dominación fatimí sólo se ejerció sobre los pueblos beréberes de la parte oriental; en incluso en esta zona los pueblos de las montañas del Aíres les fueron inaccesibles. Esta ocupación militar, con frecuencia artificial, tenía sus puntos de apoyo en las fortalezas construidas en los países hostiles. La verdadera capital de los fatimíes, Madhiya, situada en la costa este, no era más que un baluarte cuyos puertos y arsenales estaban rodeados de fuertes murallas. Desde Madhiya y las restantes fortalezas próximas a la costa, los fatimíes lanzaron sus incursiones contra los estados cristianos del Mediterráneo y dieron su apoyo a los emires de Palermo, quienes pertenecientes a la familia de los Kalbíes, terminaron por convertirse en gobernadores hereditarios, aunque nunca abandonaron la alianza con sus protectores fatimíes. Además, para los fatimíes su instalación en tierras beréberes constituía esencialmente una sólida base de ataque contra Egipto. 

En 969, un ejército fatimí se apoderó del Delta del Nilo sin dificultad. Preparada la conquista por una intensa propaganda religiosa, se desarrolló de un modo totalmente pacífico, sin encontrar ninguna resistencia seria. Era un imperio musulmán cuya autoridad se extendía desde el centro del Maghreb hasta las tierras de Siria. Esta invasión fatimí no sólo supuso un claro debilitamiento político del califato de Bagdad, sino también una nueva victoria de los shi’íes, que apoyados en un estado poderoso emprendieron la conquista espiritual de varias regiones asiáticas. El Califa al-Mu’izz hizo construir una nueva capital que sustituyó a Mansuriyya, a saber El Cairo. La dinastía fatimí perduró hasta 1171 en que Egipto pasa manos de Saladino (Salah al-din Yusuf), el gran guerrero kurdo, cuya dinastía fue expulsada por los mamelucos, la guardia esclava del sultán, quienes elegían al nuevo gobernante de entre ellos mismos. En 1261 se instaló en El Cairo, bajo protección mameluca una rama de los califas Abbasíes, después de la conquista y extinción del Califato de Bagdad por los mongoles en 1258. 

Dueños de Egipto y califas de El Cairo, los fatimíes dejaron el gobierno de Ifriqiya a sus vasallos, los príncipes Ziríes de las tribus beréberes. Sanhaya, hijo de Zirí, quien en 935 fundó Achir, ciudad encaramada en los flancos de las montañas Titteri, consiguió rechazar en 945, los asaltos de los kharidjíes contra Madhiya, salvando así a la dinastía fatimí. Fieles aliados por mucho tiempo, los emires ziríes de Qayruan, enviaron regularmente tributos y tropas a Egipto. Pero en 1049 se reconciliaron con Bagdad y rompieron su alianza con sus antiguos dominadores y con las doctrinas shi’íes. Otra ramificación, la de los Hammadíes, se proclamó vasalla de El Cairo, pero reuniendo al mismo tiempo un fuerte reino en torno a su capital y ciudadela, la Qa’la de los Beni Hamad. Estos reinos beréberes fueron capaces de mantener cierta prosperidad y unidad política en países intensamente divididos, contribuyendo con ello a difundir la civilización de Qayruan y la lengua y costumbres árabes, en esos altiplanos refractarios hasta entonces a tal penetración. 

Incapaces de reconquistar el Maghreb, los califas de Egipto lanzaron contra los beréberes las bandas nómadas de Hilalíes, saqueadores árabes que establecidos en el Alto Egipto, asolaban continuamente  tierras y ciudades del delta del Nilo. A partir de 1060 estos beduinos aterrorizaron las llanuras de Ifriqiya, y más adelante del Maghreb central, destruyendo cosechas y ciudades. Minado por las querellas internas, las revoluciones y las crisis económicas, el estado zirí de Qayruan sucumbió entonces, yéndose a refugiar sus principies a Madhiya. Qa’la, sin embargo resistió largo tiempo. No obstante, al establecerse los hammadíes en Bugía en 1098 la nueva capital provocó la decadencia de la antigua. De esta forma, las dos dinastías beréberes primitivamente circunscritas a las montañas, sólo pudieron subsistir en estrechos reinos adosados a las cadenas costeras, aisladas del resto de África y muy pronto expuestos a empresas cada vez más audaces de la reconquista cristiana. 

La expansión almorávide proveniente del oeste no fue dirigida por una familia principesca sino por una casta militar. Par defender el país contra incursiones cristianas los musulmanes habían establecido en la costa oriental de Ifriqiya numerosos monasterios fortificados (“ribat”) en Monastir (796) o en Susa (821). Posteriormente los ribat se multiplicaron, escalonándose por toda la costa desde Tripolitania hasta Marruecos para prevenir de los brutales ataques marítimos de los españoles e italianos, los ribat daban la señal de alarma y servían también para transmitir noticias y órdenes. Estaban servidos por voluntarios –los morabut- cambiándose la guarnición dos veces al año. Estos combatientes del Islam atacaron en primer lugar los reinos negros del sur, y sólo más tarde se dirigieron al norte, ocupando las llanuras del Marruecos meridional. Allí fundaron en 1062 Marraquesh, su capital. Desplazándose a lomos de sus camellos saharianos, los almorávide, antes de emprender la conquista de la España islámica, sometieron en breve tiempo todo el Maghreb hasta Argel, como primera fase de la creación de un vasto imperio musulmán de Occidente. 

Sin embargo, este nuevo imperio sufriría los ataques de otros beréberes del sur de Marruecos, los Almohades. Estos formaban unas tribus sedentarias establecidas en algunas aldeas de un valle del alto Atlas, aunque cada invierno descendían con sus rebaños hacia las llanuras. Al igual que la de los almorávides también la invasión de los almorávides tuvo el aspecto de una cruzada. Su jefe Ibn Tumart, había vivido largo tiempo en oriente, y proclamado Mahdi en 1122 condenó violentamente el excesivo refinamiento de las costumbres almorávides, la excesiva ornamentación de las mezquitas y los cantos profanos.  

Uno de sus lugartenientes, Abd al-Mu’min, audaz guerrero y sagaz político, pronto obtuvo victorias frente a los almorávides (en 1145) fundando un extenso imperio. Bugía cayó en 1151 y Madhiya fue reconquistada los normandos de Sicilia en 1160. Puede considerarse como una victoria decisiva de los sedentarios sobre los nómadas de las estepas. Por primera vez, el Maghreb formaba un solo estado unificado, el más poderoso entonces, de todo el Islam. El imperio beréber de los almohades se abrió al mundo exterior y al comercio marítimo. 

No obstante, esta unidad se mantuvo sólo hasta 1230. Los califas almohades no habían podido asegurarse la fidelidad de las provincias ni tan sólo habían conseguido la perfecta asimilación de las tribus nómadas árabes y beréberes. Los fracasos obtenidos en España frente a los cristianos, precipitaron la decadencia del estado almohade. Poco a poco, el país fue cayendo en un estado de anarquía del que surgieron fundamentalmente tres reinos que, a grandes rasos, correspondan a la división desde entonces tradicionales, del Maghreb. En el este, el reino de los Hafsíes de Ifriqiya, que siendo miembros de la familia almohade, se proclamaron califas en Túnez. En el centro, el reino fundado alrededor de Tremecén por los nómadas beréberes de Banu Abd al-Wad. Al oeste, por último, el de Fez conquistado  violentamente por los Meriníes del sur de Marruecos, enemigos tradicionales del califa. 

La suerte de estos tres reinos berberiscos fue diversa. En cualquier caso, las bases de su poder eran frágiles, ya o se apoyaban en un vasto movimiento de renovación religiosa ni sobre la idea de una guerra santa que arrastrase a grandes confederaciones de tribus, sino sobre familias principescas de limitada clientela. En 1288 y prosiguiendo su avance hacia el oeste, los meriníes de Fez atacaron sin tregua Tremecén, asediándola casi constantemente. Tomada en 1337 Tremecén pasó a depender durante largo tiempo de los príncipes de fez, cuyos ejércitos atacaron también las llanuras de Ifriqiya. Sin embargo, estos éxitos fueron siempre precarios. Estos estados beréberes, por último, debilitados merced a los incesantes que enfrentaban a los pobladores de las ciudades, cuyos habitantes apenas osaban asomarse a las murallas. Con ello disminuyó el poder el poder de los príncipes. De ahí que, en 1415 el Magheb fuese incapaz de rechazar los ataques portugueses a Marruecos y más delante de los turcos y los españoles. 

Al-Ándalus 

En 755, en la playa de Almuñecar, en Granada desembarcó el ejército de Abd ar-Rahman, nieto del califa Omeyya Hisham, escapando de las matanzas ordenadas por los Abbasíes. Durante cinco años había intentado en vano conseguir un reino en el Maghreb. Pero en España, ayudado por ciertos contingentes árabes, consiguió y aseguró su triunfo en la batalla de La Almusara. Entró solemnemente en Córdoba desde donde tomó el título de emir de los creyentes, y proclamó de hecho la decisiva ruptura entre este estado musulmán de occidente regido por una dinastía siria y los nuevos califas de Bagdad , sometidos a la influencia de los emires y capitanes persas . La imposición de estos conquistadores fue difícil, a pesar del fuerte ejército de beréberes reclutado a su paso por África, y de su imponente guardia negra. Durante más de un siglo, España estuvo abandonada a la anarquía y a las luchas dinásticas. Los soberanos empezaron enfrentándose a las sublevaciones de los gobernadores de provincias (en 777, el de Zaragoza fue a Padeborn, a solicitar la ayuda de Carlomagno), a las primeras empresas victoriosas de los cristianos de Asturias, y a las expediciones aventuradas que contra las costas de Levante llevaban a cabo las flotas Abbasíes y sus aliados, con frecuencia capitanes de origen eslavo. En ese mismo año 777, un jefe tribal llamado al-Saqlabí atacó Murcia. Más tarde los normandos lanzaron desastrosas incursiones contra las costas de Galicia y Portugal; en 845 remontaron los cursos de los ríos Tajo y Guadalquivir y saquearon Sevilla. 

En el interior se extendían las sublevaciones urbanas dirigidas por nobles y doctores del Islam: Córdoba, Toledo y Mérida; en 814, en Córdoba un motín iniciado en el barrio de los estudiantes y teólogos levantó tras de sí a toda la población; la sangrienta represión de la tropas del emir provocó una emigración masiva a Marruecos y Egipto. Estos últimos se lanzaron a la conquista de la Creta bizantina a partir de 826, año en que fueron expulsados de aquel país; desde entonces hasta 961, reinó en Creta una dinastía cuyo fundador, Abu Hafs Umar I era oriundo del Campo de Calatrava en España. Por último, entre 850 y 852 la oposición de los cristianos, hasta entonces esporádica alcanzó a todas las ciudades y adquirió una mayor dureza. 

Estos ataques no comenzaron a disminuir hasta el reinado de Abd ar-Rahman III (912-961) que se proclamó califa y redujo los centros de rebelión (toma de Toledo en 932). Su prestigio extendido por todo el occidente musulmán llegó incluso a eclipsar al califa de Bagdad. Sus sucesores mantuvieron la paz, y cuando se planteó el problema del reinado de un monarca de dos años de edad, el poder pasó a manos de un jurista de origen yemení, intendente de la familia real. Bajo el nombre de Almanzor (al-Mansur “el Victorioso”) dirigió el estado y los ejércitos. Vencedor de los cristianos en varias ocasiones, Almanzor condujo una incursión que llegó hasta Santiago de Compostela y allí destruyó el Santuario. Su muerte en 1002, dejó un Al-Ándalus  desunido y anunció el fin del califato Omeya de Córdoba en 1031. 

En Cádiz ciudad, un noble o jefe guerrero proclamó su independencia, erigiendo sólidas fortalezas, reclutando mercenarios, acuñando moneda y manteniendo una administración y una corte real. Estos pequeños Reinos de Taifas (muluk al-Tawaif) se enfrentaron en incesantes guerras fronterizas, situación que los cristianos del norte utilizaron par convertir a algunos de ellos en tributarios suyos. Las crisis  dinásticas y las querellas personales no fueron las únicas causas de esta desmembración política, sino también, y sobre todo, la oposición entre las diversas tribus o etnias. Los árabes procedentes de oriente habían perdido su cohesión y Almanzor había asestado duros golpes a la organización tribual. 

Las familias nobles descendientes de los conquistadores árabes de 711 dominaron reinos en el sudoeste (Huelva y las ciudades próximas), en las fronteras del Tajo (Toledo), del Guadiana (Badajoz) y del Ebro (Tutela, Zaragoza, Lérida). La más poderosa de ellas, la de los Banu Abbad, de origen yemení, reinaba en Sevilla, y ejercía una especia de protectorado sobre los demás reinos andaluces. En Córdoba, la antigua capital que conservaba una próspera población de mercaderes, artesanos y doctores, gobernaba un Consejo de notables (la Aljama) que reunía a los jefes de las grandes tribus. 

Por su parte, los beréberes dominaban sólidamente las montañas del sur bajo el mando de sus propios capitanes (tal ocurría en Ronda, Carmona, Morón y Granada) o de príncipes árabes establecidos en África desde largo tiempo (Málaga, Algeciras, Ceuta). 

Un ultimo grupo lo constituían los reinos dominados por jefes militares que habían tenido a su mando tropas de esclavos, comprados en algunos casos antes de la conquista de España, en la Europa central, o más tarde, sometidos en el curso de las incursiones a los países cristianos. Formaron pequeños reinos a lo largo de toda la costa oriental dedicándose frecuentemente a la piratería: Almería, Denia, Valencia, Tortosa y Mallorca. 

La desmembración política y la brillantez de la vida cortesana características de la época de los primeros reinos de taifas se mantendrían hasta los últimos años del Islam islámico. Pero en dos ocasiones, estos países musulmanes fueron sometidos a la ley de guerreros africanos que impusieron un pode fuerte y más centralizado, y una mayor austeridad en las costumbres. A raíz de la reconquista de Toledo (1085) los reyes musulmanes enviaron varias embajadas al sultán de los almorávides, Yusuf b. Tashufin, en demanda de socorro. Sin embargo, ansiosos de preservar su independencia y de obtener garantías, los reyes impusieron tales condiciones que la misión fracasó. Al año siguiente, no obstante, se llegó a un acuerdo y los ejércitos musulmanes obtenían frente a Alfonso VI, la decisiva victoria de Sagrajas. 

Pese a ello, la invasión almorávide no pudo hacer retroceder a los cristianos. El único resultado espectacular fue el hundimiento de los reinos de taifas (entre 1090 y 1103) y la unificación de la España musulmana bajo la autoridad de los sultanes beréberes. 

Poco después, los progresos de la Reconquista cristiana, y sobre todo, la oposición de los musulmanes de España, plasmada incluso en sublevaciones, permitieron a los diversos jefes recuperar sus respectivas ciudades. Se abría un nuevo periodo de anarquía que duraría hasta la intervención armada de otros beréberes, los almohades, 1147. Aunque a costa de grandes dificultades, estos ocuparon, primero Andalucía, y luego, en torno a 1170, las restantes provincias. En 1212 la victoria cristiana de las Navas de Tolosa hizo zozobrar este segundo imperio africano. 

Reconstituidos a raíz del hundimiento del Imperio almohade, varios de los últimos reinos taifas (Jerez, Niebla y Murcia) intentaron sobrevivir acatando la soberanía de los príncipes cristianos y pagándoles un tributo, como ya habían hacho anteriormente. Sin embargo, sólo el de granada lo conseguiría. 

Siendo originalmente pequeños príncipes oriundos de Arjona, plaza fuerte del alto Guadalquivir, los Nazaríes (nasríes), desposeídos de su reino por sus vecinos, se mostraron fieles vasallos del rey de Castilla, a cuya corte enviaban vasallos, regalos y dinero, así como mercenarios para sus ejércitos. Esta deliberada alianza les permitió reconquistar un nuevo reino que centrado en Granada, e incluyendo Ronda, Málaga y Almería, constituyó el último reducto musulmán de la Península y ante el cual se estancó durante más de 200 años la Reconquista cristiana. Finalmente, el reino de Granada, cayó víctima del proyecto unificador de los Reyes Católicos de las Coronas Castellana y Aragonesa en 1942, y su último rey Muhammad XII Boabdil “el Chico” se vio obligado a emigrar al norte de África donde terminó sus días como soldado de fortuna, muriendo en una batalla en los alrededores de Fez en 1525. Con él se cerró el periodo musulmán de Al-Ándalus que se dilató durante 781 años (711-1492).

 Cronología de la fragmentación del Califato Abbasí (ss.VIII-XI)
 Las Dinastías Musulmanas desde el s.VIII hasta la implantacion de los pueblos Turcos (s.XI)

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